LOS LÍDERES LAICOS DE LA IGLESIA DEBEN FOMENTAR LA APERTURA Y LA COMUNIÓN: PALABRAS DE LEÓN XIV A LÍDERES DE MOVIMIENTOS ECLESIALES (21/05/2026)

El Papa León XIV se reunió este 21 de mayo en el Aula Nueva del Sínodo con los participantes en un encuentro de Moderadores de Asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, promovido por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En su discurso, el Pontífice reflexionó sobre el gobierno en la Iglesia, sosteniendo que el liderazgo de cualquier organización es fundamental para el éxito y la continuidad del grupo, animando a los participantes a guiar a las personas confiadas a su cuidado con discernimiento y transparencia, para que permanezcan abiertos al mundo y arraigados en la comunión. Compartimos a continuación el texto de su discurso, traducido del italiano:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días a todos:

Es un placer encontrarme con ustedes esta mañana, ofrecerles algunas palabras, algunas reflexiones, pero sobre todo pensar en la importancia de los carismas del Espíritu Santo, especialmente en estos días previos a Pentecostés.

Me alegra recibirlos también este año, al inicio de su encuentro. Ustedes son responsables, a nivel internacional, de muchas diversas realidades laicales, y han sido convocados por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para fortalecer la comunión entre ustedes y reflexionar juntos sobre el tema del gobierno de una comunidad eclesial.

En toda entidad social se percibe la necesidad de tener personas y estructuras adecuadas que se ocupen de guiar y coordinar la vida en común. En su raíz, el término “gobernar” remite a la acción de “sostener el timón”, de “pilotear un barco”. Se trata, por tanto, de dar una dirección segura, de manera que la comunidad sea lugar de crecimiento para las personas que forman parte de ella. Así, también en la Iglesia algunos están a cargo del gobierno.

Sin embargo, en la Iglesia el gobierno no nace de la simple exigencia de coordinar las necesidades religiosas de sus miembros. La Iglesia fue instituida por Cristo como signo perenne de su voluntad salvífica universal y es el lugar, querido por Dios, donde todos los hombres, en cualquier época, pueden recibir los frutos de la Redención y experimentar la vida nueva que Cristo nos ha entregado. En dicho sentido, la naturaleza de la Iglesia es sacramental: ciertamente tiene una dimensión exterior e institucional con sus estructuras y, al mismo tiempo, es signo eficaz de la comunión a través de la cual participamos de la vida misma de la Trinidad.

Estas características peculiares de la Iglesia están presentes necesariamente también en su gobierno, que nunca es solo técnico; éste, por el contrario, tiene en sí mismo una orientación salvífica, es decir, debe tender al bien espiritual de los fieles. De hecho, San Pablo lo incluye entre los carismas: «Están los milagros – escribe –, luego el don de curación, de asistir, de gobernar, de hablar en diversas lenguas» (1 Cor 12, 28).

Partiendo de estas premisas, dirijamos ahora la mirada hacia las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales. Aquí el gobierno se confía generalmente a laicos y expresa la participación en el munus real de Cristo recibido en el Bautismo. Éste se pone al servicio de los demás fieles y de la vida asociativa, y es fruto de elecciones libres, que deben ser entendidas como expresión de un discernimiento común: permitir que la voz de todos se exprese libremente.

Si, como hemos dicho, el gobierno es un don particular del Espíritu Santo, que los miembros de una comunidad reconocen presente en algunos de sus hermanos en la fe, de ello se derivan al menos tres consecuencias. La primera es que debe ser para el bien de todos (cf. 1 Cor 12, 7), es decir, para promover el bien de la comunidad, de la asociación, de toda la Iglesia. El gobierno, por tanto, nunca puede ser aprovechado para intereses personales o formas mundanas de prestigio y poder. La segunda consecuencia es que nunca puede ser impuesto desde arriba, sino que debe ser un don reconocible en la comunidad y libremente acogido; de ahí la importancia de elecciones libres para hacerlo efectivo. La tercera consecuencia es que, como todo carisma, también el gobierno de una asociación está sujeto al discernimiento de los Pastores, quienes vigilan sobre la autenticidad y el uso ordenado de los carismas (cf. Lumen gentium, 12; Iuvenescit Ecclesia, 9 y 17).

Algunas características deben estar siempre presentes en el gobierno: la escucha recíproca, la corresponsabilidad, la transparencia, la cercanía fraterna, el discernimiento comunitario (cf. Discurso a los participantes en el Capítulo General de los Legionarios de Cristo, 19 de febrero 2026). Además de esto, quisiera recordar que «un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, promueve la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad» (ibid.). Son indicaciones sencillas, pero que hay que tener siempre presentes en el ejercicio de la autoridad.

Muy queridos todos, sus asociaciones y movimientos tienen orígenes diversos y tienen historia, identidad e ideales bien definidos. Quienes los gobiernan, por ello, asumen una tarea delicada: por un lado, están llamados a custodiar y valorar la memoria de un patrimonio vivo; por otro, tienen un papel “profético”, que implica ponerse a la escucha de las urgencias pastorales actuales para comprender de qué manera responder a los nuevos desafíos y a las sensibilidades culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo. Sólo así, de hecho, se puede ser cristianos, discípulos y misioneros en el hoy de la sociedad y la Iglesia. Una parte de la tarea profética de quienes gobiernan, por lo tanto, es favorecer la apertura de la asociación o del movimiento, y de cada uno de sus miembros, a las situaciones históricas. La pertenencia, de hecho, es auténtica y fecunda cuando no se agota en la participación en actividades internas del grupo, sino que interpreta los signos de los tiempos y se proyecta hacia el exterior, dirigiéndose a todos, a la cultura de su tiempo y a los campos de misión aún no explorados.

Otro elemento de vital importancia es la comunión. Quien gobierna está llamado a tener una sensibilidad particular por la salvaguardia, el crecimiento y la consolidación de la comunión. Esto vale tanto para la vida interna en la asociación o el movimiento, como para la comunión con las demás realidades eclesiales y con la Iglesia en su conjunto. Quien ejerce una misión de gobierno en la Iglesia debe aprender a escuchar y acoger opiniones diversas, orientaciones culturales y espirituales diferentes, temperamentos personales distintos, buscando siempre conservar, sobre todo en las decisiones necesarias y a menudo difíciles de tomar, el bien superior de la comunión. Esto requiere un testimonio de mansedumbre, de desapego y de amor desinteresado hacia los hermanos y la comunidad, que sea ejemplo para todos. Aquí quisiera subrayar la importancia de esta dimensión de la comunión con toda la Iglesia. A veces encontramos grupos que se encierran en sí mismos y piensan que su realidad específica es la única o es la Iglesia, pero la Iglesia somos todos nosotros, ¡es mucho más! Y, por tanto, nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Y por eso el Obispo es una figura de referencia muy importante, y si un grupo dice: “No, con ese Obispo no estamos en comunión, queremos otro”, eso no está bien. Debemos tratar de vivir en comunión con toda la Iglesia, tanto a nivel diocesano como también a nivel universal.

Bajo esta luz podemos comprender mejor el sentido de la fidelidad al carisma fundacional, que constituye una referencia imprescindible para el gobierno de una realidad eclesial. Todo carisma auténtico incluye ya en sí mismo la fidelidad y la apertura a la Iglesia. Gobernar de manera fiel al carisma fundacional significa, por tanto, encontrar en él la inspiración para abrirse al camino que la Iglesia realiza en el presente, sin plegarse a los modelos, por muy positivos que sean, del pasado, sino dejándose provocar por realidades y desafíos nuevos, en diálogo con todos los demás componentes del cuerpo eclesial.

Muy queridos todos, les agradezco todo lo que son y lo que hacen. Las asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales son un don inestimable para la Iglesia. Hay una gran riqueza entre ustedes, muchas personas bien formadas y muchos buenos evangelizadores; muchos jóvenes y diversas vocaciones a la vida sacerdotal y matrimonial. La variedad de carismas, dones y métodos de apostolado desarrollados a lo largo de los años les permite estar presentes en los campos de la cultura, del arte, de lo social, del trabajo, llevando a todas partes la luz del Evangelio. ¡Cuiden y, con la gracia de Dios, hagan crecer todos estos dones! La Iglesia los apoya y los acompaña.

Los bendigo de corazón, invocando para todos ustedes la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Gracias.

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