CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA SANTIDAD NO ES UN PRIVILEGIO PARA POCOS, COMPROMETE A TODO BAUTIZADO (08/04/2026)
Los documentos del Concilio Vaticano II.
II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:
La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la cual todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «regula todos los medios de santificación, les da forma y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disponibilidad para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan signos de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.
Todos los Sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia General del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por la cual la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rom 8, 29; LG, 40).
La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que hay que recibir en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8). La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos entrega una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.
En esta perspectiva, un papel decisivo es asumido por la vida consagrada, de la cual la Constitución conciliar trata en el capítulo sexto (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, ésta constituye un signo profético del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, signos del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena confianza en la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la sospecha y del predominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.
Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: es precisamente a partir del sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados. Contemplando este acontecimiento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en camino de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos fortalece así en cada prueba, señalándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.

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