COMENZAR EL AÑO CON UN CORAZÓN QUE LATE POR LA PAZ: ÁNGELUS DEL 01/01/2026
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz año!
Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas.
El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación, los propósitos de virtud en obras buenas. Es con este estilo, de hecho, que Dios mismo habita la historia y la rescata del olvido, entregando al mundo al Redentor: Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano, ilumina las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que viene a la luz.
Al respecto, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En el silencio de su vientre virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia.
Desde siempre Dios, creador bueno, conoce el corazón de María y nuestro corazón. Haciéndose hombre, Él nos hace conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por los justos, para que perseveren en su dedicación, y por los injustos, para que cambien de vida y encuentren paz.
El Salvador viene al mundo naciendo de una mujer: detengámonos a adorar este acontecimiento, que resplandece en María Santísima y se refleja en cada recién nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro cuerpo.
En esta Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor. Seguros de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca se apaga, pidamos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

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