DIOS SIEMPRE DA LUZ, ESPERANZA Y PAZ: HOMILÍA EN LA PARROQUIA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (15/03/2026)
Muy queridos hermanos y hermanas:
Nuestra celebración eucarística, hoy, está más que nunca marcada por la alegría. De hecho, la belleza de este nuestro encuentro se inserta en el contexto del domingo llamado “Laetare”, es decir “alégrate”, a partir de las palabras de Isaías: «Alégrate, Jerusalén» (Antífona de entrada, cf. Is 66, 10).
Esto nos hace reflexionar. Actualmente en el mundo muchos de nuestros hermanos y hermanas sufren debido a conflictos violentos, provocados por la absurda pretensión de resolver los problemas y las diferencias con la guerra, mientras que hace falta dialogar sin tregua por la paz. Alguno, además, pretende incluso involucrar el nombre de Dios en esta decisión de muerte, pero Dios no puede ser sometido por las tinieblas. Él viene, sobre todo, siempre, a dar luz, esperanza y paz a la humanidad, y es la paz que deben buscar aquellos que lo invocan.
Es el mensaje de este domingo: más allá de cualquier abismo en el que el hombre pueda caer, a causa de sus pecados, Cristo viene a traer una claridad más fuerte, capaz de liberarlo de la ceguera del mal, para que inicie una vida nueva.
El encuentro entre Jesús y el ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41), de hecho, puede ser comparado con la escena de un parto, gracias al cual éste, como un niño que es dado a luz, descubre un mundo nuevo, viéndose a sí mismo, a los demás y a la vida con los ojos de Dios (cf. 1 Sam 16, 9).
Preguntémonos entonces: ¿en qué consiste esta mirada? ¿Qué es lo que revela? ¿Qué quiere decir “mirar con los ojos de Dios”?
Según lo que relata el evangelista Juan, significa ante todo superar los prejuicios de quien, ante un hombre que sufre, ve sólo un rechazado al cual despreciar, o un problema que hay que evitar, encerrándose en la torre blindada de un individualismo egoísta. Muchas veces se escucha decir frases del tipo: “Mientras las cosas iban bien, eran muchos los amigos; en el momento de la prueba, sin embargo, muchos se fueron, desaparecieron”. Jesús no actúa así: mira al ciego con amor, no como un ser inferior o una presencia molesta, sino como una persona querida y necesitada de ayuda. Así su encuentro se convierte en una ocasión para que en todos se manifieste la obra de Dios.
En el “signo”, en el milagro, Jesús revela su poder divino y el hombre, casi recorriendo los gestos de la creación – el lodo, la saliva – vuelve a mostrar plenamente su belleza y dignidad de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Así, al recuperar la vista, se convierte en testigo de luz.
Es verdad, esto implica un esfuerzo: debe acostumbrarse a muchas cosas antes desconocidas, aprender a distinguir los colores y formas, reorganizar sus relaciones, y no es fácil. Más bien, la hostilidad que lo circunda crece, lo provoca, y ni siquiera sus padres tienen la valentía de defenderlo (cf. Jn 9, 18-23). Parece casi, de manera absurda, que quien está cerca de él quiere borrar lo que ha ocurrido. Y no sólo eso: en el interrogatorio al que es sujeto el ciego que ahora nos ve, quien es procesado es sobre todo Jesús, acusado de haber violado, por curarlo, el día del sábado.
Se revela, así, en los presentes, otra ceguera, distinta y aún más grave: la de no ver, precisamente ante ellos, el rostro de Dios, por lo cual intercambian la posibilidad de un encuentro salvífico con la estéril seguridad que les da la observancia legalista de una disciplina formal. Ante tal cerrazón Jesús no se detiene, mostrando que no hay “sábado” que pueda obstaculizar un acto de amor. Por lo demás, el sentido del reposo sabático, para el pueblo de Israel – y para nosotros del domingo, día del Señor – es precisamente el de celebrar el misterio de la vida como un don, ante el cual nadie puede ignorar el grito de ayuda del hermano y la hermana que sufren.
Quizás, a veces, en tal sentido, ciegos podemos serlo también nosotros, cuando no nos damos cuenta de los demás y de sus problemas. Jesús, en cambio, nos pide vivir de manera distinta, como bien había comprendido la primera comunidad cristiana, en la cual los hermanos y hermanas, constantes en la oración, compartían todo con alegría y sencillez de corazón (cf. Hch 2, 42-47). No es que faltaran, mucho menos en esos tiempos, tribulaciones y obstáculos. Pero ellos no se rendían: fuertes en el don del Bautismo, se esforzaban igual por vivir como nuevas criaturas, viviendo en comunión y en paz con todos y encontrando en la comunidad una familia que los acompañaba y apoyaba.
Muy queridos todos, son estos los frutos que estamos llamados a dar como hijos de la luz (cf. 1 Tes 5, 4-5); y su Parroquia desde hace cerca de noventa años vive con fidelidad esta misión, con especial cuidado de las situaciones de pobreza, de marginación y emergencia, con atención a la presencia, en su territorio, de la Casa de reclusión de Rebibbia, y con muchos otros signos de sensibilidad y solidaridad.
Sé que ayudan a muchos hermanos y hermanas, provenientes de otros países, a insertarse aquí: a aprender el idioma, a encontrar una casa digna y a ejercer un trabajo honesto y seguro. No faltan las dificultades, por desgracia a veces acentuadas por quienes, sin escrúpulos, se aprovechan de la condición de indigencia de los más débiles para lograr sus propios intereses. Estoy, sin embargo, al corriente de lo que todos ustedes se esfuerzan para hacer frente a estos desafíos, a través de los servicios de Caritas, las Casas-familia para la acogida de mujeres y madres en dificultad y muchas otras iniciativas. Así como también conozco la vitalidad y generosidad con la que se esfuerzan por la educación de los jóvenes y los adolescentes, con el Oratorio y otras propuestas formativas.
San Agustín, hablando del rostro de Dios, del cual estamos llamados a ser espejo en el mundo, decía a los cristianos de su tiempo: «¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, cuáles pies, cuáles manos? […] Tiene los pies, que conducen a la Iglesia; tiene las manos, que dan a los pobres; tiene los ojos, con los que se puede conocer al que está en la necesidad» (En Epistolam Joannis ad Parthos, 7, 10) y agregaba, refiriéndose a la caridad: «Ténganla, abrácenla: nada es más dulce que ésta» (ibid.).
Muy queridos hermanos y hermanas, este es el don de luz que les es confiado, para que lo hagan crecer en ustedes y entre ustedes en toda su dulzura y lo difundan en el mundo, con la oración, la frecuencia de los Sacramentos y la caridad. Sigan esforzándose así en su camino.
Que el Sagrado Corazón de Jesús, al que su Parroquia está dedicada, moldee y proteja cada vez más a esta bella comunidad, para que, con los mismos sentimientos de Cristo (cf. Fil 2, 5), viva y de testimonio con alegría y dedicación del tesoro de gracia que han recibido.

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