DESDE LA «TIERRA DE LOS FUEGOS» SURGE UN GRITO DE CONVERSIÓN: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA CATEDRAL DE SANTA MARÍA DE LA ASUNCIÓN (23/05/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
[Discurso del Obispo diocesano]
Eminencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, buenos días y gracias por su recibimiento:
Agradezco al Señor el poder encontrarme con ustedes, volviendo a Campania pocos días después de mi visita al Santuario de Pompeya y a la ciudad de Nápoles. Saben que ya el Papa Francisco había deseado venir aquí, a esta que tristemente ha tomado el nombre de “Tierra de los fuegos”, pero no le fue posible. Hoy queremos realizar su deseo, reconociendo el gran don que la Encíclica Laudato si’ ha representado para la misión de la Iglesia en esta tierra. De hecho, el grito de la creación y de los pobres entre ustedes sea advertido más dramáticamente, debido a una concentración mortal de oscuros intereses e indiferencia por el bien común, que ha envenenado el medio ambiente natural y social. ¡Es un grito que pide conversión!
En esta Catedral vivimos un primer momento, el eclesial y, quisiera decir, más familiar de mi visita. Después, en la Plaza, encontraremos de forma ideal a toda la sociedad. He venido ante todo a recoger las lágrimas de quienes han perdido a personas queridas, muertas por la contaminación ambiental generada por personas y organizaciones sin escrúpulos, que por demasiado tiempo han podido actuar impunemente. Estoy aquí, sin embargo, también para agradecer a quienes han respondido al mal con el bien, especialmente a una Iglesia que ha sabido atreverse a la denuncia y a la profecía, para reunir al pueblo en la esperanza. Así, sabiendo que los visitaría en la vigilia de Pentecostés, busque en la Sagradas Escrituras una página que pudiera interpretar e inspirar su camino. La encontré en una grandiosa visión del profeta Ezequiel, llevado por el señor a experimentar que por el pueblo en exilio tendrá que convertirse en un fuerte mensaje de resurrección. Ezequiel cuenta: «La mano del Señor estuvo sobre mí y el Señor me llevó fuera en el espíritu y me colocó en la llanura que estaba llena de huesos; me hizo pasar junto a ellos por todos lados. Vi que eran una enorme cantidad en la extensión del valle y estaba todo seco» (Ez 37, 1-2).
Muy queridos todos, Dios había colocado al hombre y a la mujer en un jardín, para que lo cultivaran y lo custodiaran. Todo era vida, belleza, fertilidad. También esta tierra antiguamente era llamada Campania felix, porque era capaz de encantar por su fecundidad, sus productos y su cultura, como un himno a la vida. Sin embargo, llegó la muerte, de la tierra y de los hombres. Podemos identificarnos con el desconcierto del profeta frente a esta extensión de huesos secos. Sufrimos por la devastación que ha puesto en peligro un maravilloso ecosistema, lugares, historias y memorias. Ante esta realidad se pueden tener dos actitudes: la indiferencia o la responsabilidad. Ustedes han elegido la responsabilidad y, con la ayuda de Dios, han iniciado un camino de compromiso y búsqueda de la justicia.
El Señor, después, plantea a Ezequiel una pregunta: «Me dijo: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?”. Yo respondí: “Señor Dios, tú lo sabes”» (Ez 37, 3). Muy queridos todos, he aquí que Dios tiene para nosotros nuevas preguntas, que ensanchan nuestro horizonte. Él sabe que tenemos un corazón que busca la vida y suspira por la eternidad, pero que la posterga demasiado fácilmente a un tiempo indefinido y lejano, a un mundo distinto y que aún no existe. Ezequiel, en cambio, debe servir a su pueblo, ese que existe, en la situación en la cual se encuentra. De la misma forma nuestras Iglesias tienen la misión de hacer resonar aquí y hoy la Palabra de Dios. Esta Palabra nos pregunta si creemos en sus mismas posibilidades: es Palabra de vida. Si hoy nos encontramos, es para responder a esta Palabra. Y respondemos así: Señor, la muerte parece estar por todos lados, la injusticia parece haber vencido, la criminalidad, la corrupción, la indiferencia siguen matando, el bien parece permanecer seco. Sin embargo, si tú nos interrogas, «¿Podrán revivir estos huesos?», nosotros creemos y decimos: «Señor Dios, ¡tú lo sabes!». Tú sabes que podemos volver a levantarnos, porque tú mismo nos tomas de la mano. Tú sabes que nuestro desierto puede florecer. Tú sabes cambiar el luto en alegría.
Hermanas y hermanos, todo esto es muy concreto: es una promesa que ya se hace realidad. El Papa Francisco, en la Encíclica Laudato si’, incluso denunciando un paradigma de muerte, claramente anunció la irrupción silenciosa de la vida nueva. Después de haber enlistado realidades en las cuales las personas ya vuelven a comenzar juntos y dan nuevas forma a la justicia social y ambiental, escriben: «La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente […]. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, que brota como una obstinada resistencia de lo que es auténtico?» (Laudato si’, 112). Muy queridos todos, sean testigos de esta “obstinada resistencia” que se vuelve renacimiento, allí donde el Evangelio ilumina y transforma la vida. Esto nos enseñó el Concilio Vaticano II, en particular con la Constitución Gaudium et spes. El Señor nos hace nuevas preguntas sobre cómo se vive en nuestros barrios, sobre la disponibilidad para trabajar juntos entre personas e instituciones, sobre nuestra pasión educativa, sobre la honestidad en el trabajo, sobre la distribución equitativa del poder y las riquezas, sobre el respeto a las personas y a todas las criaturas. ¿Podrán revivir estas tierras? Sean ustedes mismos la respuesta: una comunidad unida, en la fe y en el compromiso. La vida, entonces, se multiplicará.
Y este es el mandamiento del Señor a su profeta: «Profetiza sobre estos huesos y anúnciales: “Huesos secos, escuché la palabra del Señor. Así dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí que yo hago entrar en ustedes el espíritu y revivirán”» (Ez 37, 4-5). Ezequiel obedece y observa: «Yo profeticé como me fue ordenado; mientras profetizaba, escuché un ruido y vi un movimiento entre los huesos, que se acercaban uno a otro, cada uno con su correspondiente. Mire, y he aquí que aparecieron sobre ellos los nervios; la carne crecía y la piel volvía a cubrirlos, pero no había espíritu en ellos» (Ez 37, 7-8). Entendemos, entonces, que el milagro no ocurre de golpe. El profeta está realmente asombrado de lo que ve y escucha, pero aún no basta, aún falta algo. Es válido también para nosotros: es necesario seguir confiando, seguir escuchando, seguir creyendo. Las decisiones que han tomado, el camino eclesial que han recorrido, los pequeños y grandes reinicios con los que han enfrentado el dolor aún no son todo. Si nos detenemos, volvemos atrás. En efecto, el señor vuelve a hablar a Ezequiel: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y anuncia al espíritu: “Así dice el Señor Dios: Espíritu, ven desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que revivan”. Yo profeticé como me había mandado y el espíritu entró en ellos y volvieron a la vida y se pusieron de pie; eran un ejército grande, interminable» (Ez 37, 9-10).
Hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo les conceda ver un “ejército” de paz que se pone de pie y cura las heridas de esta tierra y de sus comunidades. Ya no más un fuego que destruye, sino un fuego que reaviva y calienta, el fuego del Espíritu que enciende los corazones y las mentes de miles y miles de hombres y mujeres, de niños y ancianos e inspira cuidado, consuelo, atención, amor verdadero. En particular ustedes, familias a las que la muerte ha impactado, engendra en vida nueva transmitiendo a los hijos e hijas, a los nietos y a los vecinos ese sentido de responsabilidad que muchas veces hasta aquí ha faltado. Dejen morir el resentimiento, practiquen en primer lugar la justicia que piden, de testimonio de la vida, eduquen para el cuidado.
Y ustedes, ministros ordenados, religiosas y religiosos, sean miembros vivos de este pueblo: manifiesten cotidianamente la autoridad del servicio, que se baja y se acerca, que da el primer paso y perdona. De hecho, hay que erradicar una cultura del privilegio, de la prepotencia, de no rendir cuentas, que mucho mal ha hecho a esta tierra, como muchas otras regiones de Italia y del mundo. Que sople el Espíritu desde los cuatro vientos e inspire formas nuevas de anuncio, de cooperación, de regeneración ambiental y social. Existe, de hecho, una espiritualidad de los lugares, pero que debe todo a la espiritualidad de las personas. El cambio del mundo, de hecho, inicia siempre desde el corazón. Ezequiel al mismo, antes de esta profecía de muerte y resurrección, anunció la renovación de La que Dios sólo es capaz: «Así dice el Señor Dios […] les daré un corazón nuevo, pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo, les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu dentro de ustedes y los haré vivir según mis leyes y los haré observar y poner en práctica mis normas. Habitarán en la tierra que yo le di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios» (Ez 36, 22.27-28).
Que Jesús Resucitado nos conceda vivir juntos así, capaces de acoger y poner en práctica la Palabra de Dios, peregrinos aquí abajo y ciudadanos en su eternidad.

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