EN UN MUNDO EN GUERRA, APRENDAMOS DE CRISTO A NO DEVOLVER EL MAL RECIBIDO: HOMILÍA DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA EN LA CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (03/04/2026)
Hermanos y hermanas:
En este día santo, la Liturgia nos hace contemplar la Pasión del Señor. Acabamos de escucharla en el canto.
Frente a este misterio de muerte y de gloria es natural para nosotros recogernos en silencio y en oración. La cruz de Cristo, sin embargo, corre el riesgo de permanecer incomprensible, si la miramos solamente como un hecho aislado, como un evento imprevisto. En realidad, es el punto más alto de un camino, el cumplimiento de toda una vida en la cual Jesús aprendió a escuchar y acoger la voz del Padre, dejándose guiar día tras día al amor más grande. Para comprender este camino, en los días de la Semana Santa, la liturgia nos ha hecho escuchar los así llamados “Cantos del Siervo del Señor”. Son textos poéticos en los cuales el profeta Isaías había trazado la figura de un misterioso siervo, a través del cual Dios sería capaz de salvar al mundo del mal y del pecado. La tradición cristiana reconoció en estos cantos una prefiguración sorprendente y dramática de los pasos que Jesús realizó, identificándose como ese hombre del dolor que conoce bien los sufrimientos, que se ha anonadado a sí mismo hasta la muerte, tomando sobre sí el pecado de muchos.
En el primero de estos cantos, el Siervo es presentado como alguien que debe realizar una misión importante, hermosa: abrir los ojos de los ciegos, hacer salir de la cárcel a los prisioneros, de la reclusión a los que habitan en tinieblas. Es una tarea totalmente en el signo de la vida, dirigida a los que están en el sufrimiento, en la injusticia, en el pecado. Sin embargo, el Siervo tendrá que realizar esta misión de una forma muy precisa: no gritará ni alzará el tono de la voz, no hará escuchar en la plaza su voz, no romperá una caña inclinada, no apagará la mecha de una llama moribunda. Ninguna violencia, ningún recurso a la fuerza, ninguna tentación de destruir todo para comenzar de nuevo. El Siervo tendrá que buscar la vida en medio de las tinieblas del mal. Sabemos que no es fácil abrazar semejante misión. Todos somos tentados, siempre, continuamente, a usar un poco de agresividad, un poco de violencia, pensando que sin estos medios las cosas nunca se resuelven. El Siervo del Señor no puede ceder a este instinto, tendrá que custodiar la mansedumbre como única fuerza para enfrentar las tinieblas del mal.
En el segundo canto, sin embargo, algo se agrieta. Después de haber intentado realizar su misión, el Siervo se da cuenta de que, todo su intento por hacer el bien parece inútil. Dice: “por nada y en vano he consumido mis fuerzas”. El bien sembrado no parece germinar. Todo aparece detenido, bloqueado. Es una crisis que, tarde o temprano, llega a cualquiera que ha decidido seguir al Señor: la sensación de girar en círculos, de no llegar a ningún lado, de permanecer fieles a algo que no da fruto. En realidad, es sólo una impresión, porque con la palabra “en vano”, el profeta no dice que el Siervo ha actuado inútilmente, sino solamente que el fruto de su trabajo no puede comprobarlo. Entrando a las tinieblas, el Siervo ha entrado en un espacio en donde las cosas ya no se entienden con nuestros criterios, sino que siguen otro designio: ese, paradójico, que viene de Dios.
En el tercer canto, surge una nueva sorpresa. El Siervo se da cuenta de que precisamente aquellos a los que él quisiera ayudar, reaccionan con hostilidad, con rabia, incluso con violencia. Quien vive en las tinieblas, de hecho, no siempre acoge la luz. A veces la rechaza y busca detenerla, porque la luz no hace evidente sólo lo que es hermoso sino también lo que nosotros quisiéramos esconder: nuestras heridas, nuestras mentiras, nuestras ambigüedades. Y esto da miedo. El Siervo, sin embargo, no da marcha atrás. Continúa el camino señalado por el Señor sin rehuirlo. “Presenté mi espalda a los que me flagelaban, mis mejillas a los que me jalaban la barba, no retiré mi rostro a los insultos y los escupitajos”.
En el cuarto canto, el que hemos proclamado en esta Liturgia, ocurre algo desconcertante: la violencia que se abate sobre el Siervo es tan intensa que desfigura su rostro hasta hacerlo irreconocible. “No tiene apariencia ni belleza”. Sin embargo, es precisamente en este camino que el Siervo ha aprendido a no devolver el mal recibido. Cuando el mal nos golpea, nuestro instinto es siempre el de reaccionar, el de regresarlo, por lo menos ajustar las cuentas. El Siervo no se resigna a esta lógica: acoge todo sin devolver la violencia. El mal llega a él y ahí se queda. Por eso “cargaba el pecado de muchos e intercedía por los culpables”.
Hermanos y hermanas, el Señor Jesús no se limitó a escuchar estos cantos. Los interpretó, los vivió intensamente y con una plena confianza en la voluntad del Padre, hasta transformar su crucifixión en la salvación del mundo. Ese mundo que, frente al mal, conoce sólo dos caminos: rendirse o devolverlo, lo vemos continuamente: en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan todas nuestras relaciones. El mal sigue circulando porque encuentra siempre a alguien dispuesto a devolverlo y a multiplicarlo. Jesús rompió esta cadena no imponiéndose con una fuerza superior sino acogiendo lo que le sucedió y reconociendo en esos eventos dramáticos de su pasión, la partitura de los cantos de amor y de servicio que el Padre había encomendado a su vida. No siguió esta partitura de manera mecánica, la hizo suya traduciendo las palabras proféticas en gestos concretos, en perdón, en silencios llenos de compasión. Así, recorriendo el camino de la cruz, aprendió la obediencia más difícil: la del amor al otro, incluso cuando el otro se presenta como un enemigo.
Vivimos en un mundo en el cual la voz de Dios ya no orienta, como en un tiempo, el camino compartido de la humanidad. No porque la voz de Dios haya disminuido, sino porque a menudo es una voz entre muchas, cubierta por otras palabras que prometen seguridad, progreso, bienestar. Son éstas, hoy, las indicaciones que guían muchas decisiones y trazan la dirección de la vida común. Sin embargo, el mundo sigue siendo un lugar en el cual se sufre y se muere, a menudo sin culpa y sin razón. Las guerras no se detienen, las injusticias se multiplican, los más frágiles son los que por ello pagan el mayor precio. Es como si faltara una palabra, capaz de mantener unido el camino de la humanidad, un canto que sepa orientar nuestros pasos hacia un mundo más justo y fraterno.
Sin embargo, en este escenario si miramos con cuidado podemos descubrir algo sorprendente: una multitud silenciosa de personas que eligen escuchar una voz distinta. Algunos la reconocen claramente como la voluntad de Dios, otros la escuchan como un llamado profundo, irrenunciable, de la propia conciencia. Es una voz que no grita, que no se impone por la fuerza, que no promete atajos, es un canto discreto y obstinado que invita a amar, a permanecer, a nunca devolver el mal recibido. Algunos eligen escuchar este canto. Son hombres y mujeres, normales, que recorren, a veces sin siquiera saberlo, el mismo camino del Siervo del Señor. No realizan gestos extraordinarios, simplemente cada día se levantan e intentan hacer de su vida algo que no les sirva sólo a ellos, sino también a los demás. Cargan pesos que no han elegido, aceptan heridas sin endurecerse, no dejan de buscar el bien, aunque parezca inútil. No hacen ruido, no ocupan un escenario, pero mantienen abierta la puerta de un mundo distinto. Es gracias a ellos que el mal no tiene la última palabra y la historia no se está cerrando en la violencia. Esta multitud de personas da testimonio de que los cantos de ese Siervo en el cual Dios se complace siguen resonando en el corazón humano, esperando sólo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto significa cargar la cruz.
En pocos instantes, nosotros adoraremos la cruz del Señor con gestos, silencios, oraciones. Será una ocasión especial para reconocer el misterio de Dios y reconciliarnos con la cualidad débil y fuerte de su amor por todos. Si no queremos correr el riesgo de reducir esta Liturgia a un exterioridad formal, quizá podríamos decidir, al menos en nuestro corazón, deponer las armas que seguimos sosteniendo en las manos. Quizá no nos parecen tan peligrosas como aquellas de las que disponen los poderosos del mundo. Sin embargo, también ellas son instrumento de muerte, porque son suficientes para debilitar, para herir, para vaciar de sentido y de amor nuestras relaciones cotidianas. Ayer, como hoy, el mundo necesita ser salvado de la violencia del mal, de la injusticia que mata, de las divisiones que humillan. Pero esta salvación no caerá desde lo alto, ni podrá ser garantizada por decisiones políticas, económicas o militares. El mundo es continuamente salvado porque alguien está dispuesto a acoger los cantos del Siervo del Señor como forma de su vida. Esto es lo que hizo el Señor Jesús: tomó en serio la voluntad del Padre, acogiéndola como una partitura que hay que ejecutar hasta el final, con fuertes gritos y lágrimas. Por eso en el momento decisivo en que fue arrestado pudo declarar: “Soy yo”. Para entrar libremente en su pasión de amor.
Hermanos y hermanas también a nosotros, en esta tarde, se nos entrega la partitura de la cruz. Podemos acogerla, libremente, si aceptamos que no hay ninguna circunstancia difícil, que no pueda ser enfrentada; no hay ningún culpable sobre el que haya que apuntar el dedo; no hay ningún enemigo que pueda impedirnos amar y servir. Estamos, en cambio, nosotros que, eligiendo no devolver el mal, mantenernos pacientes en las tribulaciones, creer en el bien, aunque las tinieblas parecen engullir todo, podemos convertirnos, día tras día, en esos siervos que el Señor necesita para traer salvación al mundo.
En un tiempo como el nuestro, tan lacerado todavía por el odio y la violencia, donde incluso el nombre de Dios es invocado para justificar guerras y decisiones de muerte, nosotros los cristianos estamos llamados a acercarnos sin miedo, más aún, con plena confianza a la cruz del Señor, sabiendo que ésta es un trono, sobre el cual se sienta y se aprende a reinar con Él, poniendo la vida al servicio de los demás. Si sabemos mantener firme la profesión de esta fe nuestra, también nuestros días sabrán dar voz a los cantos de la alegría y el sufrimiento, esa misteriosa partitura de la cruz en la que son reconocibles las notas del amor más grande.

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