HAGAMOS DE NUESTRAS DIVERSIDADES UN LABORATORIO DE UNIDAD Y COMUNIÓN: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29/06/2025)
“La historia de Pedro y Pablo nos enseña que la comunión a la que el Señor nos llama es una armonía de voces y rostros, no anula la libertad de cada uno”. Así se expresó el Papa León XIV en la Misa por la Solemnidad de los Santos Patronos de la Diócesis y de la ciudad de Roma. Al presidir hoy, 29 de junio, la Misa en el Altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro – con la bendición e imposición de palios a los 54 nuevos Arzobispos metropolitanos – el Pontífice presentó a las dos figuras apostólicas como verdaderos «pilares de la Iglesia». Transcribimos a continuación el texto completo de su homilía, traducido del italiano:
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy festejamos a dos hermanos en la fe, Pedro y Pablo, que reconocemos como pilares de la Iglesia y veneramos como patronos de la Diócesis y de la ciudad de Roma.
La historia de estos dos Apóstoles nos interpela de cerca también a nosotros, Comunidad de los discípulos del Señor peregrina en este nuestro tiempo. En particular, mirando su testimonio, quisiera subrayar dos aspectos: la comunión eclesial y la vitalidad de la fe.
Ante todo, la comunión eclesial. La liturgia de esta Solemnidad, de hecho, nos hace ver cómo Pedro y Pablo fueron llamados a vivir un único destino, el del martirio, que los asoció definitivamente a Cristo. En la primera lectura encontramos a Pedro que, en prisión, espera que se ejecute la sentencia (cf. Hch 12, 1-11); en la segunda, el apóstol Pablo, también él con cadenas, en una especie de testamento afirma que su sangre está por ser derramada y ofrecida a Dios (cf. 2 Tim 4, 6-8.17-18). Tanto Pedro como Pablo, por tanto, dan su vida por la causa del Evangelio.
Sin embargo, esta comunión en la única confesión de la fe no es una conquista pacífica. Los dos Apóstoles la alcanzan como una meta a la que llegan después de un largo camino, en el cual cada uno ha abrazado la fe y ha vivido el apostolado de manera diversa. Su fraternidad en el Espíritu no borra la diversidad de la que han partido: Simón era un pescador de Galilea, Saulo en cambio un riguroso intelectual perteneciente al partido de los fariseos; el primero deja todo inmediatamente para seguir al Señor; el segundo persigue a los cristianos hasta que es transformado por Cristo Resucitado; Pedro predica sobre todo a los judíos; Pablo es impulsado a llevar la Buena Noticia a los gentiles.
Entre ambos, como sabemos, no faltaron conflictos respecto a la relación con los paganos, hasta el punto en que Pablo afirma: «Cuando Cefas llegó a Antioquía, me opuse a él abiertamente porque se había equivocado» (Gal 2, 11). Y de dicha cuestión, como sabemos, se ocupará el Concilio de Jerusalén, en el que los dos Apóstoles seguirán debatiendo.
Muy queridos todos, la historia de Pedro y Pablo nos enseña que la comunión a la que el Señor nos llama es una armonía de voces y rostros, y no anula la libertad de cada uno. Nuestros Patronos recorrieron caminos diferentes, tuvieron ideas diferentes, a veces se enfrentaron y discutieron con franqueza evangélica. Sin embargo, eso no les impidió vivir la concordia apostolorum, es decir, una viva comunión en el Espíritu, una fecunda sintonía en la diversidad. Como afirma San Agustín: «un solo día está consagrado a la fiesta de los dos apóstoles. Pero también ellos eran una sola cosa. Aunque hayan sido martirizados en distintas fechas, eran una sola cosa» (Sermón 295, 7).
Todo esto nos interroga sobre el camino de la comunión eclesial. Ésta nace del impulso del Espíritu, une las diversidades y crea puentes de unidad en la variedad de los carismas, de los dones y de los ministerios. Es importante aprender a vivir así la comunión, como unidad en la diversidad, para que la variedad de los dones, articulada en la confesión de la única fe, contribuya al anuncio del Evangelio. Por este camino estamos llamados a caminar, mirando precisamente a Pedro y Pablo, porque todos necesitamos de esa fraternidad. La necesita la Iglesia, la necesitan las relaciones entre los laicos y los presbíteros, entre los presbíteros y los Obispos, entre los Obispos y el Papa; así como lo necesitan la vida pastoral, el diálogo ecuménico y la relación de amistad que la Iglesia desea mantener con el mundo. Comprometámonos a hacer de nuestras diversidades un laboratorio de unidad y comunión, de fraternidad y reconciliación para que cada uno en la Iglesia, con la propia historia personal, aprenda a caminar junto con los demás.
Los santos Pedro y Pablo nos interpelan también sobre la vitalidad de nuestra fe. En la experiencia del discipulado, de hecho, siempre existe el riesgo de caer en la costumbre, en el ritualismo, en esquemas pastorales que se repiten sin renovarse y sin captar los desafíos del presente. En la historia de los dos Apóstoles, en cambio, nos inspira su voluntad de abrirse a los cambios, de dejarse interrogar por los acontecimientos, los encuentros y las situaciones concretas de las comunidades, de buscar caminos nuevos para la evangelización a partir de los problemas y las preguntas planteadas por los hermanos y hermanas en la fe.
Y en el centro del Evangelio que hemos escuchado está precisamente la pregunta que Jesús hace a sus discípulos, y que nos dirige también a nosotros hoy, para que podamos discernir si el camino de nuestra fe conserva dinamismo y vitalidad, si aún está encendida la llama de la relación con el Señor: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mt 16, 15).
Cada día, en cada momento de la historia, siempre debemos poner atención a esta pregunta. Si no queremos que nuestro ser cristiano se reduzca a un legado del pasado, como tantas veces nos advirtió el Papa Francisco, es importante salir del riesgo de una fe cansada y estática, para preguntarnos: ¿quién es hoy para nosotros Jesucristo? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida y en la acción de la Iglesia? ¿Cómo podemos dar testimonio de esta esperanza en la vida de todos los días y anunciarla a aquellos con quienes nos encontramos?
Hermanos y hermanas, el ejercicio del discernimiento, que nace de estos interrogantes, le permite a nuestra fe y a la Iglesia renovarse continuamente y experimentar nuevos caminos y nuevas prácticas para el anuncio del Evangelio. Esto, junto a la comunión, debe ser nuestro primer deseo. En particular, hoy quisiera dirigirme a la Iglesia que está en Roma, porque más que todas ella está llamada a convertirse en signo de unidad y de comunión, Iglesia ardiente de una fe viva, comunidad de discípulos que dan testimnio de la alegría y el consuelo del Evangelio en todas las situaciones humanas.
En la alegría de esta comunión, que el camino de los santos Pedro y Pablo nos invita a cultivar, saludo a los hermanos Arzobispos que hoy reciben el palio. Muy queridos todos, este signo, al mismo tiempo que recuerda la tarea pastoral que les ha sido confiada, expresa la comunión con el Obispo de Roma, para que en la unidad de la fe católica, cada uno de ustedes pueda alimentarla en las Iglesias locales confiadas a ustedes.
Deseo además saludar a los miembros del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana: gracias por su presencia aquí y por su celo pastoral. Que el Señor le conceda la paz a su pueblo.
Y con viva gratitud saludo a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, que ha sido enviada por el muy querido hermano Su Santidad Bartolomé.
Queridos hermanos y hermanas, edificados por el testimonio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, caminemos juntos en la fe y en la comunión, e invoquemos su intercesión sobre todos nosotros, sobre la ciudad de Roma, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.
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