EL BIENESTAR SOCIAL ES UN DERECHO HUMANO: PALABRAS DE LEÓN XIV A MIEMBROS DEL INSTITUTO NACIONAL DE PREVISIÓN SOCIAL (10/04/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Buenos días a todos, bienvenidos:
Saludo al Presidente, a los directivos y a todos ustedes, empleados del Instituto Nacional de Previsión Social, incluidos aquellos que están conectados a través de Internet desde las sedes locales. El suyo es un papel social e institucional importante, que los llama a hacerse cargo de las necesidades de muchas personas vulnerables a través de mecanismos de distribución equitativa de la riqueza, con una atención particular a las situaciones críticas. Esto les brinda la oportunidad de actuar de manera eficaz en la promoción de una responsabilidad social que conjugue desarrollo económico y cohesión comunitaria, orientando las decisiones hacia el bien común.
En el mundo hay, en conjunto, mucha riqueza; sin embargo, los pobres aumentan. Muchos cientos de millones de personas en todo el planeta están sumidos en la pobreza extrema y no disponen de alimentos, vivienda, asistencia médica, escuelas, electricidad, agua potable y servicios de salud indispensables. Sin embargo, hay riquezas desproporcionadas que permanecen en manos de pocos. Es un escenario injusto, ante el cual no podemos dejar de cuestionarnos y comprometernos a cambiar las cosas. No existe un determinismo que nos condene a la desigualdad. En la base de las disparidades no hay una falta de recursos, sino la necesidad de afrontar problemas solucionables relacionados con su distribución más equitativa, que debe realizarse con sentido moral y honestidad.
En dicho horizonte, la respuesta a las necesidades concretas de las personas ha estado siempre en el centro de la atención de la Iglesia Católica, tanto en lo que respecta al mundo laboral como a la ayuda a los necesitados.
El Papa León XIII, en particular, refiriéndose a la condición de los trabajadores, recordó explícitamente la importancia de la previsión y la asistencia social, para «velar por que al obrero nunca le falte trabajo, y haya fondos disponibles para ayudar a cada uno, no solamente en las imprevistas e inesperadas crisis de la industria, sino también en los casos de enfermedad, vejez o accidente» (Carta Enc. Rerum novarum, 43). Y en cuanto al apoyo a los más débiles, decía: «Si alguna familia se encuentra por casualidad en tan graves dificultades que por sí misma no le es posible salir de ellas, es justo en tales circunstancias la intervención de los poderes públicos, ya que cada familia es parte del cuerpo social» (ibid., 11).
En tiempos más recientes, la atención de la Iglesia por el modelo del Estado social se encuentra en las Encíclicas de San Juan XXIII Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963), donde el derecho al bienestar se eleva expresamente al rango de derecho humano, como derecho «a la seguridad en caso de enfermedad, invalidez, viudez, vejez, falta de empleo y, en cualquier otro caso de pérdida de los medios de subsistencia por circunstancias independientes a su voluntad» (Carta enc. Pacem in terris, 6). En la misma línea magisterial se sitúan la Populorum progressio de San Pablo VI, la Laborem exercens, la Sollicitudo rei socialis y la Centesimus annus de San Juan Pablo II – en esta última encontramos, entre otras cosas, una crítica al asistencialismo (cf. n. 48) –, así como la Caritas in veritate de Benedicto XVI.
El recorrido desemboca luego en el magisterio social del Papa Francisco, en particular en la Encíclica Fratelli tutti, donde el Estado de bienestar se erige en auténtico derecho universal (cf. n. 110).
El modelo propuesto es el de un sistema de seguridad solidaria, basado en los principios de subsidiariedad, responsabilidad social y fraternidad humana, siempre con el fin de dirigir la intervención asistencial para permitir a todos «una vida digna a través del trabajo» (Francisco, Carta Enc. Laudato si’, 128).
Así se expresa, al respecto, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: «El principio de la solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen frente a la sociedad en la que están insertos […]. Una deuda similar se honra en las diversas manifestaciones de la acción social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas en conjunto, unas y otras, a compartir, en la solidaridad, el mismo don» (n. 195).
En este ámbito, en Italia, un papel protagonista debe reconocerse sin duda a su Instituto, que orienta su obra en diversas direcciones, aplicando políticas de previsión generativas y de desarrollo social efectivo, a partir de la protección de los más débiles y de la inversión en los jóvenes. Por ello, aun ante la necesidad de garantizar la sustentabilidad del sistema, su compromiso debe estar siempre orientado también a salvaguardar su tejido solidario y su equidad, tanto a nivel de las pensiones como en el acompañamiento del trabajador a lo largo de su trayectoria profesional.
Los escenarios típicos del trabajo del siglo XX han cambiado. Las causas son múltiples: el financiamiento de la empresa, la externalización de la producción a escala mundial, los altos costos laborales y, sobre todo, el vertiginoso desarrollo tecnológico, con el fuerte impacto de la inteligencia artificial, que aún debe analizarse y evaluarse en sus múltiples –y en parte inexploradas – facetas. Las trayectorias laborales, que durante mucho tiempo han sido en su mayoría lineales, con puestos de trabajo ocupados a menudo durante toda la vida, se caracterizan ahora por una mayor precariedad y variabilidad, con el crecimiento de modelos de trabajo de duración determinada, a tiempo parcial, de trabajo temporal, por demanda, a menudo autónomos, en las formas más variadas e híbridas. De ello se derivan nuevas necesidades, con nuevas responsabilidades para el Estado y para el individuo (cf. Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate, 58), cuya satisfacción no puede dejar de involucrar a las entidades de seguridad social, y al INPS en particular.
Por ello, quisiera concluir recordando las palabras que el Papa Francisco dirigía a los directivos y empleados de su Instituto hace poco más de diez años: «No olviden al hombre: éste es el imperativo. Amar y servir al hombre con conciencia, responsabilidad, disponibilidad. Trabajar por quienes trabajan, y no menos importante, por quienes desearían hacerlo y no pueden. […] Apoyar a los más débiles, para que a nadie le falte la dignidad y la libertad de vivir una vida auténticamente humana» (Discurso a los directivos y empleados del INPS, 7 de noviembre 2015).
Muy queridos todos, ¡les deseo todo lo mejor en su trabajo! A ustedes y a sus familias les aseguro mi recuerdo en la oración, mientras que de corazón les doy la bendición.

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