TRABAJÓ POR LA ARMONÍA DE LOS PUEBLOS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA EXEQUIAS DEL CARD. TSCHERRIG (15/05/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Reunidos alrededor del Altar, acompañamos a nuestro hermano Paul Emil Tscherrig, Cardenal, en el momento en el cual se presenta ante el Señor, para recibir la recompensa del bien realizado en esta vida y el perdón por las faltas que la fragilidad humana puede haber causado.
Es el momento grande y solemne del encuentro con el Señor a quien generosamente sirvió, con el Amigo a cuyo lado fielmente caminó por toda una existencia, más de la mitad de la cual la pasó al servicio de la Sede Apostólica en varias Representaciones Pontificias y en la Secretaría de Estado.
Contribuyó, con el trabajo a menudo no aparente, pero no por ello menos duro y agotador, típico del ministerio que ejerció, con el crecimiento de ese Reino del cual el pleno cumplimiento nos habló la primera lectura: Reino en el cual el mar del caos ya no existe y resplandece en cambio la nueva Jerusalén, edificada sobre el cimiento de los Apóstoles, iluminada por la luz del Cordero y embellecida por los méritos de los Santos.
El compromiso de Diplomático, y antes que nada de Pastor de la Iglesia, vieron a este hermano nuestro trabajar por muchos años, con paciencia y abnegación, con el fin de recoger en la concordia a los pueblos que la obediencia encomendó a su cuidado (cf. Sal 121), enfrentando también los obstáculos y desafíos que un Representante Pontificio está llamado a abrazar por el bien de todos. Desarrolló su misión primero como colaborador en distintas Nunciaturas, hasta su nombramiento, en 1996, como Nuncio Apostólico en Burundi; después en Trinidad y Tobago y en distintas naciones del Caribe, en Corea del Sur y Mongolia, posteriormente en Suecia, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Noruega, más adelante en Argentina, para llegar, en 2017, a Italia y San Marino. Una vasta experiencia eclesial e internacional, que da testimonio de su disponibilidad y capacidad de adaptación, en su caridad de Pastor, a ambientes muy distintos entre sí: lugares y pueblos a los que fue enviado, en nombre del Santo Padre, para tejer relaciones de comunión entre las Iglesias locales y la Sede Apostólica, así como para reforzar vínculos de amistad.
Ahora el Cardenal Paul Emil se encuentra con su Señor, Alfa y Omega, inicio y fin de su existencia (cf. Ap 21, 6). Nosotros lo acompañamos en este misterioso tránsito, iluminado por el Misterio Pascual, ofreciendo por él el Sacrificio Eucarístico y nuestros sufragios; y queremos hacer de este momento también una ocasión de reflexión y de impulso, para atesorar el bien del cual fue, por gracia de Dios, dispensador, con fe y dedicación.
El Papa Francisco – a quien el Cardenal Tscherrig había conocido cuando era Arzobispo de Buenos Aires –, en un discurso a los diplomáticos los invitaba a hacer florecer a su alrededor la esperanza, como respuesta al deseo y las expectativas de bien de los pueblos (Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero 2025). Es una invitación que hoy podemos retomar también nosotros, para ponerla en práctica cada uno allí donde está llamado a servir y amar a los hermanos. Nuestro mundo necesita mucho mensajeros que lo ayuden a reencontrar la confianza, y el buen testimonio de aquellos que Dios ha elegido como sus ministros, puede apoyarnos en la respuesta a dicha llamada.
Al mismo tiempo, sin embargo, ante el misterio de la muerte, queremos también recordar que, más allá de las vivencias de este mundo, para cuyo bien hemos sido llamados a gastarnos en esta vida, el fundamento último de todas nuestras esperanzas está más allá de la historia y se funda en la Pascua de Cristo, en su victoria gloriosa sobre el pecado y la muerte.
El Evangelio nos recordó como Jesús, un poco antes de su Pasión, había prefigurado su misterio trayendo nuevamente a la vida a su amigo Lázaro, cuya liberación del sepulcro es un signo que hay que mirar con fe, para captar su mensaje profundo. Un signo que podemos reencontrar en los muchos milagros de vuelta a la vida, que la caridad produce también a través de nuestro ministerio y nuestro compromiso cotidiano por el Evangelio. Todo ello, sin embargo, nos habla del milagro más grande: ese de la resurrección para la vida eterna, que corona todo esfuerzo y trabajo de esta vida y cumple sus vivencias más allá de los límites del tiempo.
Esto nos llama también a la dimensión esencial de la misión de la Iglesia, que abarca e ilumina todos los niveles de su acción terrenal. Ésta, de hecho, actúa en el tiempo, pero tiene la meta de sus cansancios más allá de las realidades de este mundo, buscando «reconducir a Cristo, única cabeza, todas las cosas» (Ef 1, 10) y la «total redención de aquellos que Dios ha adquirido para sí» (v. 14).
Es en esta gran luz que damos nuestro saludo al muy querido Cardenal Paul Emil Tscherrig, mientras en el corazón sentimos dirigidas a nosotros las palabras que Jesús dijo a Martha: «Tu hermano resucitará» (Jn 11, 23), «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Las escuchamos junto a aquellas que eligió el Cardenal mismo, hace 30 años, como lema en ocasión de su Ordenación Episcopal: “Spes mea Christus”. Cristo, nuestro Señor, fue su esperanza toda la vida: una esperanza que no lo defraudó, porque está arraigada en el amor que Dios puso en su corazón por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) y que hoy se cumple para siempre.

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