LOS CRISTIANOS QUE TIENEN RESPONSABILIDAD EN LAS GUERRAS ¿HACEN UN EXAMEN DE CONCIENCIA?: PALABRAS DE LEÓN XIV A PARTICIPANTES EN CURSO DE LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA (13/03/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Eminencia, Excelencia, queridos sacerdotes, diáconos y otros que nos acompañan, buenos días y bienvenidos.
Me alegra mucho encontrar a aquellos que, en los primeros pasos del ministerio sacerdotal, o en espera de ser ordenados, perfeccionan su formación como confesores, a través del Curso sobre el Fuero Interno, que ofrece anualmente la Penitenciaría Apostólica.
Dirijo un cordial saludo a Su Eminencia, el Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, al Regente Mons. Nykiel y a todos los miembros de la Penitenciaría, a los Penitenciarios ordinarios y extraordinarios de las Basílicas Papales y a todos ustedes, participantes en este Curso. Éste fue deseado fuertemente por San Juan Pablo II, que lo apoyó con su pasión pastoral, fue confirmado por el Papa Benedicto XVI con su sabiduría teológica, así como también por el Papa Francisco, que siempre tuvo gran cuidado por el rostro misericordioso de la Iglesia.
También yo los exhorto a continuar con este servicio, profundizando y ampliando la oferta formativa, para que el cuarto sacramento sea cada vez más conocido, adecuadamente celebrado y por ello Serena y eficazmente vivido por todo el pueblo santo de Dios.
El Sacramento de la reconciliación – lo sabemos – ha tenido en la historia un notable desarrollo, tanto en la comprensión teológica como en la forma celebrativa. La Iglesia, madre y maestra, ha reconocido progresivamente su sentido y función, extendiendo la posibilidad de su celebración. Sin embargo, al carácter reiterable del Sacramento no corresponde siempre, por parte de los bautizados, una preocupación por recurrir a él: es como si el infinito tesoro de la misericordia de la Iglesia permaneciera “sin utilizar”, por una difundida distracción de los cristianos que, a menudo, permanecen por largo tiempo en estado de pecado, en lugar de acercarse al confesionario, con sencillez de fe y de corazón, para acoger el don del Señor resucitado.
Fue el Concilio Lateranense IV, en 1215, el que estableció que todo cristiano debe acercarse a la confesión sacramental al menos una vez al año; y el Catecismo de la Iglesia Católica, después del Concilio Vaticano II, confirmó esta norma (cf. CCC, n. 1457), que es también ley de la Iglesia: «Todo fiel, llegada la edad de la discreción, tiene la aplicación de confesar fielmente sus pecados graves, al menos una vez al año» (CIC 989).
Afirma San Agustín: «Quien reconoce sus pecados y los condena, ya está en paz con Dios. Dios condena tus pecados; y si tú también los condenas, te unes a Dios» (In Iohannis evangelium tractatus 12, 13: CCL 36, 128). Reconocer nuestros pecados, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, significa entonces “ponerse en paz” con Dios, unirnos a Él.
El Sacramento de la reconciliación es entonces un “laboratorio de unidad”: éste restablece la unidad con Dios, a través del perdón de los pecados y la infusión de la gracia santificaste. Esto genera la unidad interior de la persona y la unidad con la Iglesia; por ello favorece también la paz y la unidad en la familia humana. Habría que preguntarse: aquellos cristianos que tienen responsabilidades graves en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y la valentía de hacer un serio examen de conciencia y confesarse?
Pero – de nuevo nos preguntamos – ¿puede realmente el hombre, pequeña y sencilla criatura, “romper la unidad” con el Creador? Esta imagen ¿no es quizás parcial y, en definitiva, mortificante de la revelación que Jesús nos hizo de Dios?
Viéndolo bien, el pecado nos rompe la unidad, entendida como dependencia ontológica de la criatura con el Creador: también el pecador permanece totalmente dependiente de Dios Creador, y dicha dependencia, cuando es reconocida, puede abrir el camino de la conversión. El pecado rompe, más bien, la unidad espiritual con Dios: es un voltearle la espalda, y esta dramática posibilidad es tan real como lo es el don de la libertad, que Dios mismo dio a los seres humanos. Negar la posibilidad de que el pecado rompa realmente la unidad con Dios es, en realidad, no conocer la dignidad del hombre, que es – y sigue siendo –libre y, por tanto, responsable de sus actos.
Muy queridos jóvenes sacerdotes y ordenantes, mantengan siempre viva conciencia de la altísima tarea que Cristo mismo, a través de la Iglesia, les encomienda: reconstruir la unidad de las personas con Dios a través de la celebración del Sacramento de la reconciliación. La vida entera de un sacerdote puede ser plenamente realizada, celebrando asidua y fielmente este Sacramento. Y, de hecho, ¡cuántos sacerdotes se han hechos santos en el Confesionario! Pensemos sólo en San Juan María Vianney, San Leopoldo Mandić y, más recientemente, en San Pío de Pietrelcina y en el Beato Michał Sopoćko.
La Unidad restablecida con Dios es también unidad con la Iglesia, qué es el cuerpo místico de Cristo: nosotros somos miembros del “Cristo total”. El tema de su Curso de este año: “La Iglesia llamada a ser casa de Misericordia”, sería incomprensible si no partiésemos de la raíz que es Jesucristo resucitado. La Iglesia acoge a las personas, como “casa de Misericordia”, porque ante todo acoge continuamente a su Señor, en la Palabra escuchada y proclamada, y en la gracia de los Sacramentos.
Por esta razón, en la celebración de la Confesión sacramental, mientras que los penitentes son reconciliados con Dios y con la Iglesia, se edifica la Iglesia misma, que es enriquecida por la santidad renovada de sus hijos arrepentidos y perdonados. En el confesionario, queridos hermanos, colaboramos con la continua edificación de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica; y al actuar así damos también energías nuevas a la sociedad y al mundo.
La unidad con Dios y con la Iglesia, finalmente, es el presupuesto de la unidad interior de las personas, hoy tan necesaria, en el tiempo de la fragmentación que estamos viviendo. Unidad interior que se encuentra como deseo real sobre todo en las nuevas generaciones. Las promesas no mantenidas por un consumismo desenfrenado y la experiencia frustrante de una libertad desvinculada de la verdad se pueden transformar, por divina misericordia, en ocasiones de evangelización: haciendo surgir el sentido de estar incompletos, permiten despertar esas preguntas existenciales a las que sólo Cristo responde plenamente. Dios se hizo hombre para salvarnos, y lo hace también educando nuestro sentido religioso, nuestra irreprimible búsqueda de verdad y amor, para que podamos acoger el misterio en el cual «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28).
Este dinamismo de unidad con Dios, con la Iglesia y en nosotros mismos es un presupuesto de la paz entre los hombres y los pueblos: sólo una persona reconciliada es capaz de vivir de manera desarmada y que desarma. Quien depone las armas del orgullo y se deja renovar continuamente por el perdón de Dios, se convierte en un constructor de reconciliación en la vida de cada día. En él o en ella se realizan las palabras atribuidas a San Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz».
Muy queridos todos, nunca descuiden acercarse ustedes mismos, con fiel constancia, al Sacramento del perdón, para ser siempre los primeros beneficiarios de la divina Misericordia, de la cual se han convertido – o se convertirán – en ministros. Que María, Madre de la Misericordia, acompañe siempre su camino e ilumine sus pasos. Sobre ustedes y sobre su cotidiano compromiso imparto de corazón la Bendición Apostólica. Gracias.

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