LA PAZ NACE DE LA VALENTÍA DE HACERSE HUMILDES, RENUNCIANDO A LA VIOLENCIA: PRIMER SERMÓN DE CUARESMA DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (06/03/2026)
1. La conversión.
Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad
Después de los Ejercicios Espirituales guiados por la figura de San Bernardo de Claraval, las meditaciones cuaresmales de este año no podían más que inspirarse en la experiencia cristiana de Francisco de Asís. Los dos santos no están lejos entre sí: Bernardo muere en 1153, Francisco nace en 1181, a menos de treinta años de distancia. Es como si la estafeta del seguimiento evangélico pasara de mano en mano, a través de los siglos, sin nunca apagarse.
Este año se celebran los ochocientos años de la muerte de Francisco, y el Santo Padre ha querido que el aniversario estuviera marcado por un nuevo jubileo especial, invitando a toda la Iglesia a dejarse alcanzar nuevamente por la gracia de Dios a través del testimonio del Poverello de Asís. Francisco no es solamente un santo para recordar o admirar: es un hombre atravesado por el fuego del Evangelio, capaz de encender nuevamente en cada uno la nostalgia por una vida nueva en el Espíritu.
Para recorrer nuevamente su camino espiritual, la primera meditación se detiene en su conversión y se desarrolla en cinco pasos: el cambio de gusto que la gracia obra en la sensibilidad; la alteración producida por el pecado y la necesidad de una curación radical; la humildad como verdadera medida de la grandeza humana; la decisión de hacerse más pequeños como forma propia de la vida bautismal; finalmente, el carácter continuo de la conversión, que no se cumple una vez y para siempre, sino siempre comienza nuevamente.
El cambio de gusto
¿Qué entendemos cuando hablamos de conversión? Es una pregunta que merece plantearse con honestidad, porque las respuestas posibles son muchas y no todas igualmente fieles al Evangelio. La catequesis tradicional la describe como un regreso a Dios después del alejamiento por el pecado. La teología moral subraya su dimensión de cambio de la conducta. La tradición ascética insiste en la necesidad de prácticas penitenciales que disciplinen el cuerpo y la voluntad. La Escritura, por su parte, utiliza un término que atraviesa y supera todas estas perspectivas: metánoia, cambio de la mente, del corazón, de la forma profunda en la cual se percibe la realidad. No una simple corrección de ruta, sino una transformación de la mirada. No solamente una revisión de los comportamientos, sino una revolución de la sensibilidad.
¿Quién tiene razón? En cierta medida, todos. Pero hay una orden que hay que respetar. Comprender dónde comienza realmente la conversión – cualquiera que sea el punto de surgimiento – no es una cuestión teórica. Es el problema más concreto que existe. Si equivocamos el punto de partida, corremos el riesgo de construir sobre cimientos frágiles.
Sabemos que la conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, en la cual el hombre está llamado a participar con toda su libertad. No es ni pura pasividad ni pura conquista. Es una respuesta: la respuesta más adecuada que un ser humano puede dar a la gracia que lo precede y lo llama. La conversión ocurre en el punto más íntimo de nuestra naturaleza, ahí donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es como si algo, que por largo tiempo ha permanecido silencioso, volviera de improviso a vibrar.
Es aquí que la experiencia de Francisco de Asís se revela valiosa. En su Testamento, dictado pocos meses antes de su muerte, él escribe así:
«El Señor me dijo, hermano Francisco, que comenzara a hacer penitencia así. Cuando estaba en el pecado, me parecía algo muy amargo ver a los leprosos; y el señor mismo me condujo hacia ellos y les mostré misericordia. Y alejándome de ellos, eso que me parecía amargo me fue cambiado por dulzura de ánimo y de cuerpo» (Testamento, Fuentes Franciscanas 110).
Al recordar las etapas esenciales de su camino, Francisco en primer lugar afirma que la iniciativa es toda del Señor. Es Dios que le ha entregado el comenzar a hacer penitencia, es decir, entrar en un camino de conversión. El “hacer penitencia” del que habla Francisco no debe entenderse como un ejercicio ascético con el cual merecer la gracia de una nueva relación con Dios. Alude más bien, a un cambio completo de sensibilidad: una nueva forma de mirarse a sí mismos, a los demás y a la realidad a la luz del Evangelio.
Este cambio comienza de manera muy concreta: cuando él comienza a tener misericordia de los demás. Es el centro de su relato. En ese encuentro con los leprosos el joven Francisco experimenta un cambio definitivo de gusto: descubre un dulzura inesperada precisamente ahí donde no la buscaba y donde ni siquiera esperaba encontrarla.
En el momento en el que se entrega gratuitamente a los más pobres de la sociedad, olvidándose por primera vez de sí mismo, Francisco encuentra la respuesta a ese malestar que habitaba en su corazón: la amargura de una vida llena de muchas cosas, pero aún vacía de su valor esencial. Ese encuentro provoca en él un terremoto interior: lo que antes le parecía amargo se ha convertido en dulce.
Este es el corazón de la conversión: no, ante todo, un acto de la voluntad, sino una transformación interior, un misterioso cambio de sensibilidad. Este cambio no elimina nuestra participación; la hace más verdadera, más libre, más gozosa. El esfuerzo no desaparece, pero cambia de signo. La conversión ya no es el intento por enderezar la vida con las propias fuerzas, sino la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestra forma de percibir, de juzgar y de desear.
Pensemos, en cambio, en qué ocurre cuando este paso falta. Si fuéramos obligados cada día a comer alimentos de los que nunca hemos apreciado el sabor, podríamos hacerlo por disciplina, por un cierto tiempo, pero sin alegría y con un creciente esfuerzo. Si alguien cultivara una pasión sin nunca haber experimentado su placer y resonancia interior, terminaría pronto por vivirla como un peso. Si nos encontráramos construyendo una vida con alguien sin nunca haber sentido un amor verdadero, esa relación correría el riesgo de convertirse en una forma de obligación. Y si un religioso vistiera los hábitos, cumpliera gestos y pronunciara palabras en el nombre de un Dios conocido sólo de oídas, sin tener una experiencia real personal de Él, acabaría por vivir un profundo malestar interior, que podría afectar incluso a las personas a él encomendadas.
Son situaciones difíciles para mantenerlas por largo tiempo. Y algo similar ocurre cuando la conversión está mal preparada: cuando nos pedimos a nosotros mismos – o incluso a los demás – adherirnos a una moral sin antes haber gustado la dulzura de la vida nueva en Cristo.
El “hacer penitencia” del que habla Francisco no es un programa de austeridad voluntarista, sino el inicio de un combate para defender y custodiar el tesoro de un sabor nuevo de las cosas, finalmente recuperado. Es alimentar con fidelidad la semilla de una vida nueva, que Dios ha logrado sembrar en la tierra de nuestro corazón.
La alteración del pecado
Para entender por qué la conversión debe ser tan radical – por qué no basta con corregir algún comportamiento, sino que es necesaria una verdadera renovación de la sensibilidad – es necesario sondear la profundidad del surco que el pecado ha excavado en nosotros. Hablamos de esa odiosa distancia de nosotros mismos, de esa dificultad por realmente desear el bien que incluso reconocemos como tal, esa separación entre lo que somos y lo que querríamos ser. San Pablo habla de ello con una honestidad que desarma en la Carta a los Romanos
«No comprendo ni siquiera mis propias acciones: no hago lo que deseo, sino lo que detesto. Cuando hago lo que no deseo, reconozco que la ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que, en mí, es decir en mi carne, no habita el bien: está en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo» (Rom 7, 15-18).
Estas palabras no describen la condición de un pecador que no quiere cambiar, sino de quien desea el bien y sin embargo se encuentra haciendo el mal que no desea. Por eso la conversión requiere una vida entera: porque la herida del pecado no se refiere sólo a algunas decisiones equivocadas, sino que toca más profundamente la forma misma en la que estamos hechos.
Para entender el origen de esta condición, debemos volver al inicio. El relato de Génesis 3 no habla sencillamente de una transgresión, sino que documenta una transformación profunda ocurrida en el hombre después del gesto de desobediencia. Aún antes de que aparezca la reacción de Dios, el texto anota dos cosas importantes: el hombre se da cuenta de que está desnudo, y experimenta el sentimiento del miedo, buscando esconderse de Dios.
«Entonces se abrieron los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos;
entrelazaron hojas de higuera y se hicieron cubiertas con ellas» (Gen 3, 7).
«El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”.
Respondió: “Escuché tu voz en el jardín:
tuve miedo porque estoy desnudo, y me escondí”» (Gen 3, 9-10).
El miedo y la vergüenza son los primeros frutos del pecado. No un castigo que llega desde fuera, sino un cambio que nace dentro del ser humano. Antes de la caída, el hombre y la mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza. Después del pecado este equilibrio se rompe. Nace una fractura: con Dios, con el otro e incluso consigo mismo. El hombre ya no se siente en paz, comienza a percibirse como equivocado y a mirar al otro con sospecha. Por eso aparecen el miedo y la vergüenza. No son emociones superficiales, sino el signo de un grave malestar: el hombre advierte dentro de sí una separación entre lo que desea ser y lo que descubre que es.
Ahí está lo que produce el pecado. No le quita algo a Dios: nos altera a nosotros. Se confunden las categorías de nuestra sensibilidad: ya no reconocemos con claridad lo que es bueno, verdadero y bello. Y así perdemos también la justa medida de nosotros mismos, olvidando la grandeza a la que estamos llamados.
Vivimos en un tiempo en el que la palabra “pecado” parece casi desaparecida de nuestra forma de pensar. En la conciencia común – y a veces incluso en la vida de la Iglesia – todo se explica como fragilidad, herida, límite, condicionamiento. Cuando todavía se habla de pecado, se le reduce a menudo a un pequeño error o una debilidad.
En esta mirada hay algo de cierto. La tradición espiritual siempre ha reconocido que la fragilidad humana no se reduce a la mala voluntad y que el juicio debe ser acompañado por la misericordia. El problema nace cuando esta perspectiva sustituye a la teológica en lugar de integrarla. Si cada pecado se convierte sólo en un síntoma y toda culpa en una disfuncionalidad, corre el riesgo de desaparecer algo esencial: la grandeza de la libertad humana y de su responsabilidad. Si cada decisión es sólo el resultado de nuestra historia, de nuestros traumas o nuestros condicionamientos, entonces todo se vuelve explicable y, finalmente, incluso justificable. Pero si es así, la libertad es sólo una ilusión y la responsabilidad moral pierde significado.
Y aquí aparece una paradoja. Si ya no existe la posibilidad de un mal verdadero, no podemos creer ni siquiera en la posibilidad de un bien verdadero. Si el pecado desaparece, también la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible.
Por eso la fe cristiana toma en serio el pecado. No para acusar al hombre, sino para custodiar y afirmar su grandeza. Para reconocer que sus decisiones cuentan realmente, que su libertad es real y que con ella puede construir o destruir: a sí mismo, a los demás, al mundo. Significa también reconocer que dentro de nosotros hay una herida verdadera, que no se resuelve con algún ajuste, sino que necesita una curación profunda.
La conversión es un itinerario exigente, porque tiene la tarea de sanar nuestra existencia haciéndonos recuperar la relación con Dios, nuestro Creador y Salvador. Es un don de la gracia, pero toma forma en la repetición concreta de gestos y decisiones que hemos comenzado a vivir en la libertad y el amor. Su eficacia depende precisamente de la capacidad de custodiar en el tiempo estos gestos, incluso cuando se vuelven complicados o repetitivos. No es un esfuerzo estéril: es la finalidad de quien ya ha vislumbrado el sentido y el valor de lo que vive y, precisamente por ello, sigue practicándolo con libertad y alegría.
Cuando San Francisco, después del encuentro con los leprosos, advierte por primera vez dentro de sí algo verdadero y libre, su respuesta no es una rendición ni una renuncia: es un reconocimiento. Y cuando, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, escucha el Evangelio y comprende que esa palabra lo llama por su nombre, reacciona con un grito de alegría: «¡Esto quiero, esto pido, esto anhelo hacer con todo el corazón!» (Vida Primera de Tomás de Celano 22, FF 356).
Francisco comienza a hacer penitencia porque en el encuentro con Cristo se reencuentra finalmente a sí mismo: la imagen del hombre nuevo «creado según Dios en la justicia y la verdadera santidad» (Ef 4, 24), esa imagen que el pecado había oscurecido y que la gracia estaba trayendo nuevamente a la luz.
La medida reencontrada
En la historia de la Iglesia, Francisco de Asís es conocido por haber abrazado una radical pobreza, elegida como forma esencial de su vida evangélica. Sin embargo, si leemos con atención sus escritos, nos damos cuenta de que su amor por la pobreza nunca está separado de una profunda estima por la humildad. En la Regla no Bulada escribe: «que todos los hermanos se esfuercen por seguir la humildad y la pobreza de Nuestro Señor Jesucristo» (Regla no Bulada, IX, FF 29). En una célebre alabanza, escribe: «Señora santa pobreza, que el Señor te salve con tu hermana, la santa humildad», explicando cómo las dos virtudes actúan juntas para purificar al hombre: «la santa pobreza confunde a la codicia y a la avaricia y a la preocupación del siglo presente. La santa humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que están en el mundo» (Saludo a las Virtudes, FF 256.258).
Para Francisco pobreza y humildad nunca son separables, porque surgen directamente del misterio de la Encarnación. En la Carta a toda la Orden, reflexionando acerca del misterio eucarístico, exclama: «¡Oh, humildad sublime! Oh, sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e hijo de Dios, así se humilla hasta esconderse, para nuestra salvación, bajo la pobre apariencia de pan» (FF 221). Y, después de la experiencia de los Estigmas en el monte de Verna, se dirige a Dios diciendo: «Tú eres humildad» (Alabanzas a Dios Altísimo, FF 261).
El Cristo pobre y humilde no es para Francisco una imagen devocional entre otras, sino el nombre más preciso de ese Dios revelado en la Encarnación y la Pascua de su Verbo eterno. En la pobreza y la humildad él reconoce los rasgos mismos de Dios, que el hombre está llamado a vivir porque es creado a su imagen y semejanza.
Si la pobreza, en la forma radical vivida por Francisco, se refiere sólo a aquellos que se sienten llamados a una vocación similar, la humildad es un camino que todo bautizado está llamado a recorrer si quiere acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo.
Vale la pena, entonces, redescubrir el sentido auténtico de una palabra a menudo malentendida, a partir de su etimología. El latín humilitas está relacionado con humus, la tierra. El humilde es aquel que viene de la tierra, que pertenece a la tierra, que no se olvida de que es tierra. El gesto de las cenizas con el que se entra en la Cuaresma – «acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás» – no es una invitación a la tristeza ni al desprecio de sí mismo: es una restitución a la verdad. Es la manera en la cual la Iglesia nos entrega de nuevo nuestra medida más auténtica, liberándonos del peso sofocante de lo que no somos.
Sin embargo, la humildad ha sido a menudo malentendida. En el mundo clásico, este concepto tenía casi siempre una connotación negativa: indicaba lo que es insignificante, miserable, servil. Algunos filósofos (Spinoza y Nietsche) heredaron después esta desconfianza, leyendo en la humildad o una pasión triste nacida de la contemplación de la propia impotencia, o la virtud de los cobardes que convierten en valor lo que solamente es debilidad. También al interior de la historia espiritual cristiana la humildad ha conocido sus deformaciones: reducida a ejercicio de desprecio de sí mismo, a mortificación con fin en sí misma, a veces incluso a máscara de la hipocresía. Por ello se ha convertido en una palabra difícil de pronunciar y aún más difícil de encarnar.
Pero la humildad cristiana no tiene nada que ver con estas falsificaciones de ella. La tradición lo ha aclarado con lucidez: la humildad no es simplemente una virtud que se conquista con la voluntad. Es, más bien, una forma de habitar el mundo y las relaciones; es el fruto de una experiencia – a menudo marcada por las humillaciones mismas – que redimensiona la imagen inflada que tenemos de nosotros y nos restituye a la verdad. Es un don del Espíritu incluso antes que ejercicio ascético.
Jesús lo sabía tan bien que hizo de la humildad la única cualidad que, en todo el Evangelio, pidió explícitamente imitar. No dice: aprendan de mí a hacer milagros o resucitar a los muertos. Dice solamente: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En esa palabra resumió toda su forma de estar en el mundo. Los Padres han sacado de ello una conclusión radical: vivir la humildad no significa agregar algo a una vida normal cristiana, sino comprenderla hasta el fondo a la luz del Evangelio. El humilde es, simplemente, el cristiano. San Agustín, invitando a Dióscoro a abrazar la fe cristiana, escribe: «El camino de la verdad es el siguiente: el primero la humildad, el segundo la humildad, el tercero la humildad; y todas las veces que volvieras a preguntarme, te respondería siempre así» (Epístola 118, 3.22).
La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo empequeñece: lo entrega de nuevo a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión. El pecado original nace precisamente de un rechazo de la humildad: de no querer aceptarse como seres humanos, finitos y dependientes de Dios. La conversión, entonces, no puede ser comprendida de otra manera sino como un regreso a la humildad. No un abajarse, por debajo de la propia realidad, sino un entrar de nuevo en ella. Un descender de la falsa autoestima a la propia verdad por descubrir que esa verdad, en el fondo es, desde el principio, bendita.
Hacerse más pequeños
Si volvemos al encuentro de Francisco con los leprosos, podemos captar un aspecto aún más sorprendente de su intuición evangélica. Francisco era un hombre sediento de plenitud: buscaba gloria, perseguía sueños, deseaba vivir intensamente. Toda la vida había buscado convertirse en “más grande”: comerciante consolidado, caballero, hombre de prestigio. Pero esas aspiraciones no le habían restituido lo que buscaba. Cuando en cambio, se encuentra ante a uno “más pequeño” que él, ocurre lo inesperado: su verdadera grandeza emerge. No a través de la conquista, sino a través del abrazo. No ascendiendo, sino inclinándose.
Francisco comprende entonces algo sorprendente: en el mundo creado por Dios el lugar privilegiado es el de los pequeños. Precisamente en ellos se manifiesta ese “poder” del que habla el Evangelio, el de convertirse en hijos de Dios. Un hijo, de hecho, está absolutamente en paz con el hecho de tener que depender de un Padre. Por eso no tiene miedo de ser él mismo y no siente vergüenza al pedir. De esta libertad nace una fuerza particular: la capacidad de suscitar el bien en los demás. Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizás la energía más valiosa del mundo.
Por eso el pobrecillo de Asís pide a sus compañeros que se llamen «frailes menores». No para parecer más humildes, sino para vivir realmente como los pequeños: hombres que no ocupan todo el espacio, sino que lo abren a los demás. Ser pequeños, para Francisco, es la manera concreta de encarnar el Evangelio: radical apertura y hospitalidad al otro.
Para enseñar a sus frailes el valor de esta posición de segundo plano, Francisco los exhorta a ir a mendigar cuando el trabajo no basta para garantizar lo necesario.
«Y cuando sea necesario, vayan por limosna. […] y los frailes que trabajan para adquirirla tendrán gran recompensa y la hacen ganar y adquirir a aquellos que la entregan; porque todas las cosas que los hombres dejarán en el mundo perecerán, pero de la caridad y la limosna que han hecho recibirán el premio del Señor» (Regla no Bulada, IX, FF 31).
Ir a pedir limosna no era para Francisco una estrategia legítima – quizás incluso astuta – para obtener alimento y otros bienes materiales. Era una manera para activar en los demás la misericordia y la generosidad: para hacer vivir a los demás la misma experiencia que él había experimentado en el encuentro con los leprosos.
Jesús, en el Evangelio, insistió mucho en la pequeñez como clave del misterio del reino y como condición para poder acceder a él. Comparó la lógica del Evangelio con una semilla: pequeña, pero capaz de convertirse en un árbol que alberga a los pájaros entre sus ramas. Explicó a los discípulos – siempre tentados por sueños de grandeza – que sólo quien se hace pequeño como un niño puede entrar en el reino de los cielos. Más aún: que quien quiere ser grande debe convertirse en pequeño y hacerse siervo de todos.
¿No es este, en el fondo, el gran secreto de la Encarnación? ¿Por qué Dios, queriendo asumir nuestra humanidad, lo hizo haciéndose no sólo hombre, sino niño, naciendo en el vientre de la Virgen María? No solamente para suscitar asombro y maravilla, sino para despertar lo mejor de nuestra humanidad. Es frente a alguien que no suscita ni temor ni competencia que nosotros dejamos de tener miedo y vergüenza, y comenzamos de nuevo a entregar lo que somos.
Hacerse pequeños, entonces, no es una renuncia ni una disminución: es una dimensión esencial del ser cristianos. Es verdad, no toda forma de pequeñez es auténtica. A veces lo que llamamos humildad no es otra cosa más que la forma – sutil y engañosa – con la cual alimentamos nuestras inseguridades, autorizamos a nuestros límites a que nos dominen o nos sustraemos a las fatigas de la vida y las relaciones. Es una falsificación que asume muchas máscaras. Pero cuando elegimos convertirnos – no permanecer – pequeños porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por él, entonces esta decisión no es una forma de regresión o de renuncia: es el rostro del hombre nuevo, que el Bautismo nos restituye.
La conversión continua
Si la conversión es un cambio de sensibilidad que sana el desequilibrio producido por el pecado y nos restituye a la justa medida de nuestra humanidad – esa pequeñez que nos hace partícipes de la naturaleza de Dios – queda aún un último paso, quizás el más exigente: reconocer que la conversión nunca concluye.
A menudo imaginamos la conversión como un paso claro: antes el pecado, después la decisión de cambiar, finalmente el camino hacia la santidad. Es un esquema tranquilizador, pero la vida en el Espíritu es más compleja y más paciente de lo que pensamos. Pecado, conversión y gracia no son etapas sucesivas: en la vida concreta están entrelazadas. Seguimos siendo pecadores, estamos siempre en conversión y precisamente así somos santificados por el Espíritu. Convertirse significa comenzar de nuevo continuamente este movimiento del corazón, a través del cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios.
Este discurso, en el fondo, nos es familiar: cada Cuaresma nos recuerda la responsabilidad de verificar la vitalidad de nuestro bautismo. Sin embargo, cuando la conversión toma el rostro concreto de la pequeñez, algo en nosotros resiste. Aceptamos cambiar, pero nos cuesta trabajo dejarnos redimensionar. Preferimos reforzarnos más bien que empequeñecer nuestra imagen y nuestras exigencias.
Así el hombre viejo surge de nuevo, a veces en los vicios evidentes, otras en formas más sutiles e incluso religiosas: la necesidad de reconocimiento, la búsqueda de un rol, la autorreferencialidad. Por eso el combate es real: es la lucha por permanecer pequeños y humildes. Es ese incesante trabajo interior que nos libera de la imagen de nosotros mismos y nos hace capaces de ponernos realmente al servicio, de manera libre y concreta.
El apóstol Pablo conoce bien el combate para custodiar la pequeñez y la libertad de los hijos de Dios. En la Segunda Carta a los Corintios, acusado de debilidad mientras los otros – los «súper apóstoles» – se imponen con la fuerza, rechaza el camino del orgullo. No porque falten los argumentos, sino porque ha entendido algo decisivo: la debilidad no es una fase que hay que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo. Y escribe:
«Me enorgulleceré entonces gustoso de mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo. […] cuando soy débil, es entonces que soy fuerte» (2 Cor 12, 9-10).
No es sólo un gesto personal de humildad: es una declaración teológica. La pequeñez no es una estrategia ni una actitud exterior, sino la forma de la vida bautismal. El cristiano elige presentarse de manera desarmada porque sigue al Maestro, que se vació y transformó la cruz en fuente de vida.
A menudo, sin embargo, pensamos que la pequeñez evangélica es posible sólo cuando todo va bien. En realidad, ocurre lo contrario: es precisamente en los conflictos y las dificultades que se hace más necesaria. Cuando el instinto impulsa a defenderse o a imponerse, ahí se ve si hemos realmente aprendido el Evangelio de la cruz. La luz, de hecho, muestra su fuerza no cuando todo es claro, sino cuando reinan las tinieblas.
Sobre esta pequeñez se fundamenta el misterio de comunión en la Iglesia, como el Santo Padre nos recordó en su última audiencia:
«En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue entregándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Al contemplar este perenne milagro que ocurre en ella, comprendemos el “método de Dios”: él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, y sigue manifestándose y actuando» (León XIV, Audiencia General, 4 de marzo 2026).
En días que vuelven a estar marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez podría parecer un discurso abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad, es una responsabilidad concreta, ligada con el destino del mundo. La paz no nace sólo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran la valentía de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la venganza y la transgresión, de elegir el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negar su posibilidad.
Es un trabajo exigente y cotidiano. No podemos posponerlo ni delegarlo a los demás. Quien se reconoce como hijo de Dios sabe que esta conversión del corazón le corresponde personalmente. Por eso podemos hacer nuestras las palabras que San Francisco, al final de su vida, marcado por los Estigmas, no se cansaba de repetir a sus frailes:
«Comencemos, hermanos, a servir al Señor, Dios nuestro, porque hasta ahora poco hemos avanzado» (San Buenaventura, Leyenda Mayor XIV, 1; FF 1237).
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y desear siempre lo que a ti te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de sólo tu gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad sencilla vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

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