CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA FE SE VIVE, NO SOLO SE ESTUDIA (20/05/2026)

En su catequesis de este 20 de mayo por la mañana, el Papa León XIV inició una nueva serie dedicada al primer documento aprobado en el Concilio Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia. Ayudando a los fieles a volver al núcleo de lo cristiano, es decir, a Cristo mismo, el Papa explicó que el Concilio no buscaba simplemente cambiar formas externas o “modernizar” celebraciones. Lo que pretendía era mucho más profundo: ayudar a la Iglesia a comprender mejor qué la sostiene, qué la une y qué le da vida, “y esa respuesta es una sola: el misterio de Cristo”, subrayó el Santo Padre en su catequesis, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Los documentos del Concilio Vaticano II.
III. Constitución Sacrosantum Concilium. 1. La liturgia en el misterio de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

Comenzamos hoy una serie de catequesis sobre el primer Documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).

Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no sólo emprender una reforma de los ritos, sino conducir a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: ella es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en cual la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en estirpe elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1 Pe 2, 9).

Como manifestó la triple renovación – bíblica, patrística y litúrgica – que atravesó la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3, 3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18, 20) somos sumergidos en este Misterio.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los Sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios por medio del Espíritu» (Ef 2, 22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.

En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe – según el célebre dicho lex orandi, lex credendi – y, al mismo tiempo, moldea la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta ap. Vicesimus quintus annus, 9).

Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué ha sido definida como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita sólo a la liturgia, sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la oración común, ellos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».

Esto significa también que ella está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduce en vida y exige una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es de esta forma como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12, 1).

De este modo, «la liturgia edifica cada día a los que están en la Iglesia como templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para todos. Ella está, de hecho, habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco, «el mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19, 9)» (Carta ap. Desiderio desideravi, 5).

Muy queridos todos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.

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