SIRVAN A LA IGLESIA COMO EVANGELIZADORES, NO COMO ESPECTADORES: PALABRAS DE LEÓN XIV A LOS EMPLEADOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA (02/05/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Buenos días a todos y bienvenidos:
Los saludo cordialmente y les agradezco por el valioso servicio que realizan en la Conferencia Episcopal Italiana y en las entidades vinculadas con ella. Saludo al Presidente, Su Eminencia el Card. Matteo Zuppi, al Secretario General, a los Directores de Oficinas y Servicios, y a cada uno de ustedes.
El suyo es un compromiso delicado, cuya importancia es subrayada en el Preámbulo del Estatuto de la CEI: «la Conferencia Episcopal Italiana – se lee allí – […] es signo auténtico y autorizado de comunión de las Iglesias particulares que están en Italia; constituye una representación legítima y calificada del pueblo de Dios que vive en el país; promueve la acción concorde del Episcopado italiano, en especial sintonía con el Sucesor de Pedro, Obispo de Roma y Primado de Italia» (Estatuto de la Conferencia Episcopal Italiana, Preámbulo, 3).
Gracias, entonces, por lo que hacen, a todos los niveles, desde los más conocidos hasta los más escondidos y cotidianos. Y aquí quisiera recordar lo importante que es, para toda institución, la fidelidad de cada uno a su tarea, a los compromisos más ordinarios: una práctica llevada a cabo con atención, una reunión bien preparada, la paciencia de un momento de escucha prolongado, la dedicación para responder a una petición, el orden y el cuidado mismo de los ambientes. Son cosas sencillas, pero útiles para el bien de todos y grandes frente a Dios. En la vida de la Iglesia nada es pequeño si se hace con fe, con amor y espíritu de comunión.
A la luz de todo esto, quisiera detenerme para reflexionar con ustedes en algunos aspectos de su compromiso que considero importantes.
Ante todo, su naturaleza de servicio. Las varias oficinas en las que trabajan no son estructuras con fin en sí mismas, sino instrumentos con los que ayudan a los obispos y a las Iglesias que están en Italia, para que los hilos de la comunión estén muy firmes y el tejido eclesial sea compacto, rico evangelio y fecundo en gestos de proximidad. Es una tarea de gran responsabilidad: el suyo, de hecho, es un “servicio al servicio”, un trabajo que apoya a otros trabajos, un esfuerzo que hace posible la contribución de muchos, una colaboración que ayuda a las Iglesias locales a anunciar la Buena Nueva, a caminar juntas y a ser presencia viva del Señor, en este país y en el mundo. Lo que hacen – incluso las actividades más técnicas, administrativas u organizacionales – es parte de la misión de toda la gran familia de Dios. En la Iglesia, de hecho, servir no es sencillamente realizar una función, sino participar activamente, como miembros, en la vida de un cuerpo cuya cabeza es el Señor. El centro, por ello, nunca somos nosotros, nuestros oficios, nuestros programas, sino Él, y toda actividad encuentras sentido cuando ayuda, incluso de manera humilde y oculta, al encuentro y la unión con Él.
Esto nos lleva al segundo punto de nuestra reflexión, que se refiere a la pertenencia. La Esposa de Cristo, de hecho, no puede estar hecha de espectadores, si no sólo del amor de quién sabe que le pertenece, en un vínculo de fe y comunión que es, ante todo, don de gracia, don de Dios. Los invito, por tanto, a vivir sus ocupaciones cotidianas insertos en un misterio, en una historia y un proyecto que les preceden y les superan (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 111). Los lugares en que ejercen sus labores cotidianas son el primer espacio en el que están llamados a hacer tomar forma al Evangelio, promoviendo unidad y paz, con paciencia y humildad, en el cuidado y la custodia mutuos. Y esta conciencia debe moldear su forma de percibirse, de hablar, de escuchar, de corregir, de apoyar, permeando los ambientes de trabajo y determinando verdaderos estilos de vida evangélica.
Quisiera, sin embargo, agregar una última reflexión, porque servicio y pertenencia son inseparables de una tercera dimensión fundamental de la vida del pueblo de Dios: la misión. La Iglesia existe para anunciar a Cristo, construyendo puentes, instaurando vínculos, ofreciendo acogida y ayuda a quien tenga necesidad de apoyo, de escucha, de amor, y ustedes participan en este mandamiento.
Vivimos en una época de cambios profundos, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la comunicación, en la participación social, en la transmisión de la fe, también en Italia. En este contexto, el señor nos pide no encerrarnos en nosotros mismos y no tener miedo, sino más bien gastarnos generosamente para que el evangelio pueda alcanzar e iluminar también hoy, a toda mujer y todo hombre, con sus fatigas, cuestionamientos y esperanzas (cf. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1), para que todos «se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4).
Queridos hermanos y hermanas, gracias por lo que hacen. Que el Señor los bendiga a ustedes y a su trabajo, a sus familias, a sus seres queridos, especialmente a los niños, a los ancianos, a los enfermos y a quienes atraviesan momentos de dificultad. Encomendemos a la Virgen María, a San Francisco de Asís y a Santa Catalina de Siena, a la Conferencia Episcopal Italiana, a las Iglesias que están en Italia y el camino de todo el pueblo de Dios. Gracias.

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