CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA IGLESIA ES HUMANA Y DIVINA, UNIDA EN EL AMOR DE CRISTO (04/03/2026)

¿Qué significa que la Iglesia sea “una realidad compleja”? A partir de esta pregunta, el Papa León XIV centró su catequesis de este 4 de marzo durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro, retomando el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se aborda la naturaleza profunda de la Iglesia. De este modo, el Santo Padre prosiguió sus meditaciones sobre los documentos conciliares en el marco de un ciclo que comenzó el 7 de enero pasado. Compartimos a continuación el texto completo de la catequesis, traducido del italiano:

Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium. 2. La Iglesia, realidad visible y espiritual

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

Hoy continuamos nuestra profundización sobre la Constitución conciliar Lumen gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, donde se pretende sobre todo responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución cargada con dos mil años de historia, con características distintas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. En la lengua latina, sin embargo, la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversas dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien organizado, en el que conviven la dimensión humana y la divina, sin separación y sin confusión.

La primera dimensión es inmediatamente perceptible, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos, con sus virtudes y sus defectos, anunciando el Evangelio y haciéndose signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero, dicho aspecto – que se manifiesta también en la organización institucional – no es suficiente para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es engendrada a partir del designio de amor de Dios sobre la humanidad, realizado en Cristo. La Iglesia, por ello, es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium refiere a la vida de Cristo. De hecho, quien encontraba a Jesús por los caminos de Palestina, experimentaba su humanidad, sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo era impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y curación. Al mismo tiempo, sin embargo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. La carne de Cristo, de hecho, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora volver a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas, que a veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces les cuesta trabajo y se equivocan como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción de salvación. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre Evangelio e institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino sólo la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue entregándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, y continúa manifestándose y actuando. Por eso el Papa Francisco, en Evangelii gaudium, exhorta a todos a aprender a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3, 5, n. 169). Esto nos hace capaces aún hoy en día de edificar la Iglesia: no solamente organizando sus formas visibles, sino construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, a través de la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, de hecho, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo – decía San Agustín – que todos pongan su mente sólo en la caridad: solamente ella, de hecho, vence todas las cosas, y sin ella de todas las cosas no valen nada; dondequiera que ésta se halle, todo atrae hacia sí» (Serm. 354, 6, 6).

Comentarios

Entradas populares