CAMINAR JUNTO A LOS ENFERMOS Y LOS MIGRANTES SEGÚN EL ESTILO DE DIOS: MENSAJE DE LEÓN XIV A LA PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA (13/04/2026)

En un mensaje a la Pontificia Comisión Bíblica, con motivo de su Asamblea Plenaria que se titula “Una exégesis sensible al drama de los que sufren”, cuyos trabajos iniciaron este 13 de abril, el Papa León XIV los invitó a acoger a Cristo porque es el único “médico que puede sanar las enfermedades del alma”. Más adelante anima a los exegetas a conciliar “investigación científica” y “comunes experiencias de vida”. El sufrimiento de quien deja su casa en su propio país, desafía a la incertidumbre, muy a menudo arriesgando su propia vida, para buscar la oportunidad de una vida digna en otra parte; o la de quien vive cotidianamente en los márgenes, en las zonas de sombra de las periferias existenciales, es equiparable al sufrimiento de quien está enfermo, soporta padecimientos corporales o muere, dice el Santo Padre en su mensaje, cuyo texto publicamos a continuación, traducido del italiano:

Señor Cardenal Presidente, queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica:

Me alegra hacerme presente entre ustedes a través de este mensaje, al inicio de su anual Asamblea Plenaria. Se han reunido para profundizar en el tema del sufrimiento y la enfermedad: una experiencia que concierne a todos, a cada ser humano, marcado por la fragilidad, la enfermedad, la muerte. Nuestra naturaleza herida, de hecho, lleva inscrita en sí misma también la realidad del límite y la finitud.

¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la muerte? Ante estos interrogantes también los creyentes a veces vacilan, llegando a experimentar el desconcierto, incluso la desesperación y la rebelión contra Dios.

A la luz de la fe sabemos, en cambio, que el dolor y la enfermedad pueden hacer a la persona más sabia y madura, ayudando a discernir en la propia vida lo que no es esencial para dirigirse o volver al Señor. Tomamos esta visión de fe de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia: al respecto, los animo a unir, en su trabajo exegético, investigación científica y atención a las comunes experiencias de vida, de manera que iluminen incluso sus aspectos más difíciles con la sabiduría de la Palabra inspirada.

El evangelista Marcos refiere que un día Jesús, al ver a las multitudes desconcertadas y sufrientes, se conmovió por ellas, porque eran como ovejas sin pastor (cf. Mc 6, 34). Esta compasión de Jesús ante los necesitados y los enfermos vuelve a menudo en las páginas del Evangelio: el Señor tiene compasión de un leproso que le pide ser curado (cf. Mc 1, 40-41); tiene compasión de las multitudes hambrientas y agotadas e interviene en su favor (cf. Mc 8, 2); tiene compasión de dos ciegos que le piden recuperar la vista y los cura (cf. Mt 20, 34); es movido por una “gran compasión” por una madre viuda que está acompañando al sepulcro a su único hijo y lo resucita (cf. Lc 7, 13). La compasión de Cristo hacia todos los que sufren involucra de tal forma, que Él se identifica con ellos: «Estaba enfermo y me visitaron» (Mt 25, 36).

El mismo Jesús, que pasó entre la gente haciendo el bien a todos y curando todo tipo de enfermedades y padecimientos, ordenó a sus discípulos cuidar a los enfermos, imponerles las manos y bendecirlos en su nombre (cf. Mt 10, 8; Lc 10, 9). A través de la experiencia de la fragilidad y la enfermedad, también nosotros podemos y debemos aprender a caminar juntos, en la solidaridad humana y cristiana, según el estilo de Dios, que es compasión, cercanía, ternura, solidaridad.

Consolados por la fe en Cristo, podemos entonces vencer el miedo a la enfermedad y a la muerte precisamente tomando mayor conciencia de nuestra fragilidad a la luz de su pasión, muerte y resurrección. En Cristo, de hecho, el sufrimiento y la enfermedad ya no son el destino cruel ante el cual hay que rendirse sin comprender. Con Jesús, el dolor se transforma en amor, en rescate y en ayuda fraterna. Acojamos entonces a Cristo en nuestra vida: él es el único médico que puede sanar para siempre las enfermedades del alma.

Los invito a considerar, además de la enfermedad, el dolor físico y la muerte, también los sufrimientos de los pobres, de los migrantes, de los últimos de la sociedad, que están presentes en muchas páginas de la Sagrada Escritura.

Contemplemos en particular a la Virgen que sufre junto con Jesús, al pie de la Cruz: Ella, como Madre, padece en el Calvario los sufrimientos del Hijo si participa en ellos con corazón lleno de fe, ofreciendo su lacerante sufrimiento por el bien de todos. De esa forma, su intercesión adquiere para nosotros un valor único.

El ejemplo de la Madre, de hecho, invita a todo creyente, más allá de la oración por los hermanos, también a imitar la humilde ofrenda de sus dolores en unión con el Sacrificio de Cristo. En este sentido, cada uno puede decir con María: «Doy cumplimiento a aquello que, de los padecimientos de Cristo, falta en mi carne a favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Dicho cumplimiento es real en nosotros, aunque no agrega nada a la obra salvífica del único Redentor, que es perfecta, universal y sobreabundante. «el sufrimiento de Cristo creó el bien de la redención del mundo. Este bien en sí mismo es inagotable e infinito. Ningún hombre puede agregarle algo» [1]. Ese cumplimiento significa, ante todo, que cualquier persona que sufre se hace partícipe, es decir se involucra en esa obra y la expresa con las características únicas que surgen de su propia historia. Cristo, de hecho, «abrió su sufrimiento al hombre, porque Él mismo en su sufrimiento redentor se convirtió, en cierto sentido, en partícipe de todos los sufrimientos humanos […] enriquecidos por un nuevo contenido y un nuevo significado» [2].

El Cardenal Presidente me refirió que la Comisión Bíblica está analizando distintas figuras de personajes bíblicos sufrientes. Su conjunto se convertirá ciertamente en un bellísimo símbolo de esperanza para toda persona que une sus sufrimientos a Cristo crucificado, renovando la manifestación de su rostro de amor.

Muy queridos miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, les expreso a todos ustedes mi personal agradecimiento e impulso. Al desearles una fructífera continuación de sus labores, invoco la luz del Espíritu Santo y les imparto a todos la bendición apostólica.

Desde el Vaticano, 27 marzo 2026

León PP. XIV


[1] S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febbraio 1984), 24.

[2] ibid., 20.

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