EL EVANGELIO NO SE ANUNCIA PARA VENCER, SINO PARA ENCONTRAR: TERCER SERMÓN DE CUARESMA DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (20/03/2026)

La evangelización fue el corazón de la tercera meditación de Cuaresma de este 20 de marzo, en el Aula Pablo VI, en presencia del Papa León XIV. El P. Roberto Pasolini, ofmcap., Predicador de la Casa Pontificia, al detenerse en la vida de San Francisco, subrayó que “anunciar a Cristo desde una posición de superioridad o de control” corre el riesgo de traicionar al propio Evangelio. “Nuestra autoridad – afirmó – no nace del papel que se desempeña, sino de una vida que acepta entrar en este dinamismo de amor”. Compartimos a continuación el texto de su meditación, traducido del italiano:

3. La misión
Anunciar el Evangelio a toda criatura

En las primeras dos meditaciones cuaresmales atravesamos algunas etapas decisivas de la experiencia espiritual de Francisco. La primera nos condujo al corazón de su conversión: no un simple acto de la voluntad, sino una transformación profunda de la sensibilidad obrada por la gracia, capaz de cambiar lo amargo en dulce y entregarle una mirada nueva sobre sí mismo y sobre la realidad. La segunda nos mostró cómo esta conversión no permaneció como un hecho interior y aislado: el Señor le dio hermanos y la fraternidad se convirtió en el lugar concreto en el cual esta experiencia tomó forma.

La tercera meditación nos invita a dar un paso más. Conversión y fraternidad no son el punto de llegada: encuentran su cumplimiento en la misión. Lo que Francisco recibió – una sensibilidad transformada, la alegría de los hermanos, el descubrimiento de un Dios que ama anonadándose – no puede ser retenido, sino que está llamado a alcanzar y tocar la vida de los demás.

El camino que recordemos se articula en cinco pasos: la primacía del testimonio sobre la palabra, segundo la intuición franciscana de qué Cristo no se anuncia ante todo, sino que se deja engendrar a través de una vida transformada; el estilo de hacerse acoger, aún antes que querer ofrecer algo; el arte de escuchar las preguntas del otro, sin anticipar respuestas no pedidas; la fecundidad del encuentro, como muestra el viaje de Francisco con el Sultán de Egipto; y finalmente la paradoja evangélica de la sumisión, que no es debilidad, sino la forma más alta del amor – ese mismo con el que Dios se entrega.

Engendrar a Cristo

Muy pronto, en la primitiva fraternidad franciscana, estar y orar juntos hacen nacer algo inesperado: el deseo de compartir con otros la experiencia y el anuncio del Evangelio. A los hermanos les sucede lo que ya le había ocurrido a los primeros discípulos: después de haber aprendido a estar con Jesús, sienten que no pueden retener para sí mismos lo que han recibido.

«Eso que estaba desde el principio, eso que habíamos escuchado, eso que habíamos visto con nuestros ojos, eso contemplamos y nuestras manos tocaron del Verbo de la vida […] nosotros se lo anunciamos también a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros» (1 Jn 1, 1-3).

Primero está la comunión de vida, después el anuncio de salvación. Primero, la contemplación del Verbo, después la palabra que da testimonio de su presencia. No se puede hablar realmente de lo que aún no ha echado raíces en la propia vida.

San Francisco conoce la tentación sutil de decir palabras justas sin dejarse primero transformar por ellas, de transmitir a los demás algo que aún no se ha hecho carne en nosotros.

«Es gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos realizaron las obras y nosotros queremos recibir gloria y honor con sólo contarlas» (Admonición VI, 3; FF 154).

Contar los gestos de los santos sin dejarse cambiar por su forma de vivir corre el riesgo de ser sólo una forma para admirarlos desde lejos. Hablamos de ellos, pero nos mantenemos protegidos. Para esto se requiere paciencia: custodiar lo que hemos visto y escuchado, dejarlo madurar en la oración, para que se convierta en vida aún antes que en palabra.

«Bienaventurado el siervo que acumula en el tesoro del cielo los bienes que el señor le muestra y no ansía manifestarlos a los hombres en vista de una recompensa, porque el mismo Altísimo manifestará a sus obras a quien le plazca. Bienaventurado el siervo que custodia en su corazón los secretos del señor» (Admonición XXVIII, 1-3; FF 178).

Con estas palabras Francisco advierte sobre una tentación muy sutil: usar las cosas de Dios para buscar aprobación o reconocimiento. También lo que es auténtico, si es expuesto demasiado pronto, corre el riesgo de perder su verdad: por eso Francisco invita a custodiar lo que se recibe, dejándolo madurar en el corazón hasta que se convierta en vida. La Regla no Bulada retoma y radicaliza esta intuición:

«Que todos los hermanos, sin embargo, prediquen con las obras. […] El espíritu de la carne, de hecho, quiere y se preocupa mucho por poseer palabras, pero poco en realizarlas» (RnB XVII, 3.11; FF 46.48).

Un episodio, no atestiguado por las fuentes oficiales, pero plenamente coherente con el espíritu de Francisco, expresa de forma clara esta pedagogía. Un día el santo pidió al hermano Ginepro que lo acompañara a predicar a la ciudad. Los dos recorrieron las calles en silencio, se detuvieron junto a los enfermos, sonrieron a los niños, ayudaron a los necesitados. Ningún discurso. Al regreso, Ginepro preguntó: «Padre mío, ¿y la predicación?». Francisco respondió: «La hicimos, hermano mío, la hicimos».

Confiar más en el testimonio que en las palabras no es para Francisco una decisión estratégica: es la consecuencia de una convicción teológica profunda que es necesario traer a la luz. Cristo no es una información que hay que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad y pide ser reconocido para que pueda surgir en la vida. El evangelio no se comunica como una simple noticia; se entrega como una vida que lentamente toma forma. En la Carta a los Fieles, Francisco ofrece una visión sorprendente y muy concreta de la vida cristiana, en la cual el creyente asume ante Cristo una triple relación: la del esposo, la del hermano, la de la madre. La más audaz – y quizás la más original – es precisamente esta última:

«(Seamos) esposos, hermanos y madres de Nuestro Señor Jesucristo. Seamos esposos, cuando en el Espíritu Santo el alma fiel se une a Jesucristo. Seamos sus hermanos, cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo. Seamos madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y nuestro cuerpo a través del amor y la pura y sincera conciencia, y lo engendramos a través del santo actuar, que debe resplandecer como ejemplo para los demás» (2 Carta a los Fieles 50-53; FF 200).

Engendrar a Cristo no significa hablar bien de él o convencer a los demás con palabras eficaces. Significa dejar que su presencia cambie realmente nuestra forma de vivir, hasta hacerse visible también para los demás. Es la experiencia que vive una madre: primero lleva al hijo dentro de sí, le da tiempo de crecer, y sólo después lo da a luz. Así es también para la fe. Primero Cristo toma espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y sólo después puede aparecer en lo externo, en los gestos y en la forma en la que nos relacionamos con los demás.

Cuando el misterio de Cristo se manifiesta en nosotros, algo puede comenzar a moverse también en los demás. No porque hayamos dicho las palabras más adecuadas, sino porque se ha hecho visible en nosotros una vida nueva y distinta. El Evangelio da fruto así: no ante todo a través de lo que decimos, sino a través de lo que nuestra humanidad logra expresar, a través de la acción silenciosa y eficaz del Espíritu Santo.

Hacerse acoger

Al inicio de su experiencia, San Francisco reúne a los hermanos, les habla largamente del reino de Dios y después los envía de dos en dos por los caminos del mundo.

«Vayan, muy queridos, de dos en dos por las distintas partes del mundo y anuncian a los hombres la paz y la penitencia en revisión de los pecados; y sean pacientes en las persecuciones, seguros de que el Señor cumplirá su designio y mantendrá sus promesas. Respondan con humildad a quien los interroga, mendigan a quien los persiga, agradezcan a quien los injuria y los calumnia, porque en cambio les es preparado el reino eterno» (1 Celano, XII, 29; FF 366).

Estas palabras no son una invención de Francisco, sino que retoman muy de cerca el mandamiento con el que Jesús había enviado a sus discípulos (cf. Lc 10, 1-12). El evangelio pide un estilo esencial: partir sin seguridades, «sin bolsa ni morral», entrar en las casas deseando la paz, detenerse, «comiendo y bebiendo de lo que tengan» (Lc 10, 4.7). Y agrega un detalle decisivo: los discípulos son enviados a los lugares en donde Jesús «iba a dirigirse» (Lc 10, 1).

Esto cambia profundamente la forma de entender la misión. Los discípulos no llevan algo que falta, sino que preparan un encuentro que Jesús mismo desea realizar. No todo depende de ellos: lo que no logran hacer, lo realizará el mismo Señor. No estamos nosotros en el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible.

Las indicaciones de Jesús custodian una lógica que cambia muchas de nuestras costumbres. Los discípulos son enviados sin protecciones, «como ovejas en medio de lobos» (Lc 10, 3), con la sola tarea de llevar la paz y aceptar lo que se les ofrece. Sólo después – y dentro de esa misma acogida recibida – pueden decir: «Está cerca de ustedes el reino de Dios» (Lc 10, 9). El movimiento es claro: primero dejarse acoger, después anunciar.

No se trata de llevar algo desde fuera, como para llenar una total carencia, sino de reconocer el bien que ya está presente y darle un nombre. Esta secuencia – acogida recibida, después anuncio – contiene una pedagogía importante. Quien se deja hospedar realiza un gesto débil que, en apariencia, parece renunciar a la iniciativa. En realidad, revela el significado más profundo del Evangelio: aceptar recibir quiere decir reconocer que el otro no es sólo un destinatario, sino también alguien del cual se puede recibir algo. Significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad.

De esta forma se crea un espacio nuevo, en el cual el Evangelio no aparece como algo impuesto desde fuera, sino como el reconocimiento de una presencia que ya está actuando. Para que esto ocurra, es necesaria una pobreza real: presentarse sin tener todo y sin controlar todo, aceptar depender también de la bondad y la sensibilidad de los demás, y darse cuenta de que el reino de Dios ya está presente, de manera oculta, también en la vida de quien aún no lo conoce.

Este estilo pobre y desarmado interpreta profundamente nuestra forma de entender la evangelización. A lo largo de los siglos hemos corrido el riesgo de vivirla como un movimiento en un solo sentido: ir hacia los demás con una actitud didáctica, a veces incluso de juicio, listos para integrar lo que falta y reconducir todo en nuestras categorías.

La palabra de Jesús y el testimonio de San Francisco parecen indicar, en cambio, un camino más sencillo y al mismo tiempo más exigente: dejarse acoger, reconocer lo que en el otro ya está cerca de Dios y ofrecerle la posibilidad de surgir. Evangelizar, en esta perspectiva, significa decir a los demás – incluso sin decir nada – que es hermoso que existan, que su vida tiene valor. No para confirmarlos sencillamente en lo que son, sino para acompañarlos a reconocer, poco a poco, la verdad y la belleza que llevan dentro, sin tener prisa por reconducirlos a nuestras ideas.

El Reino no crece a través del proselitismo, a veces demasiado forzado, sino cuando nuestra forma de relacionarnos permite a quienes encontramos expresar lo mejor de sí y, así, abrirse a la revelación de Dios. Es allí donde el Reino se hace cercano y accesible. No hay nada de espectacular en esta forma de anunciar, pero hay algo de realmente verdadero.

El Papa Francisco lo había expresado con gran claridad:

«Todos tienen el derecho a recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, más bien como quien comparte una alegría, señala un horizonte hermoso, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 14).

Crecer por atracción: es lo que ocurre cuando nuestra presencia no ahoga la libertad del otro, sino la despierta; cuando nuestro anuncio no pesa, sino abre un espacio. Quizás es precisamente esto lo que el mundo espera reconocer en las comunidades cristianas: lugares en los que la calidad del reino se hace visible y se difunde – con discreción y fuerza, con valentía y respeto.

Escuchar las preguntas

El respeto y la estima con los que Francisco se acerca a los demás – reconociendo en cada persona una presencia de Dios ya actuando – hacen posible un verdadero diálogo. No se trata sólo de saber hablar, sino ante todo de saber escuchar. Y, cuando llega el momento, saber comunicar las palabras de la esperanza que vienen de Dios.

Evangelizar, en esta perspectiva, no significa dar respuesta de inmediato, si no saber esperar que surja las preguntas. Es una actitud interior, incluso antes que una forma de comunicar: nace de la convicción de que Dios confirma y completa nuestro pobre testimonio. Si es así, no hace falta tener prisa. Quien tiene confianza en ese estilo de Dios – feliz en dejarse representar por nosotros – sabe esperar y conceder espacio al otro.

Las fuentes franciscanas conservan un episodio que muestra con gran sencillez esta forma de anuncio del Evangelio. Cerca de una ermita, sobre Borgo San Sepolcro, vivían algunos hermanos, mientras que en los bosques vecinos se escondían ladrones que salían a menudo a atacar a los viajeros. A veces venían a la ermita a pedir pan, pero los hermanos habían dejado de dárselos debido a su agresividad.

Un día San Francisco, pasando por esa ermita, se enteró de la situación y propuso a los hermanos algo inesperado:

«Vayan, busquen buen pan y buen vino, llévense al bosque donde saben que se encuentran y llámenlos gritando: “¡Hermanos ladrones, vengan con nosotros: somos los hermanos y les traemos buen pan y buen vino!”. Ellos vendrán de inmediato con ustedes. Entonces extiendan en el suelo un mantel, coloquen encima el pan y el vino, y sírvanles con humildad y alegría, hasta que hayan comido. Después de la comida, anúncienles las palabras del Señor, y finalmente háganles esta primera petición por amor de Dios: que les prometan no golpearon a nadie y no hacerle mal a alguien en su persona. Por qué si piden todas las cosas de una sola vez, no los escucharán; en cambio, vencidos por la humildad y caridad que les demostrarán, se lo prometerán» (Compilación de Asís 115; FF 1669).

Los hermanos obedecieron. Los ladrones vinieron, comieron, escucharon – y finalmente algunos entraron a la Orden, otros cambiaron de vida, otros decidieron al menos ya no hacer actos violentos.

Este episodio muestra algo muy concreto: no se puede pedir a alguien que cambie de vida antes de haberlo hecho experimentar acogida, respeto y confianza. Si se anticipan demasiado las peticiones, incluso las moralmente correctas, nuestras invitaciones no logran llegar al corazón del otro. Antes es necesario crear el espacio para que puedan hacer el deseo y la petición de un cambio de vida. Sólo entonces lo que se dice puede ser realmente escuchado.

Es el mismo estilo de Jesús. Cuando encuentra a Zaqueo, no le pide nada, no le da una lección ética. Le dices sencillamente: «Hoy debo quedarme en tu casa» (Lc 19, 5). Es ese encuentro, gratuito e inesperado, el que hace nacer en Zaqueo el deseo de llevar a cabo una transformación en su vida.

Los Hechos de los Apóstoles relata una escena que ilumina aún mejor este paso. En el capítulo 8, Felipe encuentra en un camino desierto a un funcionario etíope que está leyendo al profeta Isaías sin entenderlo. No se pone de inmediato a explicarle el texto. Se acerca, camina junto a él y le hace una pregunta muy sencilla: «¿Entiendes lo que estás leyendo?» (Hch 8, 30).

En ese punto, es el otro quien se muestra: «¿Y cómo podría entender, si nadie me guía?» (Hch 8, 31). Después el eunuco dirige a Felipe otra pregunta, aún más profunda, a partir del texto que está leyendo: «¿De quién habla el profeta?» (Hch 8, 34). Sólo después de que estas preguntas han surgido, Felipe comienza a anunciarle a Jesús, con pocas y breves palabras. En este punto, es el eunuco mismo quien le pide: «¿Qué impide que yo sea bautizado?» (Hch 8, 36).

En el relato impacta precisamente esto: el anuncio ocupa poco espacio, mientras que todo lo demás – el camino juntos, la escucha, las preguntas – es lo que prepara realmente el encuentro. La forma en que se llega a hablar de Cristo es decisiva de igual forma que las palabras que se dicen. Evangelizar no significa llenar el silencio de respuestas, sino acompañar a las personas hasta que pueden reconocer y expresar las preguntas que abren su vida a la salvación de Cristo. Esas preguntas, de hecho, son ya un lugar en el que Dios está presente y actuando.

Hay, sin embargo, también un paso más profundo. Felipe no se queda fuera de la escena: desciende en el agua junto con el eunuco. Este gesto dice algo esencial. No se puede acompañar a alguien en la fe sin estar involucrados en primera persona. Y este involucrarse pasa por la disponibilidad a compartir la propia debilidad y la propia necesidad de salvación. También quien ya está bautizado, de hecho, necesita volver continuamente a la fuente de su vida en Cristo, para dejarse renovar y permanecer de forma viva dentro del camino de conversión. Sólo así lo que decimos puede realmente tocar la vida de los demás.

Cuando las palabras nacen de una experiencia real, llegan a los demás. Cuando en cambio permanecen abstractas e impersonales, no convencen a nadie. Ni siquiera a nosotros que las pronunciamos. Anunciar el Evangelio significa acercarse con respeto a la vida de los demás y reconocer que, en la complejidad de su vida, ya existe una búsqueda de sentido, de bien, de verdad.

Los testigos del Resucitado no son personas que tienen todas las respuestas. Son hombres y mujeres que han aprendido a escuchar sus propias preguntas y a convivir con sus propias luces y sombras, dejándose cada día enseñar por Cristo. Así, con humildad, vuelven a comenzar cada día a caminar como discípulos, cargando las dificultades de la vida junto con los demás.

Encontrar al otro

El carácter de Francisco era, desde joven, el de quien siente la necesidad de dar la vida por algo grande. Parecen particularmente adecuadas a él las palabras del escritor J. D. Salinger, en su novela El joven Holden: «Lo que distingue al hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue al hombre maduro es que quiere vivir humildemente por ella». Cuando el Poverello de Asís encuentra al Señor Jesús, este impulso heroico no desaparece, sino que cambia de dirección: se convierte en el deseo de entregar la vida por el Evangelio. Este deseo lo lleva en 1219 a partir para la quinta cruzada, llegando a los campamentos cristianos que se encontraban en Damietta, ciudad portuaria de Egipto en el delta del Nilo, precisamente durante el asedio de la ciudad, en el momento más intenso del encuentro entre el ejército cruzado y el del sultán.

Durante una tregua, Francisco atraviesa al frente junto con un compañero y se presenta frente al sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil. Los centinelas lo capturan, lo golpean, lo encadenan, pero él no se echa para atrás y pide ser conducido con su señor. Lo que ocurre sorprende a todos: lo que parecía al principio un martirio se convierte en un encuentro marcado por el respeto y la acogida. Como cuenta Tomás de Celano, el sultán reconoce en Francisco a nombre de Dios, lo escucha con atención y, al momento de la despedida, lo hace acompañar sano y salvo al campamento cristiano, pidiéndole incluso orar por él, para que el Señor le mostrara el camino más agradable (cf. 1 Celano 57; FF 422-423). También el testimonio de otro cronista, Giacomo da Vitry, confirma que Francisco fue reconocido como un «hombre de Dios» y había despertado respeto incluso por parte de quién era considerado enemigo (cf. FF 2226-2228).

¿Cómo leer este episodio? A primera vista parecería ocurrir poco: el sultán no se convierte y Francisco no encuentra el martirio que buscaba. Sin embargo, es precisamente en este encuentro que sucede algo importante. Francisco no se presenta con un discurso que realizar, sino con un modo de presentarse: sencillo, pobre, sin defensas. No busca imponer su idea, se presenta frente al otro tal como es.

Y esta actitud cambia todo. El sultán no es impactado por palabras particulares, sino por lo que ve: un hombre que vive realmente aquello en lo que cree. En Francisco reconoce a una persona en la cual se hace visible la pobreza y la humildad de Cristo. El sultán no se siente atacado o confrontado, sino acogido por su inesperado huésped. Por eso, a su vez, se abre: escucha, respeta, se muestra incluso generoso.

En ese momento no ocurre una conversión en el sentido que nosotros siempre esperamos, pero nace algo igualmente real: un encuentro verdadero entre dos hombres, distintos por su fe e historia, que logran estar uno frente al otro sin miedo. Precisamente esta forma de encontrarse deja una huella en la historia y, en el tiempo, se convierte también en un estilo que hace posible la relación y el diálogo entre religiones distintas, sin que nadie deba imponerse al otro. Francisco no renuncia a su fe, pero se acerca al otro de manera tal que lo coloca en la condición de expresar lo mejor de su propia humanidad. En este encuentro no hay uno que prevalezca sobre el otro, sino dos hombres que se reconocen en su dignidad.

El verdadero “milagro” ocurrido en Damietta no es la conversión del sultán. Es que, en medio de la guerra, dos hombres encontraron la forma de encontrarse realmente y dejarse en paz. Ambos permanecen en su fe, precisamente por eso el encuentro es real. En ese intercambio ocurre algo que no se puede medir con las categorías de éxito o fracaso. Francisco vuelve sin resultados evidentes, pero con una conciencia más profunda: el Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual nos detenemos, esperando ser acogidos. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier costo, si no atravesarla sin eliminarla, custodiando la diferencia como el espacio en el cual Dios sigue actuando en el corazón de cada uno.

Sujeto a todos

El viaje a Egipto deja en Francisco una huella profunda, silenciosa y duradera. No habla de ello en sus escritos – como nunca hablará de los estigmas – sin embargo ese encuentro aflora en los años siguientes en algunas decisiones y palabras que escribe.

Una primera huella se capta en una carta que escribe, idealmente, a todos los gobernantes del mundo, pidiéndoles que cada tarde se anuncia públicamente la alabanza a Dios, para que todo el pueblo pueda unirse (cf. Carta a los gobernantes de los pueblos, 7; cf. FF 213). Es una propuesta insólita, que muchos han relacionado con una tradición que había visto y escuchado en Oriente: esa voz que, muchas veces al día, llamaba a los fieles a la oración. Francisco no copia, sino que reconoce algo bueno, lo acoge y lo reelabora. Lo mismo ocurre en las Alabanzas a Dios Altísimo, donde la sucesión de los nombres de Dios hace eco de una oración aún hoy difundida en la tradición islámica (cf. Alabanzas al Altísimo; FF 261).

De estos detalles surge un rasgo muy significativo: en el encuentro con el otro no hay sólo algo que dar, sino también algo que recibir. De esta conciencia surge una actitud de radical apertura al otro que Francisco seguramente integró en su comprensión del Evangelio. En la Regla no Bulada, se encuentra un breve capítulo que indica a los hermanos la forma en la que deben vivir cuando se encuentran entre personas de una fe diferente. Francisco escribe que deben estar «sujetos a toda criatura humana por amor a Dios» (RnB XVI, 6; FF 43). Es una palabra fuerte, que en el Testamento se convertirá en algo aún más claro: «sometidos a todos». Antes que cualquier palabra, antes que cualquier anuncio, hay una forma de estar en relación con el otro: no colocándose por encima, sino eligiendo estar por debajo.

Esta expresión puede ser malentendida. Según el Evangelio y en la sensibilidad de Francisco, la sumisión no quiere decir perder la propia identidad, ni resignarse ante el otro por debilidad. Es una decisión libre de respeto y diálogo. Quiere decir reconocer que el otro no es un terreno que hay que conquistar, sino una vida que hay que encontrar, respetar y acoger. Quien acepta colocarse de esta forma permite al otro abrirse, surgir, mostrarse por lo que es. Esta forma de colocarse, ya por sí misma, es un acto profundamente evangélico.

En el fondo, es el mismo movimiento con el cual el Hijo de Dios se presentó y ofreció al mundo. El himno de la Carta a los Filipenses dice que Cristo:

«Se anonadó a sí mismo, asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. En su aspecto reconocido como hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

Dios nos impuso al hombre, sino que le hizo espacio. No custodio celosamente su propia grandeza: la entregó, para que el otro pudiera acogerla y vivir. Es esta la forma del amor.

He ahí por qué anunciar a Cristo desde una posición de superioridad de control corre el riesgo de traicionar precisamente ese Evangelio que se quisiera comunicar. Nuestra autoridad no nace del papel que se desempeña, sino de una vida que acepta entrar en este dinamismo de amor. Es lo que Francisco intuyó cuando llamó a sus hermanos «menores»: asignándoles no un título, sino una forma concreta de estar en el mundo. Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, la que hace fecundo el anuncio del Evangelio. Cuando no nos imponemos, sino dejamos espacio, algo puede ocurrir: en los demás, pero también dentro de nosotros. Porque toda criatura, cuando es acogida y no es forzada, puede dejar surgir el bien que lleva en sí mismo – ese bien en el cual, de manera oculta, ya está presente el misterio de Cristo.

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, Nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de sólo tu gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad sencilla vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

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