QUE SE DETENGA EL QUE MATA Y QUIERE AL MUNDO DE RODILLAS: REFLEXIÓN DE LEÓN XIV EN LA ORACIÓN POR LA PAZ (11/04/2026)

Este 11 de abril por la tarde, el Papa León XIV encabezó la Vigilia de Oración por la Paz en la Basílica de San Pedro, junto a miles de fieles y peregrinos presentes en la Basílica Vaticana. Hay que ponerse de rodillas para encontrar en la oración, “una chispa de fe” y no rendirse al aparente “destino ya escrito” de los sepulcros que no son suficientes para contener los cuerpos aniquilados “sin derechos y sin piedad”. Pretender, en cambio, poner de rodillas a los demás, ciegos por el “delirio de omnipotencia”, por la banalización del mal y por las ganancias injustas, hasta arrastrar “incluso en los discursos de muerte el Nombre santo de Dios”, no es lo correcto. Este fue el centro de la reflexión disruptiva y sentida del Papa al final de la Oración por la Paz, cuyo texto completo compartimos a continuación, traducido del italiano, seguido de su oración final:

Queridos hermanos y hermanas:

Su oración es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17, 20). Gracias por haber aceptado esta invitación, reuniéndose aquí, junto a la tumba de San Pedro y en muchos otros lugares del mundo para invocar la paz. La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una chispa de fe, muy queridos todos, para enfrentar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. La oración, de hecho, no es refugio para sustraerse a nuestras responsabilidades, no es un anestésico para evitar el dolor que tanta injusticia desencadena. Es, en cambio, la más gratuita, universal y disruptiva respuesta a la muerte: somos un pueblo que ya resurge. En cada uno de nosotros, en cada ser humano, el Maestro interior enseña, de hecho, la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Levantemos entonces la mirada! ¡Levantémonos desde los escombros! Nada puede cerrarse en un destino ya escrito, mucho menos en este mundo en el cual parecen no ser suficientes los sepulcros, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derechos y sin piedad.

San Juan Pablo II, incansable testigo de paz, con conmoción dijo en el contexto de la crisis de Irak en 2003: «Yo pertenezco a esa generación que vivió la Segunda Guerra Mundial y la sobrevivió. Tengo el deber de decir a todos los jóvenes, a aquellos más jóvenes que yo, que no tuvieron esta experiencia: “¡Nunca más la guerra!”, como dijo Pablo VI en su primera visita a las Naciones Unidas. ¡Debemos hacer todo lo posible! Sabemos bien que no es posible la paz a cualquier costo. Pero sabemos todos qué grande es esta responsabilidad» (Ángelus, 16 de marzo 2003). Hago mío esta tarde su llamado, tan actual.

La oración nos educa para actuar. Las limitadas posibilidades humanas se conjugan en la oración con las infinitas posibilidades de Dios. Que pensamientos, palabras y obras rompan, entonces, la demoniaca cadena del mal y se pongan al servicio del Reino de Dios: un Reino en el cual no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni injustas ganancias, sino sólo dignidad, comprensión, perdón. Tenemos aquí una barrera a ese delirio de omnipotencia que a nuestro alrededor se hace cada vez más imprevisible y agresivo. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Se arrastra en los discursos de muerte incluso el Nombre santo de Dios, el Dios de la vida. Desaparece entonces un mundo de hermanos y hermanas con un solo Padre en los cielos y, como en una pesadilla nocturna, la realidad se puebla de enemigos. Por todos lados se advierten amenazas, en lugar de llamadas a la escucha y al encuentro. Hermanos y hermanas, quien hace oración tiene conciencia de sus propios límites, no mata y no amenaza con la muerte. En cambio, de la muerte es esclavo quien ha volteado la espalda al Dios vivo, para hacer de sí mismo y de su poder el ídolo mudo, ciego y sordo (cf. Sal 115, 4-8), al cual sacrificar todos los valores y pretender que el mundo entero se ponga de rodillas.

¡Basta de la idolatría a sí mismos y al dinero! ¡Basta de la exhibición de la fuerza! ¡Basta de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta al servir a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica escribió: «De la paz todos obtienen beneficios: individuos, familias, pueblos, toda la familia humana». Y repitiendo las palabras lapidarias de Pío XII agregaba: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra» (Carta Enc. Pacem in terris, 62).

Unámonos, entonces, con las energías morales y espirituales de millones, de miles de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños dejados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños de las zonas de conflicto: al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la falta de humanidad de acciones que algunos adultos presumen con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos hermanos y hermanas, es verdad que existen inderogables responsabilidades de los gobernantes de las naciones. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es el tiempo de la paz! ¡Siéntense en las mesas de diálogo y mediación, no en mesas donde se planifica el rearme y se deliberan acciones de muerte! Existe, sin embargo, no de menor tamaño, la responsabilidad de todos nosotros, hombres y mujeres de muchos países distintos: una inmensa multitud que repudia la guerra, con hechos, no sólo con palabras. La oración nos compromete a convertir lo que queda de violento en nuestros corazones y nuestras mentes: convirtámonos hacia un Reino de paz que se edifica día tras día, en las casas, en las escuelas, en los barrios, en las comunidades civiles y religiosas, robándole terreno a la polémica y a la resignación con la amistad y la cultura del encuentro. Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y pongámonos en juego en primera persona, cada uno respondiendo a su vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!

El Rosario, como otras muy antiguas formas de oración, nos ha unido esta tarde en su ritmo regular, organizado por la repetición: la paz se abre espacio así, palabra tras palabra, gesto tras gesto, como una roca se excava gota a gota, como en el telar el tejido avanza movimiento tras movimiento. Son los tiempos largos de la vida, signo de la paciencia de Dios. Necesitamos no dejarnos arrastrar por la aceleración de un mundo que no sabe lo que persigue, para volver a servir al ritmo de la vida, a la armonía de la creación y a curar sus heridas. Como nos enseñó el Papa Francisco, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a iniciar procesos de curación y de renovado encuentro con ingenio y audacia» (Crta Enc. Fratelli tutti, 225). Existe, de hecho, «una “arquitectura” de la paz, en la cual intervienen las distintas instituciones de la sociedad, cada una según su propia competencia, pero existe también un “artesanado” de la paz que nos involucra» (ibid., 231).

Queridos hermanos y hermanas, volvamos a casa con este compromiso de orar siempre, sin cansarnos, y de profunda conversión del corazón. La Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin dudas, incluso cuando el rechazo a la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa para obedecer a Dios más que a los hombres, especialmente cuando se trata de la infinita dignidad de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones al derecho internacional. «En todo el mundo es deseable que toda comunidad se convierta en una “casa de la paz”, en donde se aprende a desactivar la hostilidad a través del diálogo, en donde se practica la justicia y se custodia el perdón. Hoy más que nunca, de hecho, es necesario mostrar que la paz no es una utopía» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero 2026).

Hermanos y hermanas de todas las lenguas, pueblos y naciones: somos una única familia que llora, que espera y se levanta. «Nunca más la guerra, aventura sin retorno, nunca más la guerra, espiral de luto y de violencia» (S. Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 de febrero 1991).

Muy queridos todos, que la paz esté con todos ustedes. Es la paz de Cristo resucitado, fruto de su sacrificio de amor en la cruz. Por eso, a Él le dirigimos nuestra súplica:

Señor Jesús,
tu venciste a la muerte sin armas ni violencia:
disolviste su poder con la fuerza de la paz.
Danos tu paz,
como a las mujeres con incertidumbre en la mañana de Pascua,
como a los discípulos escondidos y asustados.
Envía tu Espíritu,
soplo que da vida, que reconcilia,
que hace hermanos y hermanas a los adversarios y los enemigos.
Inspíranos la confianza de María, tu madre,
que con el corazón desgarrado estaba bajo tu cruz,
firme en la fe de que resucitarías.
Que la locura de la guerra tenga fin
y que la Tierra sea curada y cultivada porque quienes todavía
saben generar, saben custodiar, saben amar la vida.
¡Escúchanos, Señor de la vida!

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