LA FE NO SIEMPRE ES FÁCIL, LA EUCARISTÍA LA SOSTIENE: REGINA COELI DEL 12/04/2026
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y nuevamente felices Pascuas!
Hoy, segundo Domingo de Pascua, dedicado por San Juan Pablo II a la Divina Misericordia, en el Evangelio leemos sobre la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás (cf. Jn 20, 19-31). El hecho ocurre ocho días después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar ls marcas de los clavos, a meter la mano en la herida de su costado y a creer (cf. v. 27). Es una escena que nos hace reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿En dónde encontrarlo? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo creer? San Juan, que narra el acontecimiento, nos da indicaciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús en el octavo día, en la comunidad reunida, y lo reconoce en las marcas de su sacrificio. De esta experiencia brota su profesión de fe, la más elevada de todo el cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28).
Es verdad, no siempre es fácil creer. No lo fue para Tomás y tampoco lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y sostenida. Por eso, en el “octavo día”, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer como los primeros discípulos: a reunirnos y a celebrar juntos la Eucaristía. En ella escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestra vida en unión al Sacrificio de Cristo, nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre, para luego ser, también nosotros, testigos de su Resurrección, como lo indica el término “Misa”, es decir, “envío”, “misión” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1332).
La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana saldré para el Viaje apostólico a África, y precisamente algunos mártires de la Iglesia africana de los primeros siglos, los Mártires de Abitinia, nos dejaron al respecto un muy hermoso testimonio. Ante el ofrecimiento de salvar sus vidas a cambio de que renunciaran a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el día del Señor. Es ahí donde se alimenta y crece nuestra fe. Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se funden como acciones de los miembros de un único cuerpo – el Cuerpo de Cristo – en la realización de un único gran proyecto de salvación que abraza a todo el género humano. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su misericordia, de su paz; en las marcas del trabajo, de los sacrificios, de la enfermedad, del paso de los años, que a menudo están grabados en ellas, así como en la ternura de una caricia, de un apretón de manos, de un gesto de caridad.
Queridos hermanos y hermanas, en un mundo que tanto necesita la paz, esto nos compromete más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, para salir nuevamente de él como testigos de caridad y portadores de reconciliación. Que nos ayude a hacerlo la Virgen María, bienaventurada porque, en primer lugar, creyó sin haber visto (cf. Jn 20, 29).

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