EL BAUTISMO NOS LIBERA DEL PECADO Y NOS HACE HIJOS DE DIOS: ÁNGELUS DEL 11/01/2026

Al mediodía de este 11 de enero, previamente a la oración del Ángelus, el Papa León XIV reflexionó sobre la Fiesta del Bautismo del Señor, recordando que con esta celebración comienza el Tiempo Ordinario del año litúrgico, “un período que nos invita a seguir al Señor, escuchar su Palabra e imitar sus gestos de amor al prójimo”. Según el Papa, de este modo “renovamos y confirmamos nuestro propio Bautismo, el Sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida”. Compartimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

La Fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, da comienzo al Tiempo Ordinario: este periodo del año litúrgico nos invita a seguir juntos al Señor, a escuchar su Palabra e imitar sus gestos de amor al prójimo. Es así, de hecho, que confirmamos y renovamos nuestro Bautismo, es decir, el Sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida.

El Evangelio que hoy escuchamos relata cómo nace este signo eficaz de la gracia. Cuando se hace bautizar por Juan en el río Jordán, Jesús ve «al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre él» (Mt 3, 16). Al mismo tiempo, de los cielos abiertos se oye la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo, el amado» (v. 17). Entonces toda la Trinidad se hace presente en la historia: así como el Hijo desciende en las aguas del Jordán, así el Espíritu Santo desciende sobre Él y, a través de Él, se nos da como fuerza de salvación.

Muy queridos todos, Dios no mira el mundo desde lejos, sin tocar nuestra vida, nuestros males y nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la sabiduría de su Verbo hecho carne, involucrándonos en un sorprendente proyecto de amor para toda la humanidad.

Es por eso que Juan el Bautista, lleno de asombro, pregunta a Jesús: «¿Tú vienes conmigo?» (v. 14). Sí, en su santidad el Señor se hace bautizar como todos los pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. El Hijo Unigénito, en quien somos hermanos y hermanas, viene, de hecho, para servir y no para dominar, para salvar y no para condenar. Él es el Cristo redentor: carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.

El Sacramento del Bautismo realiza este acontecimiento en todo tiempo y lugar, introduciendo a cada uno de nosotros en la Iglesia, que es el pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda nación y cultura, regenerados por su Espíritu. Dediquemos entonces este día a hacer memoria del gran don recibido, comprometiéndonos a dar testimonio de él con alegría y coherencia. Precisamente hoy bauticé a algunos recién nacidos, que se han convertido en nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe: qué hermoso es celebrar como una única familia el amor de Dios, que nos llama por nuestro nombre y nos libera del mal. El primero de los Sacramentos es un signo sagrado, que nos acompaña para siempre. En las horas oscuras, el Bautismo es luz; en los conflictos de la vida, el Bautismo es reconciliación; en la hora de la muerte, el Bautismo es puerta del cielo.

Oremos juntos a la Virgen María, pidiéndole que sostenga cada día nuestra fe y la misión de la Iglesia.

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