SALGAN Y ENCUÉNTRENSE CON LA CULTURA, CON LA VIDA: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES (26/04/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Con este saludo me dirijo, en particular, a quienes fueron presentados ahora, que recibirán la ordenación presbiteral, a sus familiares, a los sacerdotes de Roma, muchos de los cuales recuerdan su ordenación en este cuarto domingo de Pascua, a todos los aquí presentes.
¡Este es un domingo lleno de vida! Aunque la muerte nos rodea, la promesa de Jesús ya se cumple: «Yo he venido para que tengan la vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). En la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos tanta generosidad y entusiasmo. Al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva. Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo – cada domingo – nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento, de la cerrazón para que nos reunamos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es guardián.
El servicio del sacerdote, sobre el cual la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. La “vida en abundancia”, de hecho, llega a nosotros en el personalísimo encuentro con la persona del Hijo, pero nos abre de inmediato los ojos a un pueblo de hermanos y hermanas que ya experimentan, o que todavía están buscando, el «poder de convertirse en hijos de Dios» (Jn 1, 12). Este es un primer secreto en la vida del sacerdote. Muy queridos ordenandos, entre más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición, entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble: lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a uno específico, delicado, difícil y, aún más, de dejarse amar, en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, más que buenos sacerdotes, también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social.
A este respecto, llama la atención, en el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10, 1-10), la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama, irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites, no vienen, dice Jesús, «sino para robar, matar y destruir» (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de entregar su vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no induce a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, muy queridos, comunique la paz de quien, aún entre los peligros, sabe por qué está seguro.
Hoy la necesidad de seguridad vuelve agresivos los ánimos, encierra en sí mismas a las comunidades, induce a buscar enemigos y chivos expiatorios. Hay a menudo miedo a nuestro alrededor y quizás dentro de nosotros. Que su seguridad no resida en el rol que tienen, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Es una salvación que ya actúa en tanto bien realizado silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y tiempos difíciles.
Las comunidades a las que serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a volverse santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas detrás de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares – jardines – de la vida que renace y se comunica. A menudo lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se frecuentarían nunca, acercar a los opuestos es un todo con la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia.
Significativa, en el Evangelio, es una imagen con la que Jesús, en cierto punto, Jesús comienza a hablar de sí mismo. Se estaba describiendo como el “pastor”, pero quienes lo escuchan parece que no lo entienden. Entonces, cambia la metáfora: «En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10, 7). En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por ella entraban en el templo ovejas y corderos, antes de sumergirse en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo.
«Yo soy la puerta», dice Jesús. El Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta – a menudo un auténtico portal – ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía un gran número de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos» (Jn 5, 3). Queridos ordenandos, siéntanse parte de esta humanidad que sufre, que espera la vida en abundancia. Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la suya. Con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un impedimento para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que querían entrar, se lo impidieron» (Lc 11, 52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía estar abierto a todos.
Hoy más que nunca, especialmente cuando los números parecen delinear una separación entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay más allá de ese umbral. Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; veces, sin embargo, hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y son para todos! Que sea este el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de demasiadas palabras.
Por otra parte, Jesús insiste y precisa: «Yo soy la puerta: si uno entra a través de mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará alimento» (Jn 10, 9). Él no sofoca nuestra libertad. Hay pertenencias que sofocan, compañías en las que es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos. Quien es salvado, dice Jesús, “entra, sale y encuentra alimento”. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento, en el grupo. Quien es salvado “sale y encuentra alimento”.
Muy queridos todos, salgan y encuéntrense con la cultura, con la gente, con la vida. Maravíllense por lo que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes – fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos – habitan praderas que deben conocer. A veces les parecerá que no tienen sus mapas. Los posee, sin embargo, el Buen Pastor, de quien hay que escuchar su voz, tan familiar. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más valioso que el de aquel que confía: «En verdes praderas me hace reposar, hacia aguas tranquilas me conduce. Refresca mi alma. Me guía por el sendero recto, por amor de su nombre» (Sal 23, 2-3). Su nombre es Jesús: “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Sí, bondad y fidelidad me acompañarán todos los días de mi vida» (Sal 23, 6). Hermanos, hermanas, queridos jóvenes: ¡que así sea!

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