SEAN PARA ESTA IGLESIA Y CIUDAD, TESTIGOS DE CRISTO Y SEMBRADORES DEL FUTURO: PALABRAS DE LÉON XIV EN EL ENCUENTRO CON EL CLERO Y LA VIDA CONSAGRADA EN NÁPOLES (08/05/2026)

La tarde de este 8 de mayo, el Papa León XIV se encontró en la Catedral de Santa María de la Asunción en Nápoles con los Obispos, el clero, los religiosos y religiosas de Nápoles, en el marco de su visita pastoral a Pompeya y Nápoles. A los presentes, el Pontífice los alentó a no tener miedo y a no desanimarse, sino a ser “para esta Iglesia y para esta ciudad, testigos de Cristo y sembradores del futuro”. Publicamos a continuación el texto de su discurso, traducido del italiano:

Palabras del Santo Padre antes del encuentro con los Obispos, el clero, los religiosos y religiosas

Hola Nápoles. Buenas tardes. Vine a Nápoles para encontrar este calor que sólo Nápoles sabe ofrecer. Gracias por este recibimiento. Gracias. Es una bendición de Dios encontrarnos juntos, estoy muy contento de poder estar aquí esta tarde: un tiempo muy breve pero muy significativo. Y este primer momento precisamente aquí en la Catedral de Nápoles, donde quiero rendir homenaje a San Genaro, tan importante para su devoción, para su fe.

Saludo a Su Eminencia, a todos ustedes, gracias por estar aquí, oraremos juntos, pidamos la bendición de Dios sobre todos ustedes, sobre todo Nápoles. Gracias. Gracias.

Discurso durante el Encuentro

Eminencia, Excelencias, queridos presbíteros, religiosas y religiosos, hermanos y hermanas:

Gracias, Eminencia, por el saludo que me dirigió también el nombre de los presentes y de toda la Iglesia que vive en Nápoles. Es una gran alegría para mí visitar esta ciudad, riquísima en arte y cultura, situada en el corazón del Mediterráneo y habitada por un pueblo inconfundible y alegre, a pesar del peso de tantos esfuerzos. Mi venerado predecesor, el Papa Francisco, al venir aquí en 2015 dijo: «La vida en Nápoles nunca ha sido fácil, pero nunca ha sido triste. Y este es su gran recurso: el gozo, la alegría» (Encuentro con la población de Scampia, 21 de marzo 2015). Hoy estoy aquí también para hacerme contagiar de esta alegría. Gracias por su recibimiento.

En este espíritu de amistad y fraternidad, deseo compartir con ustedes una breve reflexión, que espero pueda apoyarlos, animarlos en el camino y ofrecerles algún aspecto útil para la vida eclesial y pastoral.

Hay una palabra que resuena en mi corazón al escuchar el relato evangélico de los dos discípulos de Emaús: la palabra cura. Como esos dos discípulos, también nosotros a menudo seguimos adelante en nuestro camino sin lograr interpretar los signos de la historia y, a veces, desanimados y desilusionados por tantos problemas o por las esperanzas personales y pastorales que parecen no realizarse, tenemos el rostro triste y la amargura en el corazón. Jesús, sin embargo, se acerca y camina con nosotros, nos acompaña para abrirnos a una nueva luz: la suya es la actitud de quien se preocupa.

Lo contrario del cuidado es el olvido. Y de inmediato vienen a la mente algunos ejemplos: el olvido de las calles y las esquinas de la ciudad, el de las áreas comunes, el de las periferias, y todavía más, de todas aquellas situaciones en las cuales es la vida misma la que se olvida, cuando cuesta trabajo custodiar su belleza y dignidad. Quisiera, sin embargo, que no detuviéramos, ante todo, en la importancia del cuidado interior, que es cuidado de nuestro corazón, de nuestra humanidad y nuestras relaciones.

Se lo digo ante todo a aquellos que, en la Iglesia, están llamados a un papel de responsabilidad, a un servicio de gobierno, a una especial consagración. Pienso ante todo en los sacerdotes, en las religiosas y religiosos, porque el peso del ministerio y el cansancio interior que ello implica, hoy se han convertido, en ciertos casos, incluso más pesados que en el pasado.

Nápoles es una ciudad de mil colores, en la cual la cultura y las tradiciones del pasado se mezclan con la modernidad y las innovaciones; es una ciudad en la cual una religiosidad popular espontánea y efervescente se entrelaza con numerosas fragilidades sociales y con los múltiples rostros de la pobreza; es una ciudad antigua, pero en continuo movimiento, habitada por mucha belleza y al mismo tiempo marcada por muchos sufrimientos e incluso ensangrentada por la violencia.

En este contexto, la acción pastoral está llamada a una continua encarnación del mensaje evangélico, para que la fe cristiana profesada y celebrada no se limite a algún evento emotivo, sino que penetre profundamente en el tejido de la vida y la sociedad. El peso, sin embargo, sobre todo para los presbíteros, es grande. Pienso en el cansancio de escuchar las historias que se les entregan, de interceptar las más ocultas que necesitan salir a la luz, de perseverar en el compromiso de un anuncio evangélico que pueda ofrecer horizontes de esperanza y animar la opción por el bien; pienso en las familias cansadas y a los jóvenes a menudo desorientados que les proponen acompañar, y en todas las necesidades, humanas, materiales y espirituales, que los pobres les encomiendan al tocar a las puertas de sus parroquias y asociaciones. A ellos se agrega, a menudo, un sentido de impotencia y desorientación cuando constatamos que nuestros lenguajes y nuestro actuar parecen no ser adecuados a las nuevas demandas y desafíos de hoy, especialmente de los más jóvenes. La carga humana y pastoral es ciertamente alta, corre el riesgo de hacerse pesada, de desgastarse, de agotar nuestras energías, y a veces puede ser agravado todavía más por una cierta soledad y por el sentido de aislamiento pastoral.

Por eso necesitamos cuidado. Ante todo, el cuidado de la vida interior y espiritual, alimentando constantemente nuestra relación personal con el Señor en la oración y cultivando la capacidad de escuchar lo que se agita dentro de nosotros, para hacer discernimiento y dejarnos iluminar por el Espíritu. Esto requiere también la valentía de saber detenernos, de no tener miedo de interrogar al evangelio acerca de la situaciones personales y pastorales que vivimos, para no reducir el ministerio a una función que hay que desarrollar.

El cuidado de nuestro ministerio, sin embargo, pasa también a través de la fraternidad y la comunión. Una fraternidad enraizada en Dios, que se expresa en la amistad y en el acompañamiento mutuo, así como en el compartir de proyectos e iniciativas pastorales. Esta debe ser considerada «como elemento constitutivo de la identidad de los ministros, no sólo como un ideal o un eslogan» (Carta ap. Una fidelidad que genera futuro, 16). Al mismo tiempo, precisamente porque hoy estamos más expuestos a las derivaciones de la soledad viviendo en un ambiente cultural más complejo y fragmentado, la fraternidad pide ser cultivada y promovida, quizás incluso con nuevas «formas posibles de vida común» (ibid., 17), en las cuales los presbíteros puedan ayudarse mutuamente y elaborar juntos la acción pastoral. Se trata no sólo de participar en algún encuentro o evento, sino de trabajar para vencer la tentación del individualismo. Pensémonos los sacerdotes y los religiosos juntos. Ejercitémonos en el arte de la proximidad.

El Papa Francisco afirmó que a un cierto individualismo difundido en nuestras Diócesis «debemos reaccionar con la elección de la fraternidad». Y agregaba: «esta comunión requiere ser vivida buscando formas concretas adecuadas a los tiempos y la realidad del territorio, pero siempre en perspectiva apostólica, con estilo misionero, con fraternidad y sencillez de vida» (Encuentro con los sacerdotes diocesanos, Cassano all’Jonio, 21 de junio 2014).

No olvidemos, además, que esta exigencia de comunión nos corresponde en primer lugar como bautizados, llamados a formar la única Iglesia de Cristo. Ésta, por ello, debe buscarse, impulsarse y vivirse en todas nuestras relaciones humanas y pastorales, en las cuales un papel de primerísima importancia es el de los laicos y los agentes pastorales. El caminar juntos siguiendo al señor y llevar adelante la misión evangelizadora valorando los distintos carismas y ministerios responde a la identidad misma de la Iglesia: la iglesia es misterio de comunión y cada uno, a partir del Bautismo, está llamado a ser una piedra viva del edificio, un apóstol del Evangelio, un testigo del Reino.

Al respecto, sé que han vivido un tiempo de gracia al celebrar el Sínodo diocesano. Ha sido un proceso que ha vuelto a poner en movimiento a toda la comunidad eclesial, llamándola a interrogarse sobre su propia forma de ser y anunciar el Evangelio en esta tierra. Quisiera invitarlos a custodiar y a hacer suyo, sobre todo, el método del Sínodo: un ejercicio de escuchar recíproca, un involucrarse que no excluye a nadie, una sinergia humana, pastoral y espiritual entre parroquias, realidades asociativas, consagrados y laicos, buscando la voz también a quien normalmente se queda en los márgenes. Se escucha ha hecho emerger con claridad las expectativas, las heridas y esperanzas, restituyéndoles la imagen de una Iglesia llamada a salir de sí misma, convertir su propio estilo, a encarnarse entre la gente como luz de esperanza.

Lo que les pido entonces, es esto: escúchense, caminen juntos, creen una sinfonía de carismas y ministerios, y así encontrarán la forma para pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera, capaz de encontrarse con la vida concreta de las personas.

Es una misión que requiere la aportación de todos. En una ciudad marcada por desigualdades, desempleo juvenil, deserción escolar y fragilidad familiar, el anuncio del Evangelio no puede prescindir de una presencia concreta y solidaria, que involucra a todos y a cada uno, sacerdotes, religiosos, laicos. Todos son sujetos activos de la pastoral y de la vida de la Iglesia y no sólo colaboradores, para que el compromiso y el testimonio de cada uno puedan generar una comunidad presente y atenta, capaz de ser levadura en la masa. Una comunidad que sabe proyectar y proponer caminos que ayuden a las personas a vivir la experiencia del Evangelio y a recibir sus impulsos para renovar a la ciudad de Nápoles.

Muy queridos hermanos y hermanas, conozco el especial vínculo que nos une con su patrono San Genaro; pero la gracia de Dios ha sido con ustedes tan generosa que ha suscitado muchas otras figuras de santos y santas durante su historia. Los encomiendo a ellos y a la intercesión de María, Virgen Asunta y Madre preocupada. Y no lo olviden: están dentro de una historia de amor – la del Señor por su pueblo –que inició antes que ustedes y no termina con ustedes; están dentro como teselas únicas y necesarias; están dentro para que, también en las densas tramas de la oscuridad, ustedes puedan encender una luz.

No tengan miedo, no se desanimen y sean, para esta Iglesia y esta ciudad, testigos de Cristo y sembradores de futuro.

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