EN ESTE JUBILEO LLEVEMOS ESPERANZA ALLÍ DONDE SE HA PERDIDO: HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA DE LA NOCHE DE NAVIDAD (24/12/2024)

Este 24 de diciembre el Papa Francisco presidió la Misa de la Noche de la Natividad del Señor en la Basílica de San Pedro, al inicio de la cual abrió la Puerta Santa para abrir el Jubileo de la Esperanza del año 2025. “Hay esperanza para cada uno de nosotros. Pero no olviden, hermanas y hermanos, que Dios lo perdona todo, Dios perdona siempre. No lo olviden. Y esa es una manera de entender la esperanza en el Señor”, reiteró el Santo Padre en su homilía, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Un ángel del Señor, envuelto de luz, ilumina la noche y entrega a los pastores la buena noticia: «Les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor» (Lc 2, 10-11). Entre el asombro de los pobres y el canto de los ángeles, el cielo se abre sobre la tierra; Dios se hizo uno de nosotros para hacernos como Él, descendió entre nosotros para levantarnos y llevarnos al abrazo del Padre.

Esta, hermanas y hermanos, es nuestra esperanza. Dios es el Emanuel, es Dios con nosotros. El infinitamente grande se hizo pequeño; la luz divina brilló entre las tinieblas del mundo; la gloria del cielo se asomó a la tierra. ¿Y cómo? En la pequeñez de un Niño. Y si Dios viene, aun cuando nuestro corazón se asemeja a un pobre pesebre, entonces podemos decir: la esperanza no ha muerto, la esperanza está viva, y envuelve nuestra vida para siempre. La esperanza no defrauda.

Hermanas y hermanos, con la apertura de la Puerta Santa hemos dado inicio a un nuevo Jubileo: cada uno de nosotros puede entrar en el misterio de este anuncio de gracia. En esta noche, la puerta de la esperanza se ha abierto de par en par al mundo; en esta noche, Dios dice a cada uno: ¡hay esperanza también para ti! Hay esperanza para cada uno de nosotros. Pero no se olviden, hermanas y hermanos, que Dios perdona todo, Dios perdona siempre. No se olviden de esto, que es un modo de entender la esperanza en el Señor.

Para acoger este don, estamos llamados a ponernos en camino con el asombro de los pastores de Belén. El Evangelio dice que ellos, habiendo recibido el anuncio del ángel, «fueron, sin demora» (Lc 2, 16). Esta es la indicación para reencontrar la esperanza perdida, renovarla dentro de nosotros, sembrarla en las desolaciones de nuestro tiempo y de nuestro mundo sin demora. ¡Y hay tantas desolaciones en este tiempo! Pensemos en las guerras, en los niños ametrallados, en las bombas sobre las escuelas y sobre los hospitales. No demorarse, no aminorar el paso, sino dejarse atraer por la buena noticia.

Sin demora, vayamos a ver al Señor que ha nacido para nosotros, con el corazón ligero y despierto, dispuesto al encuentro, para ser capaces de traducir la esperanza en las situaciones de nuestra vida. Y esta es nuestra tarea: traducir la esperanza en las distintas situaciones de la vida. Porque la esperanza cristiana no es un final feliz que hay que esperar pasivamente, no es el happy end de una película: es la promesa del Señor que hay que acoger aquí y ahora, en esta tierra que sufre y que gime. Ella nos pide, por tanto, que no nos demoremos, que no nos dejemos arrastrar por los hábitos, que no nos detengamos en la mediocridad y en la pereza; nos pide – diría San Agustín – que nos indignemos por las cosas que no están bien y que tengamos la valentía de cambiarlas; nos pide que nos hagamos peregrinos en busca de la verdad, soñadores incansables, mujeres y hombres que se dejan inquietar por el sueño de Dios, que es el sueño de un mundo nuevo, donde reinan la paz y la justicia.

Aprendamos del ejemplo de los pastores: la esperanza que nace en esta noche no tolera la indolencia del sedentario ni la pereza de quien se acomoda en sus propias comodidades – y muchos de nosotros, tenemos el peligro de acomodarnos en nuestras comodidades –; la esperanza no admite la falsa prudencia de quien no se arriesga por miedo a comprometerse, ni el cálculo de quien piensa sólo en sí mismo; la esperanza es incompatible con la vida tranquila de quien no alza la voz contra el mal ni contra las injusticias consumadas sobre la piel de los más pobres. Al contrario, la esperanza cristiana, mientras nos invita a la paciente espera del Reino que germina y crece, exige de nosotros la audacia de anticipar hoy esta promesa, a través de nuestra responsabilidad, y no sólo, también a través de nuestra compasión. Y aquí tal vez nos hará bien interrogarnos sobre nuestra compasión: ¿tengo compasión?, ¿sé padecer-con? Pensémoslo.

Viendo cómo a menudo nos acomodamos a este mundo, adaptándonos a su mentalidad, un buen sacerdote escritor así pedía en la Santa Navidad: «Señor, te pido algún tormento, alguna inquietud, algún remordimiento. En Navidad quisiera encontrarme insatisfecho. Contento, pero también insatisfecho. Contento por lo que haces Tú, insatisfecho por mi falta de respuestas. Quítanos, por favor, nuestra falsa paz, y coloca dentro de nuestro “pesebre”, siempre demasiado lleno, un puñado de espinas. Pon en nuestra alma el deseo de algo más» (cf. A. Pronzato, La novena de Navidad). El deseo de algo más. No quedarse quietos. No olvidemos que el agua estancada es la que primero se corrompe.

La esperanza cristiana es precisamente ese “algo más” que nos impulsa a movernos “sin demora”. A nosotros, discípulos del Señor, de hecho, se nos pide que hallemos en Él nuestra mayor esperanza, para luego llevarla sin tardanza, como peregrinos de luz en las tinieblas del mundo.

Hermanas, hermanos, ¡esto es el Jubileo, este es el tiempo de la esperanza! Éste nos invita a redescubrir la alegría del encuentro con el Señor, nos llama a la renovación espiritual y nos compromete en la transformación del mundo, para que éste se convierta realmente un tiempo jubilar: que lo sea para nuestra madre Tierra, desfigurada por la lógica del beneficio; que lo sea para los países más pobres, abrumados por deudas injustas; que lo sea para todos aquellos que son prisioneros de viejas y nuevas esclavitudes.

A nosotros, a todos, nos corresponde el don y el compromiso de llevar esperanza allí donde se ha perdido; donde la vida está herida, en las expectativas traicionadas, en los sueños rotos, en los fracasos que destrozan el corazón; en el cansancio de quien no puede más, en la soledad amarga de quien se siente derrotado, en el sufrimiento que devasta el alma; en los días largos y vacíos de los encarcelados, en las habitaciones estrechas y frías de los pobres, en los lugares profanados por la guerra y la violencia. Llevar esperanza allí, sembrar esperanza allí.

El Jubileo se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón.

Y volvamos al pesebre, miremos el pesebre, miremos la ternura de Dios que se manifiesta en el rostro del Niño Jesús, y preguntémonos: «¿Está en nuestro corazón esta expectativa? ¿Está en nuestro corazón esta esperanza? Contemplando la benevolencia de Dios que vence nuestra desconfianza y nuestros miedos, contemplamos también la grandeza de la esperanza que nos aguarda […] Que esta visión de esperanza ilumine nuestro camino de cada día» (cf. C. M. Martini, Homilía de Navidad, 1980).

Hermana, hermano, en esta noche es para ti que se abre la “puerta santa” del corazón de Dios. Jesús, Dios-con-nosotros, nace para ti, para mí, para nosotros, para todo hombre y toda mujer. Y, ¿saben?, con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda.

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