PRESENCIA Y PROTECCIÓN PARA RESPONDER A LAS INQUIETUDES DE LOS JÓVENES: PALABRAS DE LEÓN XIV A PARTICIPANTES EN LA “CÁTEDRA DE LA ACOGIDA” (12/03/2026)
Presencia y custodia: estas son las dos palabras que ayudan a iluminar el sentido cristiano de la acogida y que resaltó el Papa León XIV, en su discurso de este 12 de marzo en la Sala Clementina, a los participantes en la cuarta edición de la “Cátedra de la Acogida”, iniciativa creada a instancias de las Hermanas de la Asociación de Voluntarios del Servicio Social Cristiano – Fraterna Domus, en Italia. Con el objetivo de promover la cultura de la solidaridad y el arte del encuentro y el diálogo, los adherentes a este proyecto se reúnen del 10 al 13 de marzo bajo el lema “Nuevas formas de acogida, comunidad, espiritualidad e identidad a partir de los jóvenes”. Compartimos a continuación el texto del mensaje del Santo Padre, traducido del italiano:
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Excelencias, queridos hermanos y hermanas:
Me alegra encontrarme con ustedes y compartir algunas reflexiones sobre el tema que están abordando como “Cátedra de la Acogida”, nacida de la experiencia espiritual de la Asociación Fraterna Domus con el apoyo activo de otras realidades eclesiales y sociales.
Sus jornadas están animadas por la conciencia de que la vocación cristiana está orientada a generar comunión entre las personas, y la comunión nace de la capacidad de acoger a los demás, ofreciendo escucha, hospitalidad y asistencia. Una posible etimología de la palabra “acoger” – centro de toda su actividad – se remonta al latín accipere, que significa “recibir”, “tomar consigo”.
En el centro de toda auténtica acogida hay, de hecho, una relación que nace de la gracia de un encuentro. Experimentamos muchos tipos de encuentro y, por lo tanto, de acogida: el encuentro con las personas que nos aman, con los familiares, con los colegas, y también con personas desconocidas, a veces hostiles. Cuando un encuentro es verdadero, de experiencia personal puede transformarse y, progresivamente, hacerse capaz de involucrar a los demás dando vida a una experiencia comunitaria.
Precisamente en esta dinámica de encuentro se injerta su decisión de dedicar la cuarta edición de la “Cátedra” a los jóvenes. En un tiempo atravesado por profundas transformaciones culturales y sociales, los jóvenes, que son naturalmente el futuro de la sociedad y de la Iglesia, en realidad constituyen ya su presente vivo y generador. Sus preguntas y sus inquietudes, de hecho, invitan a renovar el estilo de nuestras relaciones. Acoger personas jóvenes significa, ante todo, ponerse a la escucha de sus voces, cruzar sus miradas y reconocer que, en sus vidas y en sus lenguajes, el Espíritu sigue actuando y sugiriéndonos caminos renovados de presencia y custodia.
Quisiera detenerme precisamente en estas dos palabras – presencia y custodia –, que contribuyen a iluminar el sentido cristiano de la acogida.
Cada uno de nosotros, desde el primer instante de vida, crece en una realidad social. La familia, la parroquia, la escuela, la universidad, el trabajo representan modelos de sociedad en los que se entrelazan diferentes dimensiones: psicológica, jurídica, moral, pedagógica, cultural. Son espacios de elección identitaria cuya tarea principal está delineada precisamente por la presencia. Estar presente en la vida de los demás significa compartir tiempo, experiencias, significados, ofreciendo puntos de referencia estables en los que los demás puedan reconocerse y crecer.
Mirando a la Sagrada Familia de Nazaret – en cuyo modelo se inspira la Fraterna Domus –, cada comunidad acogedora puede redescubrir su propia llamada y aprender a orientarse en el camino del servicio. El episodio evangélico de María y José que pierden a Jesús y, angustiados, lo encuentran después de tres días en el Templo (cf. Lc 2, 39-52) nos enseña que la presencia del otro no es algo automático, sino el resultado de una búsqueda constante. Le ha pasado a cada uno de nosotros perder a alguien o algo a lo que estábamos muy unidos. En ese momento nos dimos cuenta de lo valiosa que era esa presencia.
Así sucede también en la vida de fe: damos por hecho la presencia de Jesús en nuestra existencia, hasta que de improviso parece que Él ya no está donde lo habíamos dejado. Advertimos una sensación de desorientación. En realidad, no es Él quien se ha perdido, sino nosotros quienes nos hemos alejado. Cuando ocurre esto, estamos llamados a buscarlo con confianza, con el valor de recorrer caminos inexplorados, mirando el mundo con ojos nuevos, cargados de esperanza. De este modo, se dejará de buscar a un Dios a la propia medida para encontrarlo donde Él habita. Buscar a Jesús significa, por tanto, pasar de la seguridad de nuestras convicciones a la responsabilidad del encuentro, aprendiendo a ver y a acoger la presencia de Dios que siempre está “más allá”.
Es precisamente lo que hizo San José al custodiar la familia que le había sido confiada por el Señor. En él reconocemos que acoger, además de presencia, es también custodia. Custodiar significa estar al lado del otro con atención, respetar sus elecciones y cuidar de él. Esta actitud pertenece ante todo a Dios, a quien la Biblia muestra como el custodio de su pueblo. Recordemos el salmo que dice: «No se dormirá, ni conciliará el sueño / el custodio de Israel. / El Señor es tu custodio» (Sal 121, 4-5). Desde esta perspectiva, comprendemos que también la familia humana está llamada a preservar lo que se le ha confiado: las relaciones, la creación, la vida de las hermanas y los hermanos, sobre todo de los que sufren y son más frágiles. Así, José nos muestra que la presencia y la custodia son dimensiones inseparables: no se cuida sin estar presente, y no se está presente sin asumir la responsabilidad del otro.
Estas dos palabras pueden representar dos lámparas en su recorrido hacia una acogida capaz de abrir senderos de santidad, en una perspectiva nunca autorreferencial, siempre relacional y fraterna, como nos recuerda la Encíclica Fratelli tutti, donde afirma: «Sólo una cultura social y política que comprenda la acogida gratuita podrá tener futuro» (n. 141) para las nuevas generaciones.
Muy queridos todos, les agradezco por su compromiso silencioso y discreto. Los animo a ser educadores y educadoras de la acogida. Cultiven el carisma de la acogida en la escucha del Espíritu Santo, cuyo fruto, nos dice San Pablo, «es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo» (Gal 5, 22). Así podrán seguir generando juntos ambientes capaces de promover el bien y la fraternidad en la comunidad cristiana y en la sociedad. Que María Santísima y San José los protejan e intercedan por ustedes. Los bendigo de corazón. ¡Gracias!

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