QUE CALLEN LAS ARMAS Y CAMBIEN LOS CORAZONES: MENSAJE PASCUAL DE LEÓN XIV (05/04/2026)
Hermanos y hermanas:
¡Cristo ha resucitado! ¡Felices Pascuas!
Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es origen y fundamento de su fe: «El Señor de la vida estaba muerto / pero ahora, vivo triunfa. / Sí, estamos seguros de ello: / Cristo realmente ha resucitado. / Tú, rey victorioso, / ten piedad de nosotros» (Secuencia de Pascua).
La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria a un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16, 16), tuvo que morir, y morir en una cruz, después de haber sufrido una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29; 1 Pe 1, 18-19) y así nos liberó a todos, y con nosotros también a la creación, del dominio del mal.
Pero ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, no volviendo a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?
Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y rescata.
Cristo, nuestro «Rey victorioso», combatió y ganó su batalla con el abandono confiado en la voluntad del Padre, en su designio de salvación (cf. Mt 26, 42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no con palabras, sino con hechos: para encontrarnos a nosotros, perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, esclavos, se hizo esclavo; para dar la vida a nosotros, mortales, se dejó asesinar en la cruz.
La fuerza con la que Cristo resucitó no es de ninguna forma violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, herido por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, pide por quien le ha ofendido.
Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales, las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no quiere imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a llevarlo a cabo junto con los demás.
Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.
Hermanos y hermanas, con su resurrección, el Señor nos coloca con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28, 11-15).
A la luz de la Pascua, ¡dejémonos asombrar por Cristo! ¡Dejémonos cambiar el corazón por su inmenso amor por nosotros! ¡Que quienes tienen en sus manos armas, las depongan! ¡Que quienes tienen el poder de desencadenar guerras, elijan la paz! ¡No una paz impuesta por la fuerza, sino con el diálogo! ¡No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo!
Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos producen y que, sin embargo, todos advertimos. Existe una cada vez más marcada “globalización de la indiferencia”, para recordar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace un año, desde esta logia, dirigía al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los muchos conflictos que afectan a distintas partes del mundo» (Mensaje Urbi et Orbi, 20 abril 2025).
La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, y la angustia que esta implica. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, nos volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡Y no podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si tienes miedo de la muerte, ama la resurrección» (Sermón 124, 4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.
Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo se las doy a ustedes» (Jn 14, 27). La paz que Jesús nos entrega no es la que se limita a hacer callar las armas, sino la que toca y cambia el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a la paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a que se unan conmigo en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro, el próximo sábado 11 de abril.
En este día de fiesta, abandonemos toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Encomendémonos a Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5).
¡Felices Pascuas!

Comentarios