EN TIEMPOS DE GUERRA, EL DEPORTE PROMUEVE LA LÓGICA DEL ENCUENTRO: PALABRAS DE LEÓN XIV A ATLETAS OLÍMPICOS Y PARALÍMPICOS (09/04/2026)
Eminencia, Excelencias, señor Ministro, representantes del deporte italiano, queridos atletas y queridas atletas:
Los recibo con alegría, poco después de la conclusión de los Juegos de Invierno de Milán-Cortina, que han difundido al mundo, junto con competiciones del más alto nivel, también un noble mensaje humano, cultural y espiritual.
Expreso gratitud al Dicasterio para la Cultura y la Educación, que, junto con Athletica Vaticana, se ha encargado de la preparación de este nuestro encuentro. Agradezco por sus palabras al Presidente Luciano Buonfiglio, del Comité Olímpico Nacional Italiano (CONI), y al Presidente Marco Giunio De Sanctis, del Comité Italiano Paralímpico (CIP).
Deseo incluir en este agradecimiento a todos ustedes: gracias por aquello de lo que han dado testimonio. En verdad, el deporte, cuando se vive de manera auténtica, no es sólo una actuación: es una forma de lenguaje, un relato hecho de gestos, de esfuerzo, de expectativas, de caídas y de nuevos comienzos. Durante los Juegos hemos visto no sólo cuerpos en movimiento, sino historias: historias de sacrificio, de disciplina, de tenacidad. De manera particular, en las competiciones paralímpicas observamos cómo el límite puede convertirse en lugar de revelación: no algo que obstaculiza a la persona, sino que puede ser transformado, incluso transfigurado en cualidad renovada. Ustedes, los atletas, se han convertido en biografías que inspiran a muchísimas personas.
En segundo lugar, su espíritu de equipo nos recuerda que nadie gana solo, porque detrás de cada victoria muchos están involucrados, desde la familia hasta los equipos, además de muchos días de entrenamiento, de presión y de soledad. A menudo es precisamente en estos momentos cuando Dios se revela, como canta el salmista: «Allanaste el camino a mis pasos, mis pies no vacilaron» (Sal 17, 37).
El deporte, de hecho, contribuye a la maduración de nuestro carácter, requiere una espiritualidad firme y es una forma fecunda de educación. Del deporte se aprende a conocer el propio cuerpo sin idolatrarlo, a controlar las emociones, a competir sin perder el sentido de la fraternidad, a aceptar la derrota sin desesperación y la victoria sin arrogancia.
Al entrenar la mente, junto con los miembros, el deporte es auténtico cuando se mantiene humano, es decir, cuando permanece fiel a su primera vocación: ser escuela de vida y de talento. Una escuela en la cual se aprende que el verdadero éxito se mide por la calidad de las relaciones: no por acumular premios, sino por la estima recíproca, por la alegría compartida en el juego.
Esta es la «vida en abundancia» (cf. Jn 10, 10) de la que habla el Evangelio: una vida llena de sentido, una vida en la cual corporeidad e interioridad encuentran armonía. He aquí la razón de la elección de esta expresión evangélica como título de la Carta que escribí precisamente con motivo del inicio de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos (cf. La vida en abundancia, 6 de febrero 2026).
En el tiempo actual, tan marcado por polarizaciones, rivalidades y conflictos que desembocan en guerras devastadoras, su compromiso asume un valor aún mayor: ¡el deporte puede y debe convertirse verdaderamente en un espacio de encuentro! No una exhibición de fuerza, sino un ejercicio de relación. He querido recordar, con motivo de estos Juegos, el valor de la tregua olímpica. Ustedes, con su presencia, han hecho visible esta posibilidad de paz como una profecía que no es en absoluto, retórica: romper la lógica de la violencia para promover la del encuentro.
Al mismo tiempo, sabemos bien que el deporte lleva consigo también tentaciones: la del rendimiento a toda costa, que puede conducir hasta el dopaje. La del lucro, que transforma el juego en mercado y al deportista en un divo. La de la espectacularización, que reduce al atleta a una imagen o a un número. Contra estas derivaciones, su testimonio es esencial.
Queridos atletas, ustedes han sido testigos de una forma honesta y hermosa de habitar el mundo. Llevan la idea de que se puede competir sin odiarse. De que se puede ganar sin humillar. De que se puede perder sin perderse a sí mismos. Y esto vale también más allá del deporte. Es válido en la vida social, en la política, en las relaciones entre los pueblos. Porque el deporte, si se vive bien, se convierte en un laboratorio de humanidad reconciliada, donde la diversidad no es una amenaza, sino una riqueza. En una época de grandes desafíos climáticos, estos Juegos nos recuerdan también el vínculo entre el deporte y la naturaleza y nuestro deber de cuidar la casa común (cf. Francisco, Carta enc. Laudato si’, 3).
Hoy, en esta Sala, miramos la Cruz de los Deportistas – la Cruz olímpica y paralímpica – que, desde los Juegos de Londres 2012 hasta los de Milán-Cortina, recoge oraciones, expectativas y las esperanzas, temores y sufrimientos de las mujeres y los hombres que, a cualquier edad, comparten sus experiencias deportivas. Ante este supremo y esencial signo de dedicación, renovemos el deseo de dar lo mejor de nosotros mismos, juntos, en cada actividad.
Queridos atletas, les agradezco a todos ustedes por su compromiso. Pido para que Jesucristo, el «verdadero atleta de Dios» (cf. San Juan Pablo II, Homilía en el Jubileo de los deportistas, 29 de octubre 2000, 4), inspire a cada uno de ustedes desafíos cada vez más virtuosos y les conceda la fuerza para vivirlos con pasión. Mientras los acompaño con mi bendición, les encomiendo una misión: sigan actuando para que la persona permanezca en el centro del deporte en todas sus expresiones (cf. Carta La vida en abundancia).
¡Muy bien! ¡Felicitaciones a todos ustedes y bienvenidos!

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