QUE CRISTO, NUESTRA PASCUA, NOS BENDIGA Y CONCEDA SU PAZ AL MUNDO ENTERO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN (05/04/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
La creación entera resplandece hoy con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza, exulta de alegría nuestro corazón: ¡Cristo ha resucitado de la muerte y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!
Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no falla, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!
Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta trabajo aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.
Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que lidiar con nuestra debilidad, con el sufrimiento, con el cansancio de cada día, entonces nos parece haber terminado en un túnel del que no vemos la salida.
Pero también fuera de nosotros, la muerte está siempre al acecho. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, por la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, por la violencia de la guerra que mata y destruye.
En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ésta sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María de Magdala y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de fisuras de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.
Nos lo recordaba con palabras sentidas el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; contiene una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza sin igual. Es verdad que muchas veces parece que Dios no existe: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no disminuyen. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).
Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20, 1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.
La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo Adversario.
Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, los que debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María de Magdala, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que donde quiera que aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.
Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

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