LA VIDA LIBRE CONSISTE EN AMAR SIEMPRE Y ATRAVESAR EL DOLOR SIN DEJARSE VENCER: CUARTO SERMÓN DE CUARESMA DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (27/03/2026)
4. La libertad de los hijos de Dios
La perfecta alegría y la muerte como hermana
En estas meditaciones de Cuaresma, en el año en el cual la Iglesia celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, hemos elegido dejarnos acompañar por la figura del Poverello en el camino de conversión al Evangelio. En las primeras dos meditaciones contemplamos a Francisco en la tensión entre la grandeza de su vocación y la fragilidad de su humanidad: la conversión como camino de humildad y la fraternidad como lugar concreto en el cual es esa conversión se lleva a cabo y toma forma. En la tercera meditación nos detuvimos en la tarea de la misión: la forma en la cual Francisco anunció el evangelio no con la fuerza de las palabras o la eficacia de las estrategias, sino con la pobreza desarmada de una vida ofrecida. En esta cuarta y última meditación intentemos mirar el fruto más maduro de su experiencia: la libertad de los hijos de Dios. No esa de quién se sustrae al riesgo y el peso de la vida, sino la de quién ha aprendido, gradualmente y a través de muchas pruebas, que nada – ni siquiera el rechazo, la enfermedad o la muerte – puede nunca separarnos del amor de Dios.
La perfecta alegría
San Francisco vivió una experiencia espiritual de gran intensidad, pero no alejada de nuestra humanidad. No se hizo santo porque haya hecho cosas extraordinarias, sino porque aprendió a dejarse guiar por Dios dentro de lo concreto y la pobreza de su existencia. Por eso la tradición espiritual ha llegado a definirlo como un alter Christus, es decir un hombre que, acogiendo al Espíritu Santo con disponibilidad, se hizo semejante al Hijo de Dios encarnado. Las conversiones, las curaciones y los signos que ocurrieron en su peregrinación en este mundo no son otra cosa más que el reflejo de una inmersión plena y eficaz en la gracia de la vida nueva en Cristo. Tomás de Celano dice que, hacia el final de sus días, Francisco: «no era tanto un hombre que oraba, sino más bien el mismo totalmente transformado en oración viviente» (Tomás de Celano, Vida Primera 95, FF 682). Esto no significa que el Santo pasará todo el tiempo recitando fórmulas de oración, sino que toda su forma de vivir se había convertido en una continua oración, es decir expresaba una relación estable profunda, auténtica con Dios.
En los últimos años, sin embargo, la fe de San Francisco fue puesta a prueba por la sabiduría de Dios. Las Fuentes cuentan que Francisco atravesó una «grandísima tentación», una crisis larga y profunda, que lo sacudió «interior y exteriormente, espíritu y cuerpo» hasta el punto de que «rehuía la compañía de los hermanos, porque, sobrepasado por esa tortura, no lograba mostrárselos con su habitual serenidad» (Compilación de Asís, 63, FF 1591).
La Orden de los Frailes Menores ha crecido y se ha transformado, y a Francisco le cuesta trabajo reconocer en él, el espíritu que animó sus inicios. En la Porciúncula se siente hecho a un lado, casi inútil, incluso considerado como un «idiota». En este tiempo dramático y atormentado, Francisco abre su corazón a su amigo y compañero el hermano León. Mientras se encuentran juntos en Santa María de los Ángeles, Francisco elabora en voz alta su dolor contando una parábola. Pídele al Hermano Leon que enliste algunas cosas hermosas que podrían representar un orgullo para él y para la Iglesia: números vacaciones de hermanos santos, gran éxito en la predicación, curaciones, milagros, estimación por parte de los demás. Después le dice que escriba: «en todas estas cosas no está la verdadera alegría». El compañero, en este punto, pregunta perplejo: pero, entonces, «¿cuál es la verdadera alegría?». Francisco responde así:
«He aquí, yo vuelvo de Perugia y a la mitad de la noche llego aquí, y es tiempo de invierno fangoso y tan frío que en los bordes de la sotana se forman rocas de agua fría congelada, que me golpean continuamente las piernas, y de esas heridas sale sangre. Y yo, completamente en el fango y el frío y el hielo, llegó a la puerta y, después de que he tocado y llamado largamente, viene un hermano y pregunta: “¿Quién es?”. Yo respondo: “el Hermano Francisco”. Y aquel dice: “Lárgate, no es una hora decente esta para andar afuera, no entrarás”. Y ya que yo insisto una vez más, el otro responde: “Lárgate, tú eres un simple y un idiota, que no se puede venir a esta hora; nosotros somos muchos y tales que no necesitamos de ti”. Y yo me quedo todavía frente a la puerta y digo: “Por amor de Dios, recíbanme por esta noche”. Y aquel responde: “No lo haré. Vete al lugar del Crucificado y pregunta allá”. Yo te digo que, si he tenido paciencia y no me he inquietado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma» (De la verdadera y perfecta alegría; FF 278).
El relato tiene una estructura sencilla y sabia. Después de haber enlistado lo que no coincide con la verdadera alegría, se llega al punto clave: la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no consiguen quitarnos la paz.
La alegría verdadera no coincide con ese sentimiento que tenemos cuando las cosas van bien en nuestra vida recibe reconocimiento y consuelo, sino en la forma en la que reaccionamos en las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos. No se trata, naturalmente, de hacerse insensible al dolor. Francisco no busca un corazón anestesiado, sino que descubre que puede tener un corazón libre incluso en los más grandes sufrimientos. La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando hiere, sin ser sobrepasados por ella. Es allí donde la vida cristiana se hace concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo vayan las cosas, sino que como elegimos vivirlas. Lo dice también el apóstol Santiago:
«Consideren perfecta alegría, mis hermanos, cuando sufran toda clase de pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce la paciencia. Y la paciencia completa su obra en ustedes, para que sean perfectos e íntegros, sin que falte nada» (Santiago 1, 2-3).
La respuesta que Francisco indica no es huir del mal, ni negarlo, ni devolverlo. Es algo más profundo: absorberlo, sin dejarlo volver a salir de nosotros hacia los demás. Rechazar el convertirse en lo que nos ha herido. Es un camino exigente, pero liberador. Porque el mal, cuando lo recibimos, toca siempre algo vivo dentro de nosotros. Y es precisamente allí, en ese punto vulnerable, que pueden hacer la alegría perfecta: no como ausencia de heridas, sino como libertad para no dejarse definir por ellas. Es una libertad que no elimina el dolor, pero le impide tener la última palabra.
La plenitud de la vida
Esta capacidad de descubrirse alegres incluso en medio de las tribulaciones no es una meta espiritual reservada a pocos privilegiados, que han recibido el don de una especial intimidad con Dios. En el Evangelio, Jesús muestra que esta forma de vivir – libres incluso ante el odio y la persecución – es la forma más completa de la vida nueva en su nombre. Por eso al inicio de su ministerio público, subió a un monte y pronunció las Bienaventuranzas. No una ley, sino una promesa. No un programa de perfeccionamiento moral, sino la revelación de una felicidad ya actuante en el corazón de la realidad.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque tendrán en herencia la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando los insulten, los persiguen y, mintiendo, digan toda clase de males contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque grande es su recompensa en los cielos. Así, de hecho, persiguieron a los profetas que vinieron antes que ustedes (Mt 5, 1-12).
Estas palabras, que sabemos casi de memoria, son el corazón del Evangelio, porque desarman definitivamente la ilusión de qué la felicidad depende de las metas y los éxitos que en la vida podamos alcanzar – quizás incluso perseguir. Jesús señala las situaciones más incómodas y difíciles en las cuales podemos encontrarnos y afirma que precisamente allí se esconde una misteriosa plenitud de vida. Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Piden vivir más a fondo lo que vivimos, incluso cuando se muestra frágil e incompleto. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa al interior de nuestra experiencia concreta, dentro de lo que somos y de lo que estamos atravesando. No somos nosotros los que debemos construir o conquistar la felicidad: la bienaventuranza es una promesa ya depositada en nuestra vida, como un don del Padre. Se trata de aprender a reconocerla y a acogerla.
Existe, sin embargo, un aspecto decisivo que hay que subrayar. Las Bienaventuranzas no hablan solamente de un mañana en el que seremos recompensados por Dios: dicen que esta vida, así como es, es ya el lugar en el cual podemos saborear la plenitud de la vida. Y esto se hace posible porque esas palabras nacen de una mirada precisa: la de Jesús que nos revela lo que somos ante los ojos de Dios. Jesús observa a hombres y mujeres marcados por el cansancio, la pobreza, el dolor, la búsqueda. Y precisamente sobre ellos pronuncia una palabra de bendición. Es como si dijera: en eso que son y en eso que están buscando vivir, ya hay una plenitud destinada a madurar y a cumplirse.
Las Bienaventuranzas no trazan un camino heroico, sino que nos permiten ofrecer un consentimiento humilde a lo que se nos ha permitido vivir, incluso cuando cuesta trabajo, soledad y persecusiones. Ellas afirman que la realidad, así como es, puede convertirse en un lugar de felicidad. Esto significa que la vida no hay que posponerla ni idealizarla, sino acogerla en su trágico y sublime carácter concreto. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos a amor más grande, el que perdona. Es precisamente en esta adhesión a lo real en donde se abre una libertad nueva, capaz de ya no depender de las condiciones externas.
Este es el corazón de las Bienaventuranzas. Y eso es lo que Francisco intuyó al final de su experiencia humana y cristiana, cuando reveló al hermano Leon con una parábola el lugar en el que habita la alegría más auténtica.
Las consecuencias del amor
En la historia de la espiritualidad cristiana, los fenómenos místicos en los cuales el misterio del sufrimiento de Cristo se refleja en el cuerpo del creyente han sido a menudo malentendidos, a veces temidos, otras veces reducidos a eventos que hay que catalogar como prodigios inexplicables. El riesgo más sutil es dejarnos conducir por ellos hacia una imagen distorsionada de Dios: como si tuviera necesidad de nuestro dolor para estar satisfecho o ser glorificado, como si el sacrificio de Cristo le faltara aún algo, como si viviéramos aún en una lógica antigua de deuda y expiación.
Sabemos que las cosas no están en estos términos. Dios no necesita nada de nosotros, más que acojamos el don del sacrificio de Cristo y, mediante su asimilación progresiva, aprendamos a vivir el amor en su plenitud. Cuando Dios toca a un hombre en profundidad, no está, entonces, agregando dolor, sino que está transformando y transfigurando lo que ya está presente en su historia, haciéndolo convertirse en un signo y una consecuencia del amor.
Con esta conciencia podemos acercarnos al evento de los estigmas de Francisco, ocurrido en el monte Verna entre el verano y el otoño de 1224, dos años antes de su muerte, en el tiempo que va desde la Fiesta de la Asunción a la de San Miguel. Las fuentes cuentan que, al final de una cuaresma vivida en honor al Arcángel, Francisco tuvo la visión de un Serafín crucificado y que, a partir de ese encuentro, su cuerpo fue marcado por los clavos en las manos y los pies y por la herida del costado (cf. Tomás de Celano, Vida Primera, 94-95; FF 485-486). Pero para comprender lo que ocurre en el Verna es necesario mirar la condición en la cual Francisco llega. Las heridas ya estaban presentes en el, aún antes de hacerse visibles. El cuerpo era puesto a prueba, los ojos marcados por una enfermedad que lo estaba llevando hacia la ceguera. El alma estaba atravesada por la «gran tentación»: la Orden crecía sin medida, asumiendo formas que él ya no reconocía, y los hermanos – engendrados por él – se alejaban de su radicalismo evangélico. Se sentía hecho a un lado, percibido como un peso. Subía al monte no como vencedor, sino como hombre herido.
Es precisamente aquí donde la experiencia mística muestra su significado más verdadero. Dios no interviene agregando nuevas laceraciones, sino transformando las que ya habitan la vida. Los sufrimientos de Francisco – el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad de quien se ha entregado sin reservas – dejan de ser un peso mantenido dentro y se convierten en lugar de relación. Lo que parecía separarlo de los demás se convierte en lo que lo une a Cristo y, como consecuencia, lo reconcilia con los hermanos. Las palabras que el apóstol Pablo escribe al final del Capítulo 8 de la Carta a los Romanos expresan de manera adecuada este paso crucial de la vida de San Francisco:
«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quizás la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? […] Yo estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni porvenir, ni poderes, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra criatura nunca podrá separarnos del amor de Dios, que está en Jesucristo, nuestro Señor» (Rom 8, 35. 38-39).
Los estigmas no son un prodigio que hay que observar la distancia, ni un privilegio reservado a pocos elegidos. Son el signo visible de una transformación interior: el punto en el cual las heridas no se encierran en la dureza, si no se abren a la relación. Este es el don del Verna: las derrotas del hombre – fracasos, enfermedades, desilusiones en las relaciones – pueden convertirse en lugares en los cuales nuestra humanidad cambia. El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra. Francisco desciende del Verna con el cuerpo marcado y el corazón libre: capaz de mirar a los hermanos con paciencia, debe desear su bien precisamente dentro de sus límites. Ha pasado de la muerte a la vida.
Esta historia, contada una vez más después de 800 años, es una buena noticia porque se refiere a cada uno de nosotros. Los dolores de la vida dejan en nosotros signos que no siempre comprendemos y que a menudo nos cuesta trabajo aceptar. Son heridas que permanecen abiertas a dos posibilidades: pueden encerrarnos en el resentimiento o en la huida, o convertirse en espacios de crecimiento y libertad.
En la medida en que logremos acoger nuestras heridas, descubrimos que pueden ser transfiguradas por el Espíritu de Cristo para asumir un renovado valor simbólico. Siguen siendo heridas, pero se convierten en signo de una pertenencia más profunda, certificando el que nos hayamos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Entonces las palabras de Pablo se vuelven comprensibles y significativas también para nosotros: «De ahora en adelante que nadie me moleste: yo llevo los estigmas de Cristo en mi cuerpo» (Gal 6, 17). El sufrimiento no desaparece, pero ya no tiene el poder de encerrarnos. En el fondo del corazón descubrimos que tenemos una paz que nada ni nadie nos puede quitar.
Hermana Muerte
Existe un antiguo dicho en la tradición india que compara la vida humana con las cuatro estaciones: la primavera para aprender, el verano para enseñar, el otoño para retirarse al bosque y meditar, el invierno para aprender a mendigar. Francisco las atravesó todas. Aprendió en la juventud inquieta de Asís, enseñó en los años de la predicación y la fundación de la Orden, se retiró a la soledad del Verna y de sus ermitas. Pero es en el invierno de la vida, en los meses que precedieron su muerte, donde realizó el gesto más difícil: aprende a mendigar. No el pan – ese siempre lo supo pedir. Aprende a mendigar consuelo, cercanía, ternura. Aprende a recibir.
En los últimos meses Francisco se hace acoger en el palacio del Obispo de Asís. Es un detalle que impacta. Ese hombre que había hecho de la pobreza la marca de su vida, que se había despojado de todo ante su padre y el obispo, acepta ahora ser cuidado en un lugar protegido. No es una contradicción. Es la coherencia de quién ha aprendido que también recibir es un acto de humildad. La pobreza de los inicios deja el lugar a algo más auténtico: la pobreza de quién sabe que necesita de los demás tanto para vivir como para morir.
En esa morada donde es hospedado, Francisco pide a los hermanos que canten las Alabanzas a Dios para curar su dolor. Las hacía cantar incluso de noche. Y cuando el hermano Elías le hizo notar que esa alegría habría podido sorprender a quien lo sabía cercano a la muerte, Francisco responde:
«Hermano, deja que yo goce en el Señor y en sus Alabanzas en medio de mis dolores, porque, con la gracia del Espíritu Santo, estoy tan estrechamente unido a mi Señor que, por su misericordia, ¡bien puedo gozarme en el Altísimo!» (Compilación de Asís 99: FF 1637).
Cuando después el médico le dice que la muerte era inminente, quiere saber con certeza:
«Dime la verdad, ¿qué prevés? No tengas miedo porque, con la gracia de Dios, no soy un cobarde que teme a la muerte» (Compilación de Asís 100: FF 1637). A la noticia responde con una palabra que desarma: «¡Bienvenida, mi hermana Muerte!». Precisamente así había llamado a la muerte, cuando había agregado a su Cántico de las Criaturas la última estrofa:
«Alabado seas, mi Señor, / por nuestra hermana la Muerte corporal, / de la cual ningún hombre vivo puede escapar» (Cántico del Hermano Sol 27-29; FF 263).
Esa palabra – hermana – no es una metáfora consoladora. Es el fruto de un largo camino de reconciliación. Como dice la Carta a los Hebreos, el diablo nos tiene como esclavos toda la vida por miedo a la muerte (cf. Heb 2, 15). Por eso todos intentamos evitarla y huir de ella de todas las maneras, mientras nos es posible hacerlo.
Pero cuando el amor de Cristo logra moldear en nosotros una vida nueva, ese miedo se disuelve lentamente, y la muerte cambia de rostro, transformándose en la última y definitiva ocasión de conversión: el momento en el que se deja ir todo lo que aún nos retiene y nos entregamos, sin reservas, a la mirada justa y misericordiosa del Padre.
Consciente de que el fin estaba cerca, Francisco quiso además dejar el Palacio de obispo y hacerse llevar a la Porciúncula, en el lugar para él más querido del mundo. Las fuentes cuentan que entre sus últimos deseos estuvo también el de recibir la visita de la señor Jacopa dei Settesogli, la amiga romana que por años lo había apoyado con efecto fiel. Por eso le escribió una nota, pidiéndole que viniera a buscarlo y que le trajera esos dulces que ella sabía preparar y que a él le gustaban tanto. Es el gesto de un hombre que todavía desea, por última vez, un rostro amigo y un poco de dulzura:
La señora Jacopa llego aún antes de que la carta fuera enviada, inspirada por Dios: «Así ella entró con el bienaventurado Francisco, derramando frente a él muchas lágrimas» (Compilación de Asís 8; FF 1548). En esa escena – un hombre enfermo, una amiga llorando, los hermanos alrededor, el canto de las alabanzas nocturnas – se realiza el último acto de la pobreza evangélica de Francisco. No la de los inicios, hecha de gestos de ruptura radical, sino la más difícil: la de quién acepta ser visto en su propia fragilidad, de quién ya no tiene nada que demostrar y nada que defender, de quién sabe que necesita de los demás para ese paso que, finalmente, se enfrenta solos. Francisco muere así, después de haber aprendido la lección más alta: que recibir es la forma más pura del don, y que dejarse amar hasta el final es la más grande de las libertades.
Desnudo sobre la tierra desnuda
Las biografías oficiales han elegido narrar la muerte de Francisco de manera distinta. Todo lo que recordaba a un hombre necesitado es atenuado o dejado en el trasfondo. En ellas emerge sobre todo la figura del santo, del héroe cristiano, del testigo ejemplar de la perfección evangélica. Bonaventura presenta a Francisco como aquel que «quería pagar su deuda en la muerte» (Leyenda Menor 7, 3; FF 1386), con la conciencia de un caballero que va al encuentro de su adversario. Toda su existencia aparece como un camino de ascenso hacia la plenitud, y la muerte como su digno cumplimiento.
Y, sin embargo, precisamente dentro de este tipo de narración alta y luminosa, las mismas fuentes conservan un detalle que no es posible eliminar, porque es demasiado verdadero.
«Acabado por esa enfermedad tan grave, que puso fin a todos sus sufrimientos, se hizo colocar desnudo sobre la tierra desnuda, para estar preparado en esa hora extrema, en la cual el enemigo habría podido todavía desfogar su ira, al luchar desnudo con un adversario desnudo» (Tomás de Celano, Vida Segunda 214; FF 804).
Desnudo sobre la tierra desnuda: no es una imagen ascética ni un desafío simbólico para la muerte, sino el cumplimiento coherente de toda una existencia. La expoliación había sido el hilo conductor de todo su camino: años antes, en la plaza de Asís, frente a su padre Pietro de Bernardone y el Obispo Guido, Francisco se había quitado toda la ropa, devolviendo todo y eligiendo ya no fundar su identidad en una posición, en un rol, en un nombre. Ese día se había vestido con el hábito como se viste una libertad. Ahora, al final de peregrinación, tampoco ese último hábito sirve ya. No porque sea despreciado, sino porque ya no es necesario. Francisco ha terminado su viaje y se ha reconciliado, finalmente, con su propia historia, con lo que ha vivido y también con lo que no ha logrado cumplir. Ya no tiene nada que tener y nada de qué avergonzarse: cada P. de su vida se ha dejado iluminar por la gracia. Ha combatido la buena batalla de la fe: se ha convertido en un hijo de Dios auténtico.
En la Escritura la desnudez no es un detalle marginal, sino que custodia el secreto de la relación entre el hombre y Dios. «El hombre y su mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza» (Gen 2, 25): al principio la desnudez es transparencia, más aún, es la condición de quien vive sin defensas porque recibe todo como don. Es la serpiente quien introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida. Desde aquel momento la desnudez se vuelve vergüenza, la muerte terror, y el cuerpo un lugar de tensión. Sin embargo, dios no abandona al hombre en este miedo: toda la historia bíblica habla de un dios que sigue buscando al hombre para restituirle confianza. Cristo lleva esta historia a su cumplimiento en la cruz, desnudo, expuesto, mientras sigue bendiciendo. Es allí donde Dios llega al hombre en el punto más frágil de su existencia y extingue definitivamente la sospecha sobre la vida y la muerte. El antídoto al miedo no es una defensa más fuerte, sino lo contrario: dejar de defenderse, extender los brazos y aprender a recibir.
Francisco lentamente ha asimilado este secreto, entrenándose toda la vida para volver a su propia desnudez de criatura. Toda expoliación ha sido un acto de confianza, toda renuncia un paso hacia una libertad más profunda. Pero la desnudez es final de la Porciúncula no es solamente la coherencia de un camino ascético: es la reconciliación de un hombre consigo mismo. En el curso de su vida Francisco había atravesado muchas identidades – el hijo del mercader, el joven ambicioso, el caballero fracasado, el convertido, el fundador, el predicador, el enfermo, incluso el hombre herido y malentendido – y ahora, tendido sobre la tierra, todo esto se disuelve. Permanece solamente lo esencial: una criatura en medio de otras criaturas, en paz frente a su Creador, necesitada de todo y, precisamente por eso, lista para recibir todo con gratitud.
Es por eso que la Iglesia lo reconoce como santo. No ante todo por lo que hizo, sino por aquello en lo que supo convertirse. Francisco custodio su humanidad hasta el final, sin esconderla y sin hacerla rígida. Aprendió a aceptar su propia fragilidad, a vivir como hijo y como hermano, sin avergonzarse más de su propia pequeñez. Y precisamente en esta pequeñez acogida encontró la libertad más grande: la de ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo con generosidad, sin medida, sin cálculo y sin defensas.
Conclusión
El camino de Francisco de Asís no es una excepción reservada a pocos, sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a todo bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin ser vencida por él. Es una gracia real, accesible, que nos permite reconocer en toda realidad – incluso en la muerte – el rostro de un Padre que nunca nos abandona.
Ante este testimonio, la tarea de nosotros los pastores es tan importante como delicada. No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizante o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo a buen precio, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos a la vida eterna.
El Evangelio no nos invita a vivir menos, ni a huir del peso y las dificultades de la realidad. Nos autoriza, más bien, a desear la vida en la mayor intensidad posible, acogiendo con humildad la cruz y el pan de cada día. El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos permite un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios. Es responsabilidad de los pastores de la Iglesia custodiar esta verdad sin atenuarla, señalando caminos que abran las puertas hacia la plena madurez en Cristo.
En este año en el cual contemplamos a Francisco, dejémonos provocar por su testimonio evangélico. No se trata de imitar sus gestos, sino de hacernos inquietar por el deseo que yo cada paso de su vida: conocer a Cristo, «el poder de su resurrección, la participación en sus sufrimientos, haciéndolos conformes en la muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de los muertos» (Flp 3, 10).
Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de sólo tu gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad sencilla vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

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