CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA RENOVACIÓN DE LA LITURGIA COMO EXPRESIÓN DE UNA IGLESIA VIVA (27/05/2026)
Los documentos del Concilio Vaticano II.
III. Constitución Sacrosanctum Concilium. 2. La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:
En la Encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia es un organismo vivo, y por ello, también en lo que se refiere a la sagrada liturgia, sin afectar la integridad de su enseñanza, crece y se desarrolla, adaptándose y conformándose a las circunstancias y exigencias que ocurren en el tiempo» (I, V).
En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) reconoce como «su deber interesarse de manera especial también en la reforma y la promoción de la liturgia» (n. 1). La asamblea conciliar se había reunido, de hecho, con el objetivo «de hacer crecer cada vez más la vida cristiana entre los fieles, adaptar mejor a las exigencias de nuestro tiempo aquellas instituciones que están sujetas a cambios, favorecer todo aquello que puede contribuir a la unión de todos los creyentes en Cristo y fortalecer lo que es útil para llamar a todos al seno de la Iglesia» (ibid.).
En ese momento histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las cuales por siglos la Iglesia había realizado la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al Movimiento litúrgico había madurado la convicción, expresada posteriormente por San Juan Pablo II, de que «existe un vínculo muy estrecho y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia y de la liturgia toma las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13).
Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, entonces, con una fórmula muy eficaz la dirección que hay que seguir: «conservar la sana tradición y abrir a un legítimo progreso» (SC, 23).
El Papa Benedicto XVI captó en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro», notando cómo «no pocas veces se contrapone torpemente tradición y progreso», mientras que, «en realidad, los dos conceptos se integran: la tradición incluye ella misma, de alguna forma, al progreso. Como para decir que el río de la tradición lleva en sí mismo también su fuente y tiende hacia su desembocadura» (Discurso a los participantes en el Congreso en el 50º aniversario de fundación del Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, 6 de mayo 2011).
El Concilio afirma la legitimidad de dicho progreso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte inmutable, porque es de institución divina», de «partes susceptibles de cambio, que al paso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se hubieran insinuado elementos menos sensibles a la íntima naturaleza de la misma liturgia, o si se hubieran vuelto menos oportunos» (SC 21). Cambios de este género han ocurrido constantemente a lo largo de los siglos con el fin de permitir a los fieles una participación fructífera, por medio de las acciones rituales, en el misterio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia se ha, entonces, “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso transformarlas. La liturgia ha sido así, por siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica dirigida a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.
Se comprende, entonces, por qué los Padres conciliares hayan recomendado que la revisión de los ritos, cuando corresponde a «una verdadera y probada utilidad de la Iglesia», se realice siempre «con la advertencia de que las nuevas formas de alguna forma surgen orgánicamente de las ya existentes» (SC 23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe estar siempre «precedida por una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.). El Magisterio conciliar, de esta forma, invita a evitar la desorientación de los fieles, disuadiendo a cualquier persona de agregar o eliminar o modificar cualquier cosa, en materia litúrgica, por su propia iniciativa (cf. SC 22). El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete, de hecho, la comunión eclesial: intenta, más bien, confirmarla y favorecerla.
Exhorto, por tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto a los textos y los ordenamientos de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y confianza en Dios, manifestando humildad ante su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial.

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