BUSCAR LA UNIDAD, NO EL CONFLICTO QUE LLEVA A LA DESTRUCCIÓN: PALABRAS DE LEÓN XIV A MIEMBROS DEL PARTIDO POPULAR EUROPEO (25/04/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz sea con ustedes,
Distinguidos parlamentarios, señoras y señores:
Les doy a todos una cálida bienvenida a nuestro encuentro. De una manera especial, saludo a su Presidente, el señor Manfred Weber y la señora Mairead McGuinness, la Enviada Especial de la UE responsable de promover la libertad de religión o creencias fuera de la Unión Europea.
Nuestro encuentro se celebra como seguimiento a los que se tuvieron lugar con mis predecesores, San Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI, así como el mensaje que el Papa Francisco les envió en junio de 2023, cuando no pudo recibirlos personalmente por su hospitalización. Por ello, me complace continuar este diálogo con el Partido Popular Europeo, que toma su inspiración política de figuras como Adenauer, De Gasperi y Schuman, ampliamente considerados los padres fundadores de la Europa moderna.
Como Benedicto XVI hace veinte años, yo también “aprecio el reconocimiento que hace su Grupo de la herencia cristiana de Europa”. [1] El proyecto europeo, que surgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, nace sin duda de una necesidad práctica – evitar que se repitiera dicho conflicto –, pero está igualmente impregnado de un horizonte ideal, es decir, de la voluntad de dar vida a una cooperación que pusiera fin a siglos de divisiones y permitiera a los pueblos del continente redescubrir el patrimonio humano, cultural y religioso que los une. Los Padres fundadores se inspiraron en su fe personal y consideraban los principios cristianos como un factor común y unificador, que podía contribuir a archivar al espíritu revanchista y conflictivo que había conducido a la Segunda Guerra Mundial.
El Papa Francisco acuñó una hermosa y sencilla expresión que resume esta idea: «la unidad es superior al conflicto», [2] ya que la búsqueda de la unidad tiene el valor de ir más allá de la superficie del conflicto y apreciar a los demás en su más profunda dignidad, [3] permitiendo así dar vida a algo nuevo y constructivo, mientras que el conflicto exalta las diferencias, la búsqueda y afirmación del poder y conduce a la destrucción.
La tarea principal de cualquier acción política es ofrecer un horizonte ideal, ya que la política requiere una visión amplia del futuro sin el temor, cuando es necesario para el bien común, de tomar decisiones difíciles e incluso impopulares. En este sentido, ésta es la «forma más elevada de caridad», [4] porque puede estar completamente dedicada a la construcción del bien común.
Perseguir un ideal no significa, sin embargo, exaltar una ideología. Esta última, de hecho, es siempre el fruto de una mistificación de la realidad y de una violencia sobre ella. Cada ideología distorsiona las ideas y subyuga al hombre a su propio proyecto, mortificando sus verdaderas aspiraciones, su deseo de libertad, de felicidad y de bienestar personal y social. La Europa contemporánea surge precisamente de constatar el fracaso de los proyectos ideológicos que la habían destruido y dividido.
Perseguir un ideal quiere decir, recordando a De Gasperi, colocar a la persona humana en el centro, «con su fermento de fraternidad evangélica, con su culto por el derecho heredado de los antiguos, con su culto por la belleza refinado a lo largo de los siglos, con su voluntad de verdad y justicia, agudizada por una experiencia milenaria». [5]
Este es el horizonte dentro del cual aún hoy se puede hacer política y al que es necesario reconducir la actividad política. Ustedes se llaman Partido Popular Europeo. El pueblo es el centro de su compromiso y no pueden prescindir de ello. El pueblo no es solamente un sujeto pasivo, destinatario de propuestas y decisiones políticas. Está, sobre todo, llamado a ser sujeto activo, copartícipe de cada acción política. La presencia entre la gente e involucrarlos en el proceso político es el mejor antídoto contra los populismos, que sólo buscan una aprobación fácil, y contra los elitismos, que tienden a actuar sin consenso: dos tendencias generalizadas en el panorama político actual. Una política “popular” requiere tiempo, proyectos compartidos y amor a la verdad.
Uno de los problemas de la política en los últimos años es la constante disminución de sintonía, colaboración y compromiso mutuo entre el pueblo y sus representantes. Es necesario recrear un tejido de “pueblo”, un contacto personal entre el ciudadano y el diputado, para poder responder eficazmente a la luz del horizonte ideal, a los problemas concretos de las personas. Recurriendo a una metáfora podríamos decir que en la era del “triunfo digital”, la acción política auténticamente orientada al bien común requiere un retorno a lo “analógico”.
Quizá este es el verdadero antídoto contra una política que a menudo grita, hecha sólo de eslóganes, incapaz de responder a las necesidades reales de las personas. Para vencer cierta desafección con la política, es necesario reconquistar a las personas yendo a buscarlas personalmente y reconstruyendo una red de relaciones en el territorio, de manera que todos se puedan sentir parte de una comunidad y partícipes de su destino.
¿Qué significa concretamente esto para quienes basan sus acciones en valores cristiano-demócratas? Ante todo, redescubrir y hacer propia la herencia cristiana de la que provienen, si que ello provoque disminuir «la necesaria línea de demarcación entre el testimonio religioso de naturaleza profética – reservado a la comunidad eclesial – y el testimonio cristiano que actúa en el plano de opciones políticas concretas». [6] Ser cristianos en política no significa ser confesionales; sino dejar que el Evangelio ilumine las decisiones que deben tomarse, incluso aquellas que no parecen obtener un consenso fácil. Significa trabajar para que no disminuya el nexo entre ley natural y ley positiva, entre raíces cristianas y acción política.
Ser cristianos comprometidos en política requiere tener una mirada realista, que parta de los problemas concretos de las personas, que, ante todo, se preocupe por favorecer condiciones dignas de trabajo que fomenten el ingenio y la creatividad de las personas frente a un mercado cada vez más deshumanizante e insatisfactorio; que permita a las personas vencer el miedo, aparentemente muy europeo, de constituir una familia y de tener hijos; de enfrentar las causas profundas de la migración, teniendo cuidado de los que sufren, pero también teniendo en cuenta las verdaderas capacidades para acoger e integrar a los migrantes en la sociedad. Asimismo, requiere afrontar de manera no ideológica los grandes desafíos que se plantean en nuestros días, como el cuidado de la creación y la inteligencia artificial. Esta última ofrece grandes oportunidades, pero al mismo tiempo está llena de peligros.
Ser cristianos comprometidos en política significa invertir en la libertad, no una libertad banalizada reducida a placer, sino en una libertad anclada en la verdad, que proteja la libertad religiosa, de pensamiento y de conciencia en todos los lugares y condiciones humana, evitando alimentar «un “cortocircuito” de los derechos humanos» [7] que acaba por dejar espacio a la fuerza y la opresión.
Les dejo estos breves apuntes, con la esperanza de que puedan constituir una base de reflexión para su compromiso y, al formular mis mejores deseos para su servicio a los pueblos europeos, con gusto les imparto la Bendición Apostólica.
Gracias.
[1] Benedicto XVI, Discurso a los miembros del Partido Popular Europeo con motivo de las Jornadas de Estudio sobre Europa (30 de marzo de 2006), AAS 98 (2006), 344.
[2] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 228: AAS 105 (2013), 1113.
[3] cf. ibid.
[4] Pío XI, Audiencia con los Líderes de la Federación Universitaria Católica (18 de diciembre de 1927).
[5] A. De Gasperi, Nuestra Patria, Europa. Discurso a la Conferencia Parlamentaria Europea, 21 de abril de 1954 en: Alcide De Gasperi e la política internazionale, Roma 1990, vol. III, 437-440.
[6] cf. Marialuisa L. Sergio en: Alcide De Gasperi, Diario 1930-1943, Bolonia 2018, 24.
[7] Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático Acreditados ante la Santa Sede (9 de enero de 2026).

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