EL ROSARIO DEVUELVE CONTINUAMENTE NUESTRA VIDA A JESÚS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN EL SANTUARIO DE POMPEYA (08/05/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
“Mi alma glorifica al Señor”. Estas palabras, con las que respondimos a la primera Lectura, surgen del corazón de la Virgen María mientras presenta a Isabel al fruto de su vientre, Jesús, el Salvador. Después de ella cantarán por Cristo, Zacarías, el padre de Juan Bautista, y el viejo Simeón. Estos tres cánticos marcan cada día la alabanza de la Iglesia en la Liturgia de las Horas. Son la mirada del antiguo Israel, que ve cumplidas sus promesas; son la mirada de la Iglesia Esposa, impulsada hacia su Esposo divino; son implícitamente la mirada de toda la humanidad, que busca respuesta a su anhelo de salvación.
Hace 150 años, al colocar la primera piedra de este Santuario, en el lugar en el cual la erupción del Vesubio del 79 d. C. había sepultado bajo las cenizas los signos de una gran civilización protegiéndolos por siglos, San Bartolo Longo, junto con su mujer la Condesa Marianna Farnararo De Fusco, sentaba las bases no sólo de un templo, sino de toda una ciudad mariana. Así él expresaba la conciencia de un designio de Dios, que San Juan Pablo II, hablando en este lugar de gracia el 7 de octubre de 2003, en la conclusión del Año del Rosario, lanzaba nuevamente para el Tercer Milenio, en la perspectiva de la nueva evangelización: «Hoy – él decía – como en los tiempos de la antigua Pompeya, es necesario anunciar a Cristo a una sociedad que se va alejando de los valores cristianos y que olvida incluso su memoria».
Exactamente hace un año, cuando se me encomendó el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente el día de la Súplica a la Virgen, este hermoso día de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya. Debía entonces venir aquí, a poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa. El haber elegido además el nombre de León, me coloca sobre las huellas de León XIII, que tuvo, entre otros méritos, también él de haber desarrollado un amplio Magisterio sobre el Santo Rosario. A todo ello se agrega la reciente canonización de San Bartolo Longo, apóstol del Rosario. Este contexto nos da una clave para reflexionar sobre la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.
El Evangelio de la Anunciación nos introduce en el momento en el cual el Verbo de Dios se hace carne en el vientre de María. Desde este vientre se irradia la Luz que da sentido pleno a la historia y al mundo. El saludo que el ángel Gabriel dirige a la Virgen es una invitación a alegrarse: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28; cf. Sof 3, 14). Sí, el Ave María es una invitación a la alegría: le dice a María, y en ella a todos nosotros, que sobre los escombros de nuestra humanidad probada por el pecado y, por tanto, siempre inclinada a abusos, explotación y guerra, ha venido la caricia de Dios, la caricia de la misericordia. Discípula de la Palabra e instrumento de su Encarnación, se revela realmente como la “llena de gracia”. Todo en ella es gracia. Ofreciendo al Verbo su propia carne, ella se convierte también, como enseña el Concilio Vaticano II siguiendo a San Agustín, «madre de los miembros (de Cristo)… porque cooperó con la caridad para el nacimiento de los fieles de la Iglesia, los cuales de esa cabeza son los miembros» (Const. dogm. Lumen gentium, 53; cf. S. Agustín, De S. Virginitate, 6). En el “aquí estoy” de María nace no solamente Jesús, sino también la Iglesia, y María se convierte al mismo tiempo en Madre de Dios – Theotòkos – y Madre de la Iglesia.
¡Gran misterio! Todo ocurre por el poder del Espíritu Santo, que pone bajo su sombra a María y hace fecundo su vientre virginal. En este momento de la historia tiene una dulzura y un poder que atrae el corazón y lo llevan a esa altura contemplativa en la cual germina la oración del Santo Rosario. Una oración que, surgida y desarrollada progresivamente en el segundo milenio, profundiza sus raíces en la historia de la salvación y precisamente en el saludo del ángel a la virgen tiene como su preludio. “Ave María”. La repetición de esta oración en el Rosario es como el eco del saludo de Gabriel, un eco que atraviesa los siglos y guía la mirada del creyente hacia Jesús, visto con los ojos y el corazón de su Madre. Jesús adorado, contemplado, asimilado en cada uno de sus misterios, para que con San Pablo podamos decir: «Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí» (Gal 2, 19).
Precedida por la proclamación de la Palabra de Dios, enmarcada entre el Padre Nuestro y el Gloria, el Ave María que se repite en el Santo Rosario es un acto de amor. ¿No es acaso propio del amor repetir sin cansarse: “te quiero”? Un acto de amor que, en las cuentas de la corona, como se ve bien en el cuadro mariano de este Santuario, nos hace remitirnos a Jesús, y nos lleva a la Eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Lumen gentium, 11). Estaba convencido de ello San Bartolo Longo cuando escribía: «La Eucaristía es el Rosario viviente, y todos los misterios se encuentran en el Santo sacramento en una forma activa y vital» (El Rosario y la Nueva Pompeya, 1914, p. 86). Tenía razón. En la Eucaristía los misterios de la vida de Cristo se encuentran todos, por así decirlo, concentrados en el memorial de su sacrificio y en su presencia real. El Rosario tiene una fisonomía mariana, pero un corazón cristológico y eucarístico (cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae, 1). Si la Liturgia de las Horas marca los tiempos de alabanza de la Iglesia, el Rosario marca el ritmo de nuestra vida llevándola continuamente a Jesús y a la Eucaristía.
Generaciones de creyentes han sido moldeadas y custodiadas por esta oración, sencilla y popular, y al mismo tiempo capaz de alturas místicas y tesoro de la más esencial teología cristiana. ¿Qué hay, de hecho, más esencial que los misterios de Cristo, su santo Nombre, pronunciado con la ternura de la Virgen María? Es en este Nombre, y en ningún otro, que nosotros podemos ser salvados (cf. Hch 4, 12). Repitiéndolo en cada Ave María, realizamos de alguna forma la experiencia de la casa de Nazaret, casi escuchando de nuevo la voz de María y de José, en los largos años en los cuales Jesús vivió con ellos. Tenemos también la experiencia del Cenáculo, en donde los apóstoles con María esperaron la venida del Espíritu Santo. Es lo que nos señaló la Primera Lectura. ¿Cómo no pensar que, en ese tiempo entre la Ascensión y Pentecostés, María y los Apóstoles, compitieran en recordar los distintos momentos de la vida de Jesús? No debía escapárseles ningún detalle de ello. Todo tenía que ser recordado, asimilado, imitado. Nace así el camino contemplativo de la Iglesia, del cual, a semejanza del Año litúrgico, el Rosario ofrece una síntesis en la meditación cotidiana de los santos Misterios. Justamente el Rosario fue considerado un compendio del Evangelio, que San Juan Pablo II quiso integrar con los Misterios de la luz. También esta dimensión fue muy viva en San Bartolo Longo, que ofrecía a los peregrinos profundas meditaciones para sustraer al Santo Rosario de la tentación de una recitación mecánica y asegurarle un respiro bíblico, cristológico y contemplativo que debe caracterizarlo.
Hermanas y hermanos, si el Rosario es “orado” y, me atrevería a decir, “celebrado” de esta forma, es también, por natural consecuencia, fuente de caridad. Caridad hacia Dios, caridad hacia el prójimo: dos caras de la misma moneda, como nos recordaba la segunda Lectura, tomada de la primera Carta de San Juan, concluyendo con la exhortación: «no amemos con palabras ni con la lengua, sino con los hechos y en la verdad» (1 Jn 3, 18). Por ello San Bartolo Longo fue apóstol del Rosario y, al mismo tiempo, apóstol de la caridad. En esta ciudad mariana él acogía a los huérfanos y a los hijos de los encarcelados y en esta ciudad, hoy los más pequeños y los más débiles son acogidos y cuidados en las Obras del Santuario. El Rosario impulsa la mirada hacia las necesidades del mundo, como la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae subrayaba, proponiendo en particular dos intenciones que siguen siendo de apremiante actualidad: la familia, que sufre el debilitamiento del vínculo conyugal, y la paz, puesta en peligro por las tensiones internacionales y por una economía que prefiere el comercio de armas al respeto a la vida humana.
Cuando San Juan Pablo II convocó al Año del Rosario – el año próximo se cumplirá un cuarto de siglo –, quiso ponerlo de manera especial bajo la mirada de la Virgen de Pompeya. Los tiempos desde entonces no han mejorado. La guerra que sigue combatiéndose en muchas partes pide un renovado compromiso no sólo económico y político, sino también espiritual y religioso. La paz nace dentro del corazón. El mismo Pontífice, en octubre de 1986, había reunido en Asís a los líderes de las principales religiones, invitando a todos a orar por la paz. En distintas ocasiones también recientes, tanto el Papa Francisco como yo hemos pedido a los fieles de todo el mundo orar por esta intención. No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que todos los días nos proponen las crónicas. Desde este Santuario, cuya fachada San Bartolo Longo concibió como un monumento a la paz, hoy elevamos con fe nuestra Súplica. Jesús nos dijo que todo puede obtenerse con la oración hecha con fe (cf. Mt 21, 22). Y San Bartolo Longo, al pensar en la fe de María, la define como “omnipotente por gracia”. Que, por su intercesión, venga del Dios de la paz una efusión sobreabundante de misericordia, que toque los corazones, aplaque los rencores y los odios fratricidas, ilumine a quienes tienen especiales responsabilidades de gobierno.
Hermanos y hermanas, ningún poder terrenal salvará al mundo, sino sólo el poder divino del amor, ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, nos reveló y entregó. Creamos en Él, esperemos en Él, sigámoslo a Él.

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