QUE EN VEZ DE LA INDUSTRIA DE LA GUERRA SE AFIRME LA ARTESANÍA DE LA PAZ: ÁNGELUS DEL 06/01/2026

Después de haber presidido la Santa Misa en la Basílica de San Pedro con el rito de cierre de la Puerta Santa y clausura del Jubileo de la Esperanza este 6 de enero por la mañana, el Papa León XIV encabezó la oración mariana del Ángelus desde la Logia Central de la Basílica Vaticana, ante los miles de fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro. “En los regalos de los magos vemos, pues, lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que puede ya no guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca entre nosotros”, invitó el Santo Padre antes de la oración a la Madre de Dios en su reflexión cuyo texto transcribimos a continuación, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este período hemos vivido distintos días festivos y la Solemnidad de la Epifanía, ya en su nombre, nos sugiere lo que hace posible la alegría incluso en tiempos difíciles. Como saben, de hecho, la palabra “epifanía” significa “manifestación”, y nuestra alegría nace de un Misterio que ya no está oculto. Se ha revelado la vida de Dios: muchas veces y de diferentes maneras, pero con definitiva claridad en Jesús, de manera que ahora sabemos, incluso entre muchas tribulaciones, que podemos esperar. “Dios salva”: no tiene otras intenciones, no tiene otro nombre. Viene de Dios y es epifanía de Dios sólo lo que libera y salva.

Arrodillarse como los Magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios. En Jesús ha aparecido la verdadera vida, el hombre viviente, es decir, aquel que no existe para sí mismo, sino abierto y en comunión, que nos hace decir: «así en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10). Sí, la vida divina ahora está a nuestro alcance, se ha manifestado, para involucrarnos en su dinamismo liberador que disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una invitación: la comunión no puede ser una obligación, pero ¿qué más se puede desear?

En el relato evangélico y en nuestros Nacimientos, los Magos presentan al Niño Jesús unos regalos preciosos: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2, 11). No parecen cosas útiles para un niño, pero expresan una voluntad que nos hace pensar mucho, al llegar al final del Año jubilar. Da mucho quien lo da todo. Recordemos a aquella pobre viuda, observada por Jesús, que había echado en el tesoro del Templo sus últimas moneditas, todo lo que tenía (cf. Lc 21, 1-4). No sabemos qué poseían los Magos, venidos de Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que todo, realmente todo lo que somos y poseemos, pide ser ofrecido a Jesús, tesoro inestimable. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en la gratuidad: éste tiene originalmente en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a redistribuir la tierra y los recursos, a restituir “lo que se tiene” y “lo que se es” a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros.

Muy queridos todos, la esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra: viene del cielo, pero para generar, aquí abajo, una historia nueva. En los regalos de los Magos, entonces, vemos lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que puede ya no guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca entre nosotros. Que crezca su Reino, que se realicen en nosotros sus palabras, que los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos y hermanas, que en lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la guerra se afirme la artesanía de la paz. Tejedores de esperanza, encaminémonos hacia el futuro por otro camino (cf. Mt 2, 12).

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