LLAMADOS A SER INCANSABLES CONSTRUCTORES DE PAZ EN NOMBRE DE JESÚS: PALABRAS DE LEÓN XIV A OBISPOS DE LA IGLESIA DE BAGHDAD DE LOS CALDEOS (10/04/2026)
Excelencias, queridos hermanos Obispos:
La paz esté con ustedes. Es hermoso encontrarlos aquí en Roma, reunidos para la celebración de su Sínodo, dirigido a cumplir un acto fundamental para la vida de la Iglesia de Baghdad de los Caldeos: la elección del nuevo Patriarca. Me alegra encontrarlos en este tiempo de valioso discernimiento eclesial. A través de ustedes saludo de corazón a los sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y a todos los queridos fieles de la Iglesia Caldea, tanto en su territorio como en la numerosa diáspora dispersa en el mundo. Sé que muchos están unidos espiritualmente a este momento, participando intensamente con la oración.
Su Iglesia profundiza sus raíces en la primitiva Iglesia apostólica, representando una tradición muy antigua y fecunda que, íntimamente vinculada a los lugares en donde surgió la salvación, supo llevar el evangelio más allá de las fronteras del Imperio romano, desarrollando una cristiandad rica en fe, cultura y espíritu misionero, hasta la India y China. Son custodios de una memoria viva y noble, de una fe transmitida a lo largo de los siglos con valentía y fidelidad. Su historia es gloriosa, pero marcada también por pruebas muy duras: guerras, persecuciones, tribulaciones que han impactado a sus comunidades y dispersado a muchos fieles en el mundo. Y precisamente en estas heridas resplandece el testimonio luminoso de la fe, porque si su Iglesia lleva impresas las cicatrices de la historia, es precisamente el Señor resucitado quien les muestra como las heridas más dolorosas pueden convertirse en Él, en signos de esperanza y de vida nueva. Con ustedes puedo hacer mías las palabras de San Efrén y decirle a Cristo: «Gloria a ti que desde tu cruz has construido un puente sobre la muerte. […] Gloria a ti que te has revestido del cuerpo del hombre mortal y lo has transformado en fuente de vida para todos los mortales» (Discurso sobre el Señor, 9).
Queridos hermanos, en la esperanza pascual, que invita a no tener miedo al enfrentar sin perder el ánimo desafíos nuevos e inesperados, su Sínodo representa un tiempo de gracia y de fuerte responsabilidad. Están llamados a elegir al Patriarca en una fase delicada y compleja, a veces incluso controvertida. Los invito a dejarse guiar por el Espíritu Santo, encontrando en Él la concordia y buscando no lo que parece más útil de los ojos del mundo, sino lo que está más de acuerdo con el corazón de Cristo.
Que el nuevo Patriarca sea, ante todo, un padre en la fe y un signo de comunión con todos y entre todos. Podría aparecer que vivir según el Evangelio, es decir en la mansedumbre y la búsqueda paciente de la unidad, vaya contracorriente y sea a veces incluso contraproducente, pero en realidad se revela como el camino más sabio, porque el amor es la única fuerza que vence al mal y derrota a la muerte. Debe prevalecer y nunca tener fin esa caridad de la que habla el apóstol Pablo: paciente, perseverante, capaz de perdonar y soportar todo, sin faltar nunca el respeto a nadie (cf. 1 Cor 13, 4-8).
Que Su Beatitud sea hombre de las Bienaventuranzas: no llamado a gestos extraordinarios y a hacer ruido, sino a una santidad cotidiana, hecha de honestidad, misericordia y pureza de corazón. Que sea pastor capaz de escuchar y acompañar, porque la autoridad en la iglesia es siempre servicio y nunca hegemonía. Y si el mundo o el contexto alrededor indujeran a ello, no se dejen engañar, más bien vuelvan siempre a la sencillez fecunda y profética del Evangelio. Que el patriarca sea guía auténtico y cercano a la gente, no figura aparente y alejada. Que sea un hombre enraizado en la oración, capaz de llevar el peso de las dificultades con realismo y esperanza, maestro de pastoral que identifique caminos concretos para el bien del pueblo de Dios junto con sus hermanos Obispos, en ese espíritu de concordia que debe caracterizar a una Iglesia patriarcal, cuya autoridad está representada por el Sínodo de los Obispos presidido por el Patriarca, promotor de unidad en la caridad, en plena cohesión con el Sucesor del Apóstol Pedro.
A la luz de los eventos que, en los últimos años, han marcado a su Iglesia, advierto con particular intensidad de la responsabilidad del momento que están viviendo. Y quisiera decirles: estoy con ustedes. Que las pruebas que atraviesan los interpelen para ofrecer una respuesta iluminada desde la fe y marcada por la comunión, también con respecto a los cristianos pertenecientes a otras confesiones, verdaderos hermanos y hermanas en la fe con quienes es bueno restaurar relaciones de un auténtico compartir. Así serán un gran ejemplo y un impulso también para su querido y admirable pueblo, al que llevo en el corazón y por el cual hago oración.
Al reconocer con gratitud las múltiples contribuciones que los distintos Patriarcas han entregado a la Iglesia Caldea – me refiero también a los significativos aportes de Su Beatitud el Card. Louis Raphaël Sako y a los notables esfuerzos realizados por él – siento que este es el tiempo de la renovación espiritual, de una renovación fiel a sus valiosas y peculiares tradiciones, que deben ser custodiadas. Pienso en la riqueza de su patrimonio litúrgico y espiritual, y al respecto quiero hacer eco de lo afirmado por el concilio: «que todos sepan que el conocer, venerar, conservar y sostener el riquísimo patrimonio litúrgico y espiritual de los orientales es de suma importancia para la fiel custodia de toda la tradición cristiana» (Unitatis redintegratio, 15).
Permítame una vez más un recuerdo fraterno y paternal al mismo tiempo. Les pido que tengan cuidado y sean transparentes en la administración de los bienes, sobrios, mesurados y responsables en el uso de los mass-media, prudentes en las declaraciones públicas, para que toda palabra y comportamiento contribuya a edificar – y no a herir – la comunión eclesial y el testimonio de la Iglesia. Consideren importante la formación de los presbíteros, sus primeros colaboradores en el ministerio: apóyenlos con la cercanía, edificando con ellos y para ellos una fraternidad concreta y tangible. Y ayuden, ante todo con el ejemplo, a las personas consagradas a custodiar los dones inefables de la obediencia y la castidad. Acompañan a los fieles laicos, proveyéndoles de cuidados pastorales, para que se sientan animados, a pesar de todas las pruebas, a permanecer firmes en la fe recibida por los Padres y a permanecer en sus territorios. Esto es importante para toda la Iglesia, porque en las regiones en las que surgió la luz de la fe – orientale lumen – no pueden disminuir los creyentes en Jesús, los cristianos, que están en Medio Oriente como las estrellas del cielo. Que se disipen las nubes que oscurece en esta luz: que los cristianos en todo Medio Oriente sean respetados, no sólo de palabra: que gocen de verdadera libertad religiosa y de plena ciudadanía, sin ser tratados como invitados o como ciudadanos de segunda clase.
Hermanos, son signos de esperanza en un mundo marcado por violencias absurdas e inhumanas que, en este tiempo, movidas por la avidez y el odio, se difunden con ferocidad precisamente en las tierras que vieron surgir la salvación, en los lugares sagrados del Oriente cristiano, profanados por la blasfemia de la guerra y la brutalidad de los negocios, sin interesarse en la vida de la gente, considerada cuando mucho como un efecto colateral de los propios intereses. Pero ningún interés puede valer la vida de los más débiles, de los niños, de las familias: ninguna causa puede justificar la sangre inocente derramada. Ustedes, llamados a ser incansables constructores de paz en el nombre de Jesús, ayúdenos a proclamar claramente que Dios no bendice ningún conflicto; a gritarle al mundo que quien es discípulo de Cristo, príncipe de la paz, nunca está de parte de quien ayer empuñaba la espada y hoy lanza las bombas; a recordar que no serán las acciones militares las que creen espacios de libertad o tiempos de paz, sino sólo la paciente promoción de la convivencia y el diálogo entre los pueblos.
Su misión es grande: anunciar a Cristo resucitado incluso en contextos de muerte, ser presencia viva de fe y caridad, mantener encendida la esperanza ahí donde parece apagarse. No se desanimen: el Señor camina con ustedes. Yo les agradezco por lo que hacen y los acompaño, especialmente a través del Dicasterio para las Iglesias Orientales. Encomiendo este Sínodo y la elección del nuevo Patriarca a la intercesión de la Santísima Virgen María, de San Tomás apóstol y de sus discípulos Addai y Mari, autores de una espléndida Anáfora que sigue siendo su orgullo. Que el Espíritu Santo los ilumine y los oriente en sus decisiones. Sobre ustedes y sobre todos los fieles de la Iglesia Caldea y invoco de corazón la bendición del Señor.

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