DESARMAR LA IA, NO A LÓGICAS DE EXCLUSIÓN Y DOMINIO: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA PRESENTACIÓN DE LA ENCÍCLICA “MAGNIFICAS HUMANITAS” (25/05/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Deseo agradecer a todos ustedes por estar aquí hoy, por su interés.
Agradezco de corazón a quienes se han organizado el encuentro de este día y en particular a quienes compartieron sus capacidades y experiencias en las distintas intervenciones que hemos escuchado.
De manera particular deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. Por mi parte, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a hablar juntos para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.
Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.
En los momentos claves de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar “cosas nuevas” a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, a sus familias erradicadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la iglesia no podía permanecer distante. En un momento de cambio de época que amenazaba la dignidad humana, la Encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las “cosas nuevas” que estaban en curso.
Hoy nos encontramos ante una transformación de dimensiones similares, con consecuencias quizás incluso más grandes. La inteligencia artificial tocará muchos ámbitos de nuestra vida e incide sobre decisiones que modelan la coexistencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en la que se conduce la guerra.
Como el “León” anterior, me siento llamado a mirar hacia otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los que amores de los pobres de la tierra que resuenan en mi corazón.
Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con tenacidad normas equitativas; a padres de familia y profesores profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.
Me han llegado también otras voces muy preocupantes, con respecto a sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún hombre y ningún gobierno puede realmente controlar. Escucho relatos muy preocupantes de algoritmos que pueden bloquear el acceso a los servicios de salud, al trabajo y a la seguridad con base en datos contaminados por prejuicios e injusticia. Y he escuchado el silencio de aquellos que no tienen voz cuando son tomados las decisiones, decisiones que ponen en riesgo generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.
De esta escucha maduró una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida a propósito porque este momento requiere palabras capaces de atraer la atención, despertar conciencias y señalar el camino a seguir por la humanidad.
La Iglesia trabaja desde hace mucho tiempo por el desarme nuclear, consciente de que todo gran poder tecnológico puede incidir en la vida de las personas y, por tanto, debe ser acompañado por un discernimiento moral y un control público adecuados. El desarmen nuclear sigue siendo un servicio para la paz y la dignidad de la familia humana.
De forma análoga, la inteligencia artificial exige ahora ser “desarmada”, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte. Como la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común. Las decisiones respecto a la tecnología nunca deben ser separadas de la conciencia y la responsabilidad. “No durmamos, entonces, como los demás”, advertía el apóstol Pablo, “sino vigilemos” (¡ Tes 5, 6). Esta vigilancia es necesaria hoy. La paz no es solamente ausencia de guerra, sino es justicia en acción. Sin embargo, cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, la paz misma está en riesgo.
Desarmar, sin embargo, no es suficiente. Debemos construir.
La palabra “construir” recuerda a los años transcurridos en Perú como misionero. En 2017, el norte del país fue afectado por lluvias torrenciales inundaciones: muchas familias vieron hundirse en el lodo sus casas y también muchas calles. Ahí aprendí que reconstruir no significa simplemente sustituir lo que ha sido destruido. Significa reparar vínculos, restaurar confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo.
En Magnifica humanitas recuerdo al profeta bíblico Nehemias. Ante la ruina de los muros de Jerusalén, él reúne a las personas desanimadas para darle vida a un renacimiento. La imagen de los muros no legitima cerrazones o divisiones, si no invita a todos y cada uno a hacer su parte. Ladrillo tras ladrillo toma forma una coexistencia más justa, capaz de salvaguardar la dignidad de todos. El esfuerzo de Nehemias habla al tiempo actual. La inteligencia artificial puede ser un lugar de construcción de la historia dentro de un horizonte de comunión, en el cual el progreso técnico aprende a servir a la vida humana.
«¡Pero que cada uno tenga cuidado de cómo construye!» (1 Cor 3, 10) advierte San Pablo. Él no teme a la construcción, más bien advierte sobre construir sin cimientos sólidos. No tengamos miedo de la inteligencia artificial, pero sigamos manteniendo viva la cuestión de lo humano. No podemos ser negligentes en el uso de nuestro instrumentos técnicos más poderosos.
El verdadero desarrollo, afirma San Pablo VI, se refiere siempre «a cada hombre y a todo el hombre». “Cada” significa que ninguna persona puede ser dejada a los márgenes de la transformación digital. “Todo” significa que nadie puede ser reducido a la productividad, al desempeño cognitivo o a simples datos. Cada persona lleva en sí una libertad, una interioridad y una vocación al amor y a la adoración que ninguna máquina puede sustituir o detener.
Sólo con esta visión integral la inteligencia podrá ser dirigida hacia el bien común. Sólo juntos – los que diseñan los sistemas y los que sufren sus efectos, los países más ricos y los más pobres, las instituciones y los individuos, los centros de poder y las periferias – lograremos construir un futuro no para pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.
Es esta la civilización del amor de la que hablaba San Pablo VI y que San Juan Pablo II señaló con tanta fuerza como horizonte que hay que buscar juntos. No es un sueño ingenuo. Es una dirección. Es el camino que Jesucristo abre en la historia.
Por esta razón, la Iglesia desea, con humildad y franqueza, ser parte de las conversaciones sobre la inteligencia artificial. No poseemos respuestas técnicas, ni buscamos sustituir aquellos que poseen capacidades. Pero llevamos una sabiduría que se refiere a lo humano de la cual el tiempo presente tiene una necesidad desesperada: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir al otro y de cuidar nuestra casa común.
Por tanto, invito a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: aprendamos a escucharnos mutuamente, a enfrentar los desafíos actuales con valentía y a cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
De esta presentación de Magnifica humanitas por favor lleven con ustedes el compromiso de permanecer vigilantes y, como “artesanos de esperanza” para seguir construyendo la obra de nuestro tiempo. Que el Espíritu del Señor Resucitado Jesús apoya nuestro trabajo juntos.
Encomiendo a cada uno de ustedes a nuestra Madre María. Su Magnificat canta la grandeza de Dios, que enaltece a los humildes. Que ella pueda enseñarnos a reconocer la verdadera grandeza de cada hombre y cada mujer en el amor y en el servicio. Que Dios Omnipotente haga fecunda la gran empresa que hoy encomendamos a su gracia, haciendo madurar en la historia la civilización del amor
Sobre todos ustedes invoco de corazón la bendición de Dios.
[Bendición]
Gracias.

Comentarios