UNA VIDA DE ‘LINKS’, SIN RELACIONES, NOS DESILUSIONA: PALABRAS DE LEÓN XIV A ADOLESCENTES Y JÓVENES DE ROMA (10/01/2025)

El Papa León XIV se reunió este 10 de enero con miles de adolescentes y jóvenes de la Diócesis de Roma en el Aula Pablo VI, en un encuentro anunciado por el Cardenal Vicario Baldassare Reina durante la iniciativa “Noche en la Catedral” (en la Arquibasílica Papal de San Juan de Letrán), el pasado 21 de noviembre, en el marco de la 40ª edición de la Jornada Mundial de la Juventud a nivel diocesano. El Santo Padre respondió a sus preguntas e inquietudes en una época que a menudo los hace sentir solos, desorientados y perezosos. Y los exhortó a no ceder a las «máscaras del placer desechable» y a confiar en el amor de Dios que nunca abandona. Compartimos a continuación el texto de su mensaje, traducido del italiano:

Muy queridos jóvenes, bienvenidos:

Saludos también a todos los que están afuera, en el frío, que están siguiendo nuestro encuentro en las pantallas de la Plaza y afuera del Santo Oficio. En verdad, bienvenidos todos. Estoy muy contento de encontrarme con ustedes, de tener esta oportunidad de compartir un poco esta búsqueda, este deseo de responder no sólo a las preguntas que acabamos de escuchar, sino a muchas cosas en la vida. Les comparto que poco antes de venir esta tarde recibí un mensaje de una sobrina mía, joven también, que me decía: “¿Tío cómo haces con tantos problemas del mundo, con tantas preocupaciones?” y planteaba la misma pregunta: “¿No te sientes solo? ¿Cómo haces para sacar adelante todo?”. Y la respuesta, en gran parte, son ustedes. Porque no estamos solos.

Después les contaré un poco lo que significa encontrarse juntos y vivir este espíritu, este entusiasmo, sobre todo esta fe incluso en los momentos difíciles, cuando nos sentimos solos, cuando no sabemos qué hacer. Si recordamos la belleza de la fe, la belleza de la alegría, de ser jóvenes, de estar juntos, de buscar juntos, podemos saber realmente en nuestro corazón que nunca estamos solos, porque Jesús está con nosotros. Y quisiera también decirme una palabra – el Cardenal Baldo ya nos la dijo: es realmente grande esta tristeza y dolor que todos vivimos, por esos 40 jóvenes de Crans-Montana que perdieron la vida. También nosotros debemos recordar que la vida es tan valiosa, que nunca podemos olvidar a los que sufren. Desafortunadamente esas familias, aún en el dolor, deben buscar ahora cómo superar ese dolor. También por eso es importante nuestra oración, nuestra unidad: ¡estemos siempre unidos, como amigos, como hermanos!

Y un saludo grande a todos los sacerdotes y religiosas que los acompañan esta tarde. Gracias a ustedes. De verdad, gracias.

Cómo recordamos durante el video, al comienzo, durante el Año Santo vivimos un momento muy fuerte, aquí en Roma, con miles y miles de sus contemporáneos provenientes de todas partes del mundo. Personas de todas las lenguas y culturas se unieron en la misma oración, elevando a Dios una alabanza alegre y pidiendo sentidamente la paz entre los pueblos. Ahora, en esta cita “de ustedes” con el Papa, ustedes jóvenes romanos renuevan el espíritu de esos días memorables, comprometiéndose a ser no sólo peregrinos de esperanza, sino sus testigos. ¿Y cómo serlo en realidad?

Para proponer una respuesta, aquí respondo un poco en las palabras de Matteo, que puso en evidencia la soledad de muchos jóvenes, junto con los sentimientos de desilusión, pérdida y aburrimiento que la acompañan. Cuando este color gris empaña los colores de la vida, vemos que se puede estar aislados incluso en medio de muchas personas. Más aún, precisamente así la soledad muestra su peor rostro: no sé es escuchado, porque se está inmerso en el ruido de las opiniones; no se mira nada, porque se está deslumbrado por imágenes fragmentadas. Una vida de links sin relaciones o de likes sin afecto nos defrauda, porque estamos hechos para la verdad: cuando falta, sufrimos su ausencia. Estamos hechos para el bien, pero las máscaras del placer usa-y-tira traicionan nuestro deseo.

Sin embargo, en estos momentos de desconsuelo podemos afinar nuestra sensibilidad. Si afinamos el oído y abrimos los ojos, la creación nos recuerda que no estamos solos: el mundo está hecho de vínculos entre todas las cosas, entre los elementos y los seres vivos. Sin embargo, mientras continuamos respirando el aire dispuesto para nosotros, seguimos ocupados; mientras comemos alimentos, aunque sean buenos, no nos hacían y el agua no quita la sed. La disponibilidad de la naturaleza no nos basta, porque no somos sólo lo que comemos, bebemos y respiramos. Somos criaturas únicas entre todas, porque llevamos en nosotros la imagen de Dios, que es relación de vida, de amor y salvación.

Entonces, cuando te sientas solo, recuerda que Dios nunca te deja. Su compañía se vuelve la fuerza para dar el primer paso hacia quienes están solos, aunque estén justamente a tu lado. Cada uno se queda solo si mira únicamente hacia a sí mismo. En cambio, acercarse al prójimo te hace convertirte en imagen de aquel que Dios es para ti. Como Él trae esperanza a tu vida, así tú puedes compartirla con el otro. Se encontrarán entonces juntos siendo buscadores de comunión y de fraternidad. Y aquí quisiera también subrayar qué hermosa fue la acogida que ustedes, como Iglesia de Roma, ofrecieron a muchos jóvenes que vinieron de todo el mundo durante el jubileo. ¡De verdad fue grandísima!

Pero muchas veces la soledad existe y muchos sufren. Entonces, observando la soledad, Salvatore Quasimodo escribió estos célebres versos: «Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / atravesado por un rayo de sol: / y de pronto es de noche». [1] lo que parecería ser un destino sin escapatoria, en realidad nos llama a despertarnos: la única tierra sostiene a todos los seres humanos y un mismo sol ilumina todas las cosas. El rayo que nos atraviesa, entonces, entra en las rendijas del ánimo, no es una luz intermitente, que surge para después ocultarse, si no es el Sol de justicia, ¡el sol que es Cristo! Él calienta nuestro corazón y lo inflama con su amor.

Es a partir de este encuentro con Jesús que viene la fuerza para cambiar de vida y transformar la sociedad. Como hacían notar Francesca y Michela, realmente la luz del Evangelio aclara nuestras relaciones: a través de palabras y gestos cotidianos se expande, involucrando a cada uno en su calor. Entonces un mundo gris y anónimo se vuelve un lugar hospitalario, a la medida del hombre, precisamente porque es habitado por Dios. Me alegra que en sus ambientes experimenten relaciones auténticas: lo que viven en las parroquias romanas, en el oratorio y en las asociaciones, no pueden mantenerlo para ustedes. No esperen que el mundo los reciba con brazos abiertos: la publicidad, que debe vender cualquier cosa para consumir, tiene más audiencia que el testimonio, que quiere construir amistades sinceras. Actúen, entonces, con alegría y tenacidad, sabiendo que para cambiar la sociedades es necesario, ante todo, cambiarnos a nosotros mismos. Y ustedes ya me mostraron que son capaces de cambiarse a ustedes mismos y construir estas relaciones de amistad. Así podemos cambiar el mundo, así podemos construir un mundo de paz.

Me preguntaron qué deseo para ustedes: en mis oraciones, pido para cada uno una vida buena y verdadera, según la voluntad de Dios. En pocas palabras, espero para todos son una vida santa. Aquí les digo una cosa: sepan que la palabra “santa” tiene la misma raíz que la palabra “sana” y que, si realmente queremos ser santos, es necesario comenzar con una vida sana y es necesario ayudarnos, unos a otros, a buscar cómo evitar esas cosas como, desafortunadamente, las adicciones: muchas situaciones en las que viven los jóvenes. Nosotros somos testimonio, los amigos verdaderos que acompañan, que pueden realmente ofrecer una vida sana, para que todos seamos santos. Y eso depende también de ustedes. No tengan miedo de aceptar esta responsabilidad. No deseo nada menos, porque los quiero: vive realmente, de hecho, el que vive con Dios, autor y salvador de la vida. Es así como podemos ser todos santos en esta vida. El Señor vuelve buena la vida no enseñando ideales abstractos, sino dando la vida por nosotros (cf. Jn 10, 10). Ante los desafíos de su tiempo, otro poeta fascinado por este don, Clemente Rebora, exclamaba: «He aquí la esperanza cierta: la Cruz. / He encontrado a Quien me amó primero. / Y me ama y me lava, en la Sangre que es fuego, / Jesús, el Todobien, el Amor infinito, / el Amor que entrega el Amor, / el Amor que vive muy dentro del corazón». [2] el rayo de luz que nos atraviesa se ve y se siente. Es un amor verdadero, porque es fiel y no espera nada a cambio. Es un amor que conoce nuestro corazón y lo libera del miedo. Y la paz es el fruto que el amor de Dios cultiva en nosotros: saboreándolo, lo podemos compartir a través de la dedicación a quien no se siente amado, a aquellos pequeños que necesitan más atención, a quien espera de nosotros un gesto de perdón. Muy queridos jóvenes, que su compromiso en la sociedad y la política, en la familia, en la escuela y en la Iglesia parta desde el corazón, y será fructuoso. Que parta desde Dios, y será santo.

Y quisiera invitarlos a recordar lo que le decía en la gran Vigilia de su Jubileo: «La amistad con Cristo, que está en la base de la fe, no es sólo una ayuda entre muchas otras para construir el futuro: es nuestra estrella polar. […] Cuando nuestras amistades reflejan este intenso vínculo con Jesús se vuelven ciertamente sinceras, generosas y verdaderas». Entonces sí «la amistad puede realmente cambiar al mundo», convirtiéndose en «camino hacia la paz» (Velada, Tor Vergata, 2 de agosto 2025). Y este deseo mío corresponde con las palabras de Francisco, que unió dos expresiones, aparentemente contrarias, para describir la desilusión y el sentido de esclavitud que a veces perciben. Dijo: “estamos perdidos” y “estamos llenos”. Describe bien la situación de quién tiene mucho, pero no lo esencial: sí, un corazón lleno de distracciones no encuentra el camino, pero quien la desea comienza ya a liberarse de lo que lo bloquea. La insatisfacción es eco de la verdad: no debe asustarlos, porque muestra bien el vacío que ensombrece la vida, reduciéndola a instrumento en función de otra cosa.

¿Qué pueden “hacer en concreto para romper estas cadenas”? Ante todo, orar. Es este el acto más concreto que el cristiano realiza para el bien de quién está a su lado, de sí mismo y del mundo entero. Orar es acto de libertad, que rompe las cadenas del aburrimiento, del orgullo y la indiferencia. Para encender el mundo se necesita un corazón ardiente. Y el fuego lo enciende Dios cuando oramos, especialmente cuando lo recibimos y lo adoramos en la Eucaristía, cuando lo encontramos en el Evangelio, cuando lo cantamos en los Salmos. Así Él nos hace capaces de ser luz del mundo y sal de la tierra.

Tomen el ejemplo del canto de la más grande poetisa, María, María Santísima. Ella cantó: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se goza en Dios, mi salvador» (Lc 1, 46-47). Se necesita valentía para dar testimonio hoy de esta alegría. Se necesita ardor para amar como el Señor nos ha amado, sin embargo, es exactamente esto lo que nos hace “dejar de pasar el tiempo y vivir realmente”, como han dicho. No se trata de realizar esfuerzos sobre humanos, y tampoco de hacer de vez en cuando alguna obra de caridad: se trata de vivir como hombres y mujeres que tienen a Cristo en el corazón, lo escuchan como Maestro y lo siguen como Pastor.

Miremos a los santos: ¡qué libres son! Junto con ellos, avancemos en el camino, sabiendo bien que el verdadero bien de la vida no se puede comprar con dinero ni conquistar con las armas, pero se puede entregar, simplemente, porque a todos Dios lo entrega con amor.

Gracias a todos ustedes por haber venido. Y gracias – realmente gracias – por amar junto conmigo a esta nuestra Iglesia de Roma. ¡la Iglesia de Roma está viva! Y ahora los bendigo a todos ustedes, a sus seres queridos y a sus amigos. Gracias.

Hasta luego y buen camino.


[1] cf. S. Quasimodo, Y de pronto es de noche, Milán 2016.

[2] cf. C. Rebora, Las poesías, Milán 1994.

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