INCLUSO EN TIEMPOS DE CONFLICTO, LA PAZ ES POSIBLE: PALABRAS DE LEÓN XIV EN EL ROSARIO DE CLAUSURA DEL MES DE MARÍA (30/05/2026)
«Escucharé lo que dice Dios, el Señor: él anuncia la paz para su pueblo, para sus fieles, para quien vuelve a él con confianza» (Sal 85, 9). Las palabras del Salmo acompañan bien nuestra oración del Rosario esta tarde, porque expresa la esperanza de la que sentimos necesidad, sobre todo ante las dificultades y la violencia del tiempo actual.
Dispongamos entonces nuestro corazón para la escucha de la Palabra de Dios, de manera que en la oración podamos comprender el sentido de lo que ocurre en la historia, reconociendo la providencia de Dios que siempre la guía y nos socorre. La Virgen María es modelo del creyente, que presta el oído del corazón para escuchar “lo que dice Dios”. Ella es ejemplo para nosotros con su obediencia, que acoge la encarnación del Hijo de Dios en su vientre.
Contemplar con María los misterios del Rosario nos lleva a reconocer en Jesucristo la única definitiva Palabra, que el Padre ha pronunciado, Palabra de paz para todos aquellos que vuelven a Él con el corazón arrepentido. El Señor nunca nos abandona, incluso cuando nosotros lo olvidamos, incluso cuando perdemos el camino, Él viene a buscarnos y se hace cercano con el amor de siempre. Como recuerda el profeta Isaías: «Yo lo pongo en tus labios: paz, paz a los lejanos y a los cercanos» (Is 57, 19). Quién confía en Dios comprende este anuncio de paz y se vuelve artífice suyo, construyéndola con sus propias manos (cf. Mt 5, 9).
La paz, de hecho, no es una teoría que hay que comprobar en un laboratorio, ni es una ingenua ilusión, ni un deber que cumplir por intereses. Cuando se la buscan con corazón sincero, ésta es más bien un compromiso cotidiano de nuestra vida: surge de la justicia y el amor, como armonía que une a las personas, las familias, las comunidades, los pueblos. Incluso en este tiempo de tensiones y conflictos, la paz se hace posible cuando quiere escucharse el grito de quién está privado de ella: niños inocentes, madres y padres angustiados, prisioneros maltratados, refugiados, personas que sufren de todas las edades. Todos ellos tienen en los labios una sola palabra: ¡paz!
Nosotros lo sabemos: la paz siempre es posible porque es don de Dios. Esta paz, su paz, tiene el rostro de Jesucristo, el Hijo de Dios, que en su vida entregada por nosotros reconcilió el cielo y la tierra. Como escribe el Apóstol Pablo: «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14): Aquel que derriba los muros de la enemistad, el que vence la arrogancia con la humildad y rescata del pecado a toda la creación.
Cuando el Señor Jesús está con nosotros y nos comportamos como verdaderos discípulos de su amor, entonces el Espíritu Santo puede realizar lo que parece humanamente imposible. Cuando, en cambio, nos alejamos de Dios, nos alejamos también del hombre, de nuestro prójimo, permaneciendo indiferentes ante su dolor. Cada vez que volvemos al Señor, su paz se vuelve a nuestro compromiso, según las tareas y responsabilidades de cada uno.
Nuestra oración se vuelve así misión y profecía: ya no tendrá que haber llanto de inocentes en nuestra ciudades; nadie tendrá que huir de su propia casa por la amenaza de las bombas; y la ansia de poder y la violencia de las palabras darán paso a la sed de justicia y de verdad. Pero cada uno puede y debe hacer su parte, comenzando por cosas pequeñas pero importantes, absteniéndose de toda violencia verbal o física, en la vida de cada día y también en las redes sociales.
Queridos hermanos y hermanas, la paz verdadera comienza en un corazón que ama; se da testimonio de ella con labios que pronuncian palabras de reconciliación; se reflejan en los ojos que miran al mundo con mansedumbre y sabiduría. Esta es la verdadera fuerza, la fuerza de la verdad y del amor.
¡Dios busca constructores de paz! Que nuestra Madre Santísima nos ayude a responderle cada día con nuestro “aquí estoy”, no con palabras sino con hechos.

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