LA PASIÓN DE CRISTO ES UN ACTO DE ENTREGA TOTAL DE SU AMOR: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (29/03/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, pongámonos detrás de Él, sigamos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplemos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se hace don de amor.
Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras en torno a Él se está preparando la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer la vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.
Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14).
Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «He aquí que viene hacia ti tu Rey. / Él es justo y victorioso, / humilde, cabalga sobre un asno, / sobre la cría de una asna. / Hará desaparecer el carro de guerra de Efraím / y el caballo de Jerusalén; / el arco de guerra será roto, / anunciará la paz a las naciones» (Zac 9, 9-10).
Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos saca la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él de inmediato lo detiene diciendo: «Guarda tu espada en su sitio, porque todos los que toman la espada, morirán por la espada» (Mt 26, 52).
Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «no abrió la boca; era como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores» (Is 53, 7). No se armó, no se defendió, no combatió ninguna guerra. Manifestó el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.
Hermanos, hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede usar para justificar la guerra, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Aunque multiplicaran las oraciones, yo no escucharé: ¡sus manos están goteando de sangre!» (Is 1, 15).
Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantas mujeres y hombres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes están sin esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de todos los que están oprimidos por la violencia y de todas las víctimas de la guerra.
Cristo, Rey de la paz, sigue gritando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!
Con las palabras del Siervo de Dios, el Obispo Tonino Bello, quisiera encomendar este grito a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:
«Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que las injusticias de los pueblos tienen los días contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. […] Y que, finalmente, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera» (cf. Maria, donna dei nostri giorni).

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