LAS DIVISIONES EN LA IGLESIA OPACAN EL ROSTRO DE CRISTO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LAS VÍSPERAS DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO (25/01/2026)

“¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo, manifestémoslo!”. Las palabras del Papa León XIV resuenan en la Basílica de San Pablo Extramuros durante las Segundas Vísperas de este 25 de enero que concluyen la 59ª. Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en la Solemnidad de la Conversión del Apóstol de los gentiles. Son palabras que llegan como un impulso, una invitación fecunda a los hermanos de las distintas Iglesias y comuniones cristianas presentes en la Basílica para continuar caminando juntos, para llegar a “comunicar” con “una sola voz a los hombres y mujeres de nuestro tiempo”. Transcribimos a continuación el texto completo de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

En uno de los pasajes bíblicos que acabamos de escuchar, el apóstol Pablo se define como «el más pequeño entre los Apóstoles» (1 Cor 15, 9). Se considera indigno de este título, porque en el pasado fue un perseguidor de la Iglesia de Dios. Sin embargo, no es prisionero de ese pasado, sino más bien «prisionero por el Señor» (Ef 4, 1). Por la gracia de Dios, de hecho, conoció al Señor Jesús Resucitado, que se reveló a Pedro, luego a los Apóstoles y a cientos de otros seguidores del Camino, y finalmente también a él, un perseguidor (cf. 1 Cor 15, 3-8). Su encuentro con el Resucitado determina la conversión que conmemoramos hoy.

El alcance de esta conversión se refleja en el cambio de su nombre, de Saulo a Pablo. Por la gracia de Dios, aquel que en un tiempo persiguía a Jesús se ha transformado por completo y se ha convertido en su testigo. Aquel que combatía el nombre de Cristo con ferocidad, ahora predica su amor con celo ardiente, como expresa vívidamente el himno que cantamos al comienzo de esta celebración (cf. Excelsam Pauli gloriam, v. 2). Mientras estamos reunidos ante los restos mortales del Apóstol de los gentiles, se nos recuerda así que su misión es también la misión de todos los cristianos de hoy: anunciar a Cristo e invitar a todos a tener confianza en Él. Cada verdadero encuentro con el Señor, de hecho, es un momento transformador, que da una nueva visión y una nueva dirección para realizar la tarea de edificar el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 12).

El Concilio Vaticano II, en el inicio de la Constitución sobre la Iglesia, declaró el ardiente deseo de anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y así «iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece en el rostro de la Iglesia» (Const. dogm. Lumen gentium, 1). Es tarea común de todos los cristianos decir al mundo, con humildad y alegría: «¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela!» (Homilía en la Misa del inicio del Pontificado, 18 mayo 2025). Muy queridos todos, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos llama cada año a renovar nuestro compromiso común en esta gran misión, conscientes de que las divisiones entre nosotros, si bien no impiden ciertamente que la luz de Cristo brille, hacen, sin embargo, más opaco aquel rostro que debe reflejarla sobre el mundo.

El año pasado celebramos el 1700° aniversario del Concilio de Nicea. Su Santidad Bartolomé, Patriarca Ecuménico, invitó a celebrar este aniversario en İznik, y doy gracias a Dios por el hecho de que tantas tradiciones cristianas estuvieran representadas en esa conmemoración, hace dos meses. Recitar juntos el Credo niceno en el mismo lugar de su redacción fue un testimonio valioso e inolvidable de nuestra unidad en Cristo. Ese momento de fraternidad nos permitió también alabar al Señor por lo que obró en los Padres de Nicea, ayudándoles a expresar con claridad la verdad de un Dios que se hizo cercano a nosotros encontrándonos en Jesucristo. ¡Que también hoy el Espíritu Santo pueda encontrar en nosotros una inteligencia dócil para comunicar con una sola voz la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo!

En el pasaje de la Carta a los Efesios elegido como tema para la Semana de Oración de este año, escuchamos repetir continuamente el calificativo “uno”: un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios (cf. Ef 4, 4-6). Queridos hermanos y hermanas, ¿cómo podrían estas palabras inspiradas no tocarnos profundamente? ¿Cómo podrá nuestro corazón no arder ante su impacto? Sí, nosotros «compartimos la misma fe en el único Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios, Jesucristo, y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio» (Carta ap. In unitate fidei, 12). ¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo, manifestémoslo!

Mi amado predecesor, el Papa Francisco, observó que el camino sinodal de la Iglesia católica «es y debe ser ecuménico, así como el camino ecuménico es sinodal» (Discurso a S.S. Mar Awa III, 19 noviembre 2022). Esto se reflejó en las dos Asambleas del Sínodo de los Obispos de 2023 y 2024, caracterizadas por un profundo celo ecuménico y enriquecidas por la participación de numerosos delegados fraternos. Creo que este es un camino para crecer juntos en el conocimiento recíproco de nuestras respectivas estructuras y tradiciones sinodales. Mientras miramos hacia el 2000º aniversario de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús en el 2033, comprometámonos a desarrollar aún más las prácticas sinodales ecuménicas y a comunicarnos mutuamente lo que somos, lo que hacemos y lo que enseñamos (cf. Por una Iglesia sinodal, 137-138).

Muy queridos todos, mientras la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos llega a su fin, dirijo mi cordial saludo al Cardenal Kurt Koch, a los miembros, consultores y personal del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, así como a los miembros de los diálogos teológicos y otras iniciativas promovidas por el Dicasterio. Agradezco la presencia en esta Liturgia de numerosos líderes y representantes de las diversas Iglesias y Comuniones cristianas del mundo, en particular del Metropolita Polykarpos, por el Patriarcado Ecuménico; del Arzobispo Khajag Barsamian, por la Iglesia Apostólica Armenia y del Obispo Anthony Ball, por la Comunión Anglicana. Saludo también a los estudiantes becados del Comité para la Colaboración Cultural con las Iglesias Ortodoxas y Ortodoxas Orientales del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, a los estudiantes del Instituto Ecuménico de Bossey del Consejo Ecuménico de Iglesias, a los grupos ecuménicos y a los peregrinos que participan en esta celebración.

Los subsidios para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año han sido preparados por las Iglesias de Armenia. Con profunda gratitud, nuestro pensamiento se dirige al valiente testimonio cristiano del pueblo armenio a lo largo de la historia, una historia en la que el martirio ha sido una característica constante. Al término de esta Semana de Oración, recordamos al santo Catholicós San Nerses Shnorhali', “el Agraciado”, que trabajó por la unidad de la Iglesia en el siglo XII. Él se adelantó a su tiempo al comprender que la búsqueda de la unidad es una tarea que corresponde a todos los fieles y requiere la sanación de la memoria. San Nerses puede también enseñarnos la actitud que deberíamos adoptar en nuestro camino ecuménico, como recordó mi venerado predecesor San Juan Pablo II: «Los cristianos deben tener una profunda convicción interior de que la unidad es esencial no para una ventaja estratégica o un beneficio político, sino para el interés de la predicación del Evangelio» (Homilía en la Celebración ecuménica, Ereván, 26 septiembre 2001).

La tradición nos entrega el testimonio de Armenia como primera nación cristiana, con el bautismo del Rey Tirídates en el año 301 por san Gregorio el Iluminador. Demos gracias por cómo, por obra de intrépidos anunciadores de la Palabra que salva, los pueblos de Europa oriental y occidental acogieron la fe en Jesucristo; y pidamos para que las semillas del Evangelio sigan produciendo en este Continente frutos de unidad, justicia y santidad, también en beneficio de la paz entre los pueblos y las naciones del mundo entero.

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