LA FRATERNIDAD NO ES UN IDEAL, SINO UNA RESPONSABILIDAD: SEGUNDO SERMÓN DE CUARESMA DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (13/03/2026)

La gracia y la exigencia de la comunión fraterna estuvieron en el centro de la segunda meditación de Cuaresma pronunciada la mañana de este 13 de marzo, en el Aula Pablo VI, en presencia del Papa León XIV. El P. Roberto Pasolini, ofmcap., Predicador de la Casa Pontificia, se detuvo en la intuición de San Francisco al considerar las relaciones interpersonales como una oportunidad para aprender la lógica del Evangelio. Compartimos a continuación el texto de su predicación, traducido del italiano:

2. La fraternidad
La gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna

En la primera meditación cuaresmal entramos en el corazón de la conversión de Francisco. Vimos cómo la gracia obró en él un verdadero cambio de gusto, una modificación de la sensibilidad que transformó la manera en la cual el Poverello de Asís se miraba a sí mismo, a los demás y a la realidad. El encuentro con los leprosos, la progresiva separación de las ambiciones de su tiempo, la elección de la humildad como forma concreta de la vida bautismal nos mostraron que la conversión no nace ante todo de un esfuerzo de la voluntad, sino de la respuesta a un Dios que con su gracia nos precede y nos llama. Es un camino que no se realiza una vez por todas, sino que continuamente vuelve a comenzar.

Esa conversión, sin embargo, no permaneció para Francisco como una experiencia solitaria. En un cierto punto, el Señor le dio hermanos. Y es precisamente este don, inesperado y gratuito, pero también profundamente exigente, el que está en el centro de la meditación de hoy. La fraternidad no es un accesorio de la vida espiritual, ni solamente un contexto favorable en el cual crecer más fácilmente en la gracia. Es el lugar en donde la conversión se realiza realmente: el campo de pruebas más serio y, al mismo tiempo, el+ elocuente de lo que el Evangelio puede realizar en nuestra vida.

El camino que intentaremos recorrer se articula en cinco etapas. Ante todo, el origen de la fraternidad franciscana como don recibido. Después el realismo de la Escritura ante la fraternidad negada, con el relato de Caín y Abel. Posteriormente la exigencia de un amor que va más allá de la simple cordialidad. Después el fundamento cristológico sin el cual ningún vínculo fraterno puede realmente regir. Y finalmente el horizonte escatológico, en el cual la fraternidad de vida se convierte ya, de alguna forma, en anticipo de la vida eterna.

El don de los hermanos

Al inicio de su conversión Francisco vivía solo. Después el Señor le dio hermanos, y para él fue una gran sorpresa. En el Testamento lo recuerda así:

«Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio» (Testamento 14, FF 116).

Francisco no había pensado en fundar un grupo religioso. La llegada de los compañeros Bernardo y Pedro lo obligó a volver a ponerse a la escucha de Dios y a preguntarse de nuevo cuál sería su voluntad. Los tres entraron entonces en una iglesia, abrieron los textos sagrados y buscaron ahí su camino. Comprendieron que deberían vivir según el Evangelio: trabajando con sus manos, en comunión con la Iglesia, anunciando la penitencia y alternando momentos de retiro con la vida entre la gente.

Así nació la fraternidad. En ella podían encontrarse nobles y gente del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los hermanos no hubiera relaciones de poder o superioridad, como ocurría en la sociedad de su tiempo. Todos debían llevar el mismo nombre: hermanos menores. La forma de la primera fraternidad franciscana buscaba ser fiel a la enseñanza de Jesús: «Uno solo es su maestro y ustedes son todos hermanos. Y no llamen a nadie “padre” en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo» (Mt 23, 8-9).

Leyendo los escritos de Francisco se advierte de inmediato su deseo por una fraternidad viva, intensa y llena de calor humano. No sorprende entonces que en las Reglas aparezcan indicaciones muy claras y concretas:

«Que todos los hermanos no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera que entre ellos quiera convertirse en mayor, que sea su ministro y siervo; y quien entre ellos es mayor, se haga como el menor. Y que ningún hermano haga mal o hable del mal a otro; sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, de buena voluntad se sirvan y obedezcan mutuamente» (Regla no Bulada V, 9-13, FF 19-20).

Y nuevamente:

«Y que donde quiera que estén y se encuentren los hermanos, se muestren entre sí familiares uno con el otro. Y que cada uno manifieste al otro con seguridad sus necesidades, porque si la madre alimenta y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más con cuidado uno debe amar y alimentar a su hermano espiritual?» (Regla Bulada VI, 7-8, FF 91-92).

En estas palabras se percibe el mismo espíritu que animaba a las primeras comunidades cristianas: «La multitud de los que se habían vuelto creyentes tenía un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba como su propiedad lo que le pertenecía, sino que entre ellos todo era común» (Hch 4, 32).

Sin embargo, la fraternidad no fue en realidad una experiencia fácil para Francisco y sus compañeros. Algunos pasajes de la Regla no Bulada permiten percibir tensiones y dificultades muy concretas. Las palabras de Francisco parecen nacer precisamente de situaciones vividas: «Y que todos los hermanos se cuiden de calumniar a alguien, y eviten las disputas de palabras […] Y que no discutan entre ellos […] Y que no se enfurezcan […] Que no juzguen, que no condenen» (Regla no Bulada XI, 1-13, FF 36-37).

De estas palabras se comprende por qué Francisco estaba convencido de que la vida de los hermanos debía tener como única medida el Evangelio. La fraternidad no era – y no es – ciertamente un lugar en el cual refugiarse para vivir tranquilos, como si fuera suficiente estar juntos para encontrar paz. Es más bien el espacio en el cual cada uno es reconducido a las profundidades de su corazón, con todas sus sombras y resistencias.

Los hermanos son un don del Señor. Pero, precisamente por eso, no tienen simplemente la función de ayudarnos o apoyarnos a lo largo del camino: se nos confían para que nuestra vida pueda cambiar. A través de ellos nuestro corazón está llamado a convertirse, pasando – como dice la Escritura –del corazón de piedra al de carne. Los hermanos, de hecho, no nos son dados para confirmar lo que ya somos, sino para transformarnos. En su diversidad, en sus límites y a veces también en sus fatigas, ellos se convierten en el espacio concreto en el cual Dios trabaja nuestra humanidad, suavizando nuestras rigideces y enseñándonos a vivir con un corazón más verdadero y más capaz de amar.

Incluso la palabra griega que indica el término hermano alude a este misterio. Adelphós significa literalmente “aquel que viene del mismo vientre”. Según el Evangelio, esté vientre común no coincide simplemente con nuestra humanidad, sino que hunde sus raíces en Dios, ese Dios que nadie nunca ha visto y que el Hijo nos ha revelado (cf. Jn 1, 18). Es precisamente esto lo que hace a la fraternidad tan valiosa como exigente: el otro no es como yo ni me pertenece, sino que viene de Dios.

Nos convertimos en hermanos

Con gran realismo, la Escritura cuenta que reconocer al otro como hermano no es en realidad algo inmediato. Remontándose a las raíces de la violencia que atraviesa la historia humana, el relato de Génesis 4 reconoce, a través de la sufrida relación entre Caín y Abel, que la fraternidad es, ante todo, negada. Es como si ese relato respondiera a la pregunta del profeta Malaquías: «¿Acaso no tenemos todos nosotros un solo padre, acaso no nos creó un único Dios? ¿Por qué entonces actúan con perfidia uno contra otro, profanando la alianza de sus padres?» (Mal 2, 10). El centro de este texto, tan duro y tan verdadero, no es tanto el homicidio sino la falta de fraternidad.

El centro de esta herida original está totalmente en un problema de mirada. El relato del Génesis dice simplemente que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es muy sobrio y no explica el motivo; por ello, a lo largo de los siglos, se han multiplicado los intentos de interpretación. Uno de los más plausibles nace precisamente a partir de un detalle del relato: Abel ofrece a los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín presenta simplemente algunos frutos de la tierra. Abel parece involucrarse a sí mismo en el don, ofreciendo lo que tiene como más suyo y valioso; Caín, en cambio, parece limitarse a dar cualquier cosa. No es tanto la calidad de la ofrenda la que hace la diferencia, sino el hecho de que aquello que se ofrece represente realmente la propia vida. Por eso Dios no acoge el don de Caín: no para condenarlo, sino para provocarlo. Aceptar ese gesto significaría dejarlo con la convicción de no tener realmente nada bueno que ofrecer. Dios, en cambio, parece querer ayudarlo a creer que también su vida puede convertirse en don.

Caín, sin embargo, no interpreta así el gesto de Dios. No responde a su palabra y no habla con Abel. El relato se vuelve cada vez más esencial, hasta el gesto trágico. Caín arremete contra su hermano y lo asesina. No es solamente un acto de violencia, sino el signo de una relación que ya se ha vuelto insoportable. Después del delito, el sentido de culpa lo abruma. Y es entonces que Dios interviene de nuevo, de manera sorprendente: no elimina a Caín, sino que lo protege, colocando sobre él un signo para que nadie lo asesine. Incluso después del mal cometido, Dios no lo abandona.

Este relato nos coloca frente a una pregunta que no podemos evitar: ¿quién es Caín dentro de nosotros? La tentación más espontánea es identificarnos con Abel: la víctima inocente, el justo incomprendido, aquel que ofrece todo y no recibe nada a cambio. Es una posición tranquilizante, incluso edificante. Pero la Escritura no nos deja en esta comodidad. Nos pide un paso más honesto y difícil: reconocer que la historia de Caín se refiere a nosotros muy de cerca.

Dentro de cada uno de nosotros habita la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se vuelva distancia y la distancia se transforme en una forma de violencia. No necesariamente física, pero real: el silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia construida como un muro. También nosotros, muy a menudo, pronunciamos la palabra “hermano” y hablamos de “fraternidad” más con los labios que con el corazón. La usamos en los discursos, en los textos, en las narraciones que hacemos de nosotros mismos, pero qué difícil es hacerlas verdaderas en las decisiones cotidianas.

La reacción de Caín nace de algo muy sencillo: la presencia del otro. Abel no hace nada contra él. Vive, ofrece a Dios lo que tiene y es mirado con favor. Pero precisamente esto basta para perturbar a Caín, porque el otro le recuerda una verdad difícil de aceptar: que no estamos solos y que no somos todo. Cuando no logramos estar en paz con esta realidad, la presencia del otro puede convertirse en insoportable.

El don de la fraternidad comienza a convertirse en real cuando dejamos de señalar con el dedo hacia el otro y comenzamos a reconocer que los potenciales responsables del mal podríamos ser ante todo nosotros. Este paso decisivo en el proceso de conversión es válido de manera particular para nosotros los cristianos. Nos gustaría presentarnos ante el mundo como aquellos que ya han resuelto el problema de la fraternidad: como los buenos que ayudan a los demás, como los testigos de un amor que funciona siempre. Pero, por fortuna, las cosas no están exactamente así.

El Evangelio abre una perspectiva distinta, mucho más liberadora. Las personas que logran realmente hacer el bien no son los “buenos”, sino aquellos que han tenido el valor de reconocer su propia sombra. No quien se ha construido una buena imagen, sino quien ha visto la propia violencia posible y la ha entregado a Dios, descubriendo que su rostro es lento a la ira y grande en la misericordia. La fraternidad auténtica no nace de quién nunca ha herido a nadie, sino de quién ha reconocido que puede ser capaz de ello y decide no hacerlo más. Es lo que enseña la experiencia de la misericordia: quien sabe que ha sido perdonado, aprende a no devolver el mal.

Amar más

Reconocer que dentro de nosotros habita también la posibilidad de Caín no es la conclusión del camino, sino el inicio. De inmediato nos hace una pregunta muy concreta: ¿cómo se manifiesta en la vida de cada día, esta falta de fraternidad? No siempre – más aún, casi nunca – en las formas extremas de violencia física. Más a menudo toma formas más sutiles, pero no menos dolorosas. Podemos hacer al otro a un lado, ignorar lo que dice, vaciar de importancia lo que hace. A veces buscamos incluso reducir su espacio junto a nosotros, como si su presencia fuera un problema que hay que controlar.

La tradición franciscana conserva una carta que Francisco escribió a un ministro suyo entre 1221 y 1223, cuando la Orden estaba creciendo rápidamente y comenzaban a aparecer las inevitables tensiones de la vida fraterna. El destinatario es un hermano ministro cansado y desanimado: algunos hermanos de comunidad tienen comportamientos difíciles y él siente que esto le impide vivir bien su relación con Dios. Por eso piensa que la solución puede ser alejarse, quizá retirarse a una ermita para encontrar un poco de paz.

Francisco le responde de manera sorprendente. No le dice que corrija a los hermanos, ni que se aleje. Le propone en cambio mirar precisamente esa dificultad como el lugar en donde seguir realmente a Cristo. Por eso lo exhorta a considerar incluso los obstáculos y ofensas como ocasiones de gracia:

«Esas cosas que te son un impedimento en amar al Señor Dios, y cada persona que te sea de obstáculo, ya sean hermanos u otros, aún si te cubrieran de palizas, todo eso debes considerarlo como una gracia y así debes querer y no de otra manera. Y ama a aquellos que actúan contigo de esta manera, y no exijas de ellos nada más sino lo que el Señor te dará a ti. Y en esto ámalos y no pretendas que sean mejores cristianos. Y que esto sea para ti más que estar en una ermita» (Carta a un ministro, FF 234).

En esta perspectiva la fraternidad no es un problema que hay que soportar, sino el lugar en donde se verifica la verdad de nuestra vida espiritual. Francisco llega a decir que el signo distintivo del Evangelio es la misericordia hacia el hermano que se equivoca:

«Que no haya ningún hermano en el mundo, que haya pecado, cuanto es posible pecar, que, después de haber visto tus ojos, no se vaya sin tu perdón, si él lo pide; y si no pidiera perdón, pregúntale si quiere ser perdonado. Y si, a continuación, mil veces pecara frente a tus ojos, ámalo más que a mí por eso […] y ten siempre misericordia de dichos hermanos» (FF 25).

Eso que el ministro vivía como un obstáculo se convierte así, en la mirada de Francisco, en el lugar más verdadero del encuentro con Dios. Las relaciones fraternas marcadas por las dificultades no son incidentes de camino, sino la vía concreta a través de la cual aprendemos la lógica del Evangelio.

Una dinámica muy semejante se encuentra también en la breve Carta a Filemón de San Pablo. El apóstol escribe a un cristiano de nombre Filemón con respecto a su esclavo Onésimo. Después de un conflicto con su amo, Onésimo había huido y había encontrado refugio con Pablo, que en ese momento se encontraba en prisión. Pablo lo acoge, le anuncia el Evangelio y lo conduce a la fe. Después toma una decisión valiente: en lugar de mantenerlo consigo, lo envía de nuevo con su amo. Pero lo hace acompañando el regreso con una petición que cambia todo. Escribe, de hecho, que Onésimo debe ser recibido «ya no como esclavo, sino mucho más que como esclavo, como hermano muy querido» (Fil 16).

En este brevísimo texto del Nuevo Testamento, impacta sobre todo la manera en la que Pablo presenta su petición. Tendría la autoridad para poder imponerla, pero elige no hacerlo. Prefiere apelar a la libertad de Filemón y le pide, «en nombre del amor», dar él mismo el paso más adecuado. Pablo no entra en una discusión teórica sobre el esclavitud. Hace algo más radical: introduce en esa relación una lógica nueva. A la luz del Evangelio, incluso una relación marcada por el poder puede transformarse en una relación fraterna.

Por este motivo la pequeña Carta a Filemón se ha convertido, en la tradición cristiana, en un ejemplo muy concreto de cómo las relaciones pueden regenerarse cuando ponemos en juego un amor más grande. En las ocasiones en las que las relaciones se agrietan y la comunión es herida, el Evangelio no sugiere ante todo defender los propios derechos, sino buscar el bien mejor y siempre posible: el que permite reconocer en el otro ya no a un adversario o un deudor, sino a un hermano amado por el Señor.

De la muerte a la vida

¿Pero es realmente posible impulsarse hacia este «más» en la experiencia del amor fraterno? ¿Está a nuestro alcance una exigencia evangélica que, a veces, parece alejada de la vida real? Nosotros los cristianos – y nosotros los religiosos de manera particular – vivimos a menudo en ambientes en donde todo parece ordenado y cordial: no se grita, no se discute, se saluda con gentileza, se mantienen relaciones formalmente correctas. Sin embargo, sabemos que a esta calma exterior no corresponden necesariamente relaciones verdaderas y profundas. Es más, con el pasar de los años, de hecho, todos acumulamos en el corazón el peso de palabras mal dichas, de juicios apresurados, de miradas perdidas, de relaciones heridas o simplemente dejadas apagar en el tiempo.

¿Por qué entonces deberíamos volver a este terreno frágil e intentar recomenzar? La respuesta de Francisco es decididamente simple: porque nuestros vínculos están fundados en un vínculo de libertad. No es la simpatía o la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos ha elegido y nos ha llamado a vivir juntos en la Iglesia como hermanos y hermanas.

Cuando Francisco insiste en decir que los hermanos «espirituales» deberían quererse más que los carnales, no está espiritualizando la realidad ni haciendo un llamado a los buenos sentimientos. Está diciendo que entre hermanos en la fe hay que tener la valentía de ir más allá de la superficie de las relaciones: enfrentar los conflictos, aceptar las diferencias, no escapar cuando las relaciones se complican. Esto se hace posible sólo si recordamos de dónde nace nuestro vínculo y quién tiene la fuerza para poder garantizarlo.

Es algo que Jesús mismo deja ver en un episodio relatado por el Evangelio de Marcos. Un día su madre y sus hermanos llegan desde fuera y lo buscan. Alguien se lo dice mientras está sentado en medio de la multitud. Jesús entonces mira a las personas que lo rodean y pregunta: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Después, alargando la mirada sobre los que están sentados a su alrededor en círculo, dice: «¡Estos son mi madre y mis hermanos! Por el que hace la voluntad de Dios, ese es para mí hermano, hermana y madre» (Mc 3, 33-35).

No es un rechazo de la familia natural, ni un gesto de distancia afectiva. Jesús está revelando algo más profundo: existe un vínculo más fuerte que la sangre, más estable que las afinidades, más auténtico que nuestras simpatías. Es el vínculo que nace de hacer juntos la voluntad del Padre. No depende de lo que nos ha tocado en suerte – el nacimiento, la proveniencia, el carácter – sino de una decisión compartida: vivir a la escucha de la palabra de Dios. En este sentido Jesús no elimina la familia: la refunda sobre una base nueva, que es la relación con Él y la escucha de su Palabra.

Esto tiene consecuencias muy concretas para la vida de la Iglesia. Una comunidad cristiana – una fraternidad religiosa, una parroquia, un presbiterio – no es ante todo un grupo humano que se ha elegido por afinidad o por ideales comunes. Es una asamblea convocada por la voz de Dios, que nos precede y hace posible nuestro estar juntos. Por eso la fraternidad no es algo que construimos solos: es un don que recibimos de lo alto.

Pero precisamente por eso necesita ser alimentada y custodiada, volviendo continuamente a la fuente del Espíritu y de la relación viva con Cristo. Cuando esta fuente se enturbia – cuando la oración se vuelve rutina, cuando la Palabra ya no nos toca, cuando los sacramentos se celebran sin que el corazón participe en ellos – también los vínculos fraternos comienzan lentamente a vaciarse. Permanecen las formas: el saludo, la sonrisa, la corrección. Pero la sustancia se debilita o se pierde. Esta vida no se reconstruye con técnicas de relaciones o con un simple esfuerzo de buena voluntad. Se reencuentra sólo volviendo a dejarse alcanzar por la mirada de Cristo.

Es el apóstol Juan quien lo dice con una sencillez que desarma: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3, 14). La afirmación es fuerte. Juan no dice que amamos a los hermanos porque hemos pasado de la muerte a la vida, como si la vida nueva produjera automáticamente este tipo de amor. Afirma casi lo contrario: es precisamente en el amar a los hermanos que podemos confirmar si la Pascua de Cristo está realmente actuando en nosotros.

La fraternidad vivida se convierte así en el lugar en donde el bautismo muestra si está realmente dando fruto. Es allí que la vida nueva recibida en el Espíritu deja de ser una promesa lejana y se convierte en realidad concreta: historia compartida, relaciones vueltas a coser, paciencia que se renueva.

El criterio es sencillo y no deja escapatorias: la Pascua ha comenzado a actuar en nosotros en el momento en el que descubrimos que podemos acoger a los demás incluso cuando nos hieren, cuando nos decepcionan, cuando se comportan como adversarios. No porque nos hayamos vuelto más fuertes o más virtuosos, sino porque algo en nosotros ya ha muerto y algo nuevo ha comenzado a vivir.

La vida eterna

La Pascua es el criterio para confirmar nuestra relaciones fraternas: de la manera en la que tratamos a los hermanos se comprende si hemos realmente pasado de la muerte a la vida. A menudo imaginamos la resurrección de nuestra vida en Cristo como un evento que se refiere sólo al futuro. En realidad, comienza ya ahora y toma forma en la manera en la cual vivimos las relaciones y aprendemos a amar.

Un pasaje de la Regla no Bulada de San Francisco ilumina muy bien este punto. Nosotros tendemos a ver al hermano que nos hiere o nos pone en crisis como un obstáculo, como alguien muy lejano de nuestra forma de pensar, hasta percibirlo casi como un enemigo. Francisco, en cambio, invierte la perspectiva: precisamente esa persona puede convertirse en el lugar a través del cual Dios nos abre a la vida eterna.

«Pongamos atención, hermanos todos, a lo que dice el Señor: “Amen a sus enemigos y hagan bien a los que los odian”. De hecho, incluso nuestro Señor Jesucristo, de quién debemos seguir las huellas, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron. Son, por tanto, amigos nuestros todos aquellos que injustamente nos causan tribulaciones y sufrimientos, humillaciones y ofensas, dolores y tormentos, martirio y muerte. Debemos amar mucho a esos, porque por lo que nos causan (inferunt), tenemos la vida eterna» (RnB, Cap. XXII).

Esta intuición de Francisco es sorprendente, porque pone de cabeza nuestra forma espontánea de pensar. Nosotros imaginamos que el camino hacia Dios depende sobre todo del bien que logramos hacer a los demás. Francisco, en cambio, nos invita a ver las cosas de manera diferente: a veces nuestra conversión nace precisamente de lo que los demás nos hacen a nosotros, incluso cuando nos hieren o nos ponen a prueba. Es una palabra difícil de aceptar, pero muy realista. La vida fraterna no está hecha sólo de gestos buenos y momentos fáciles. Está hecha también de incomprensiones, de heridas, de fatigas. Más aún, las mejores ocasiones de acceso a la vida eterna se encuentran precisamente cuando somos heridos: en estos momentos podemos renunciar a la violencia y elegir en cambio la vía del perdón, permitiendo al amor de Dios manifestarse y cumplirse en nosotros.

Esto ensancha mucho nuestra mirada. En la vida cotidiana las dificultades de la fraternidad pueden ser pesadas. La distancia entre nosotros, las palabras que hieren, las incomprensiones que quedan abiertas pueden convertirse en dolorosas. Precisamente por eso no debemos nunca perder el horizonte. Cuando perdemos la perspectiva de la vida eterna, ciertas dificultades se vuelven totalmente inaceptables.

El tema de la fraternidad no se refiere solamente a la vida de la Iglesia: toca el deseo más profundo de la humanidad. En todo tiempo y en toda cultura los seres humanos han soñado con una convivencia finalmente reconciliada entre los seres humanos. Es un anhelo que atraviesa a los pueblos. Más allá de las lenguas, de las culturas y tradiciones religiosas. Poetas, músicos y artistas han imaginado un mundo donde los hombres puedan reconocerse realmente como hermanos y hermanas entre sí. También muchas ideologías y modelos económicos han tratado de construir esta armonía universal descubriendo, sin embargo, qué difícil es hacerla real para todos y en todas partes.

Nosotros, creyentes en el Hijo de Dios hecho carne, custodiamos en el corazón una convicción simple y humilde: la fraternidad universal se hace posible sólo cuando el hombre redescubre su apertura a lo trascendente. Cómo recordó el Papa Francisco en la Encíclica Fratelli tutti:

Como creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no pueden existir razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que «solamente con esta conciencia de hijos que no son huérfanos se puede vivir en paz entre nosotros». Porque «la razón, por sí sola, es capaz de captar la igualdad entre los hombres y establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no logra fundar la fraternidad» (Papa Francisco, Fratelli tutti 272).

Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia cultural, social o religiosa puede borrar. La fe no nos separa de los demás: nos recuerda más bien que nadie puede ser excluido de nuestro corazón porque nadie está ausente en el corazón del Padre celestial. Por eso, en estos días de Cuaresma, mientras la historia del mundo sigue siendo atravesada por divisiones, guerras y conflictos, nosotros los cristianos no podemos limitarnos a hablar de fraternidad como de un ideal que hay que alcanzar. Estamos llamados a recibirla como un don y, al mismo tiempo, a asumirla como una responsabilidad muy seria y urgente.

Esta tarea comienza siempre desde cerca: desde las personas que comparten con nosotros la vida cotidiana. No es raro, también en la Iglesia, que diferencias de sensibilidad, de visión o estilo se vuelvan motivo de contraposición y distancia, hasta crear polarizaciones propiamente dichas. Son signos de qué difícil es acoger realmente el desafío de la fraternidad. El camino evangélico, sin embargo, nos pide dar un paso diferente: reconocer en los demás – incluso cuando son distintos, difíciles o alejados de nuestra sensibilidad – a hermanos y hermanas que nos han sido encomendados. Y buscar escucharlos, comprender sus razones, respetarlos de manera sincera y cordial.

Lo podemos hacer sin ningún miedo, más aún con extrema libertad, porque sabemos que ya hemos pasado de la muerte a la vida con Cristo. Su resurrección no elimina la dificultad de las relaciones, pero nos libera de la sospecha de que esa dificultad es inútil. Por eso podemos asumir el trabajo de la fraternidad con un estilo nuevo: con dulzura, con respeto y con la confianza de que cada gesto de verdadero amor fraterno – incluso el más escondido – pertenece ya a la vida eterna.

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de sólo tu gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad sencilla vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

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