NADA FINITO PUEDE EXTINGUIR NUESTRA SED INTERIOR: ÁNGELUS DEL 22/03/2026
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este quinto domingo de Cuaresma, en la Liturgia se proclama el Evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45).
En el itinerario cuaresmal, este es un signo que habla de la victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos con el Bautismo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica,1265). Jesús hoy nos dice también a nosotros, como a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11, 25-26).
La Liturgia nos invita así a revivir bajo esta luz, en la Semana Santa ya inminente, los acontecimientos de la Pasión del Señor – la entrada en Jerusalén, la última Cena, el proceso, la crucifixión, la sepultura – para percibir su sentido más auténtico y abrirnos al don de la gracia que encierran.
Es, de hecho, en Cristo Resucitado, vencedor de la muerte y vivo en nosotros por la gracia del Bautismo, que dichos acontecimientos encuentran su cumplimiento, para nuestra salvación y plenitud de vida.
Su gracia ilumina este mundo, que parece en continua búsqueda de novedades y cambios, incluso a costa de sacrificar cosas importantes – tiempo, energías, valores, afectos – como si la fama, los bienes materiales, las diversiones o las relaciones efímeras pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales. Es el síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva en sí mismo, cuya respuesta,,sin embargo, no puede confiarse a lo pasajero. Nada finito puede extinguir nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios y no encontramos paz hasta que descansamos en Él (cf. Confesiones, I,1.1).
El relato de la resurrección de Lázaro, entonces, nos invita a ponernos a la escucha de dicha profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu Santo, liberar nuestros corazones de costumbres, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y la superficialidad. En estos lugares no hay vida, sino sólo desorientación, insatisfacción y soledad.
También a nosotros Jesús nos grita: «¡Sal fuera!» (Jn 11, 43), impulsándonos a salir, regenerados por su gracia, de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin medida.
Que la Virgen María nos ayude a vivir así estos días santos: con su fe, con su confianza, con su fidelidad, para que se renueve también para nosotros, cada día, la experiencia luminosa del encuentro con su Hijo resucitado.

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