NO NOS CANSEMOS DE TRABAJAR POR LA PAZ: PALABRAS DE LEÓN XIV EN EL ENCUENTRO POR LA PAZ EN BAMENDA, CAMERÚN (16/04/2026)

En su segundo día de visita a Camerún, el Papa León XIV encabezó, este 16 de abril, el Encuentro por la Paz en la Basílica de San José en Bamenda, Camerún, capital de la región anglófona del noroeste de Camerún que sufre desde hace casi una década la violencia relacionada con la «crisis anglófona», una crisis marcada por tensiones separatistas, violencia y desplazamientos. En el encuentro, que reunió a la comunidad católica de fieles laicos y consagrados, a jefes tradicionales, representantes de la Iglesia protestante y miembros de la comunidad islámica, el Santo Padre denunció la lógica de la violencia de “los señores de la guerra” que “fingen no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta una vida para reconstruir”. Reproducimos a continuación el texto de su discurso, traducido del inglés:

Hermanos y hermanos muy queridos:

Es una alegría para mí estar entre ustedes en esta martirizada región. Y como sus testimonios acaban de demostrar, todo el dolor que ha sacudido a su comunidad hace hoy más disruptiva la conciencia: ¡Dios nunca nos ha abandonado! ¡En Dios, en su paz, siempre podemos comenzar de nuevo!

Su Excelencia, el Arzobispo, recordaba la profecía que exclama: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!» (Is 52, 7). Saludaba así mi llegada entre ustedes, pero ahora quisiera responder: qué hermosos son también sus pies, llenos del polvo de esta tierra ensangrentada, pero fecunda, de esta tierra ultrajada, pero rica en vegetación y generosa en frutos. Son los pies que los han traído hasta aquí y que, aún encontrando pruebas y obstáculos, los han mantenido en el camino del bien. Que todos nosotros podamos continuar en el camino del bien que conduce a la paz. Les agradezco, porque – es verdad – estoy aquí para anunciar la paz, pero de inmediato me encuentro con que ustedes me la anuncian y también a todo el mundo. De hecho, como hace poco recordó uno de ustedes, la crisis que ha sacudido estas regiones de Camerún ha acercado más que nunca a las comunidades cristianas y musulmanes, tanto así que sus líderes religiosos se han unido y fundaron un Movimiento por la Paz, a través del cual buscan mediar entre las partes en conflicto.

¡En cuántos lugares quisiera que eso ocurriera! Su testimonio, su trabajo por la paz puede ser un ejemplo para todo el mundo. Jesús nos dijo: bienaventurado los que trabajan por la paz. Ay de aquellos, en cambio, que pliegan a las religiones y al nombre mismo de Dios a sus propios objetivos militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo que es más sucio y tenebroso. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, ustedes, hambrientos y sedientos de justicia; ustedes, pobres, misericordiosos, mansos y puros de corazón; ustedes que han llorado, son la luz del mundo (cf. Mt 5, 3-14). Bamenda, tú hoy eres la ciudad sobre el monte, espléndida ante los ojos de todos. Hermanas y hermanos, sean por largo tiempo la sal que da sabor a esta tierra. No pierdan su sabor, incluso en los años por venir. Atesoren lo que los ha acercado y lo que han compartido en la hora del llanto. Atesoremos todos este día en el que nos hemos reunido para trabajar por la paz. Sean aceite que se derrama en las heridas humanas.

Al respecto, dirijo mi agradecimiento a todos aquellos – en particular a las mujeres, laicas y religiosas – que cuidan a las personas traumatizadas por la violencia. Es un trabajo inmenso, invisible, cotidiano y, como recordó Sor Carine, expuesto al peligro. Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, pero a menudo no basta una vida para reconstruir. Fingen no ver que hacen falta millones de dólares para matar y devastar, pero no encuentran recursos necesarios para curar, educar y volver a levantar. Quien roba a su tierra sus recursos, en general invierte en armas buena parte de las ganancias, en una espiral de desestabilización y de muerte sin fin. Es un mundo al revés, un cambio en la creación de Dios que toda conciencia honesta debe denunciar y repudiar, eligiendo esa vuelta en U – la conversión – que conduce en la dirección opuesta, por el camino sustentable y rico de la fraternidad humana. El mundo es destruido por pocos que dominan y se mantiene en pie por un puñado de hermanos y hermanas solidarios. Son las descendencia de Abraham, incalculable como las estrellas del cielo y los granos de arena en la playa del mar. Mirémonos a los ojos: ¡ya somos este pueblo inmenso! No hay que inventar la paz: hay que acogerla, acogiendo al prójimo como nuestro hermano y nuestra hermana. Nadie elige a sus hermanos y hermanas: sólo tenemos que acogernos. Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta el cual las antiguas culturas por milenios han cuidado.

El Papa Francisco escribió en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium algo que volvía a mi mente escuchando sus palabras. Escribió: «La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un ornamento que puedo quitarme, no es un apéndice, o un momento entre muchos de la existencia. Es algo que no puedo erradicar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y por eso me encuentro en este mundo» (n. 273).

Queridos hermanos y hermanas de Bamenda, es con estos sentimientos que hoy estoy entre ustedes. ¡Sirvamos juntos a la paz! «Es necesario reconocerse a sí mismos como marcados por el fuego de dicha misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, curar, liberar. Allí se revelan la enfermera del alma, el maestro del alma, el político del alma, los que han decidido en lo profundo ser con los demás y para los demás» (ibid.). Así mi amado predecesor nos exhortó a caminar juntos, cada uno en su vocación, ensanchando las fronteras de nuestras comunidades, con lo concreto de quien comienza desde su trabajo local para llegar al amor al prójimo, quien quiera que sea y donde quiera que se encuentre. Es la revolución silenciosa de la cual ustedes son testigos. Como dijo el Imán, agradezcamos a Dios que esta crisis no haya degenerado en una guerra religiosa y que todos estemos todavía buscando amarnos unos a otros. Sigamos adelante sin cansarnos, con valentía, y sobre todo juntos, ¡siempre juntos!

Caminemos juntos, en el amor, buscando siempre la paz.

[Fuera, en el atrio]

Queridos hermanos y hermanas, hoy el Señor nos eligió a todos nosotros para ser los trabajadores que traen la paz a esta tierra. Digamos todos una oración al Señor, para que la paz reine realmente en medio de nosotros, para que cuando liberemos estas palomas blancas – símbolos de paz – la presencia de Dios esté sobre nosotros, sobre esta tierra, y nos mantenga unidos en Su Paz. Alabado sea el Señor.

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