ESTOY AQUÍ PARA ESCUCHAR: DISCURSO DE LEÓN XIV EN LA APERTURA DEL CONSISTORIO EXTRAORDINARIO (07/01/2026)

Por la tarde de este 7 de enero, el Papa León XIV dio inicio al Consistorio Extraordinario de Cardenales en la Nueva Aula del Sínodo e inauguró dos días de reflexión y diálogo al servicio del gobierno de la Iglesia universal. El Santo Padre subrayó que la misión de la Iglesia no se basa en el proselitismo, sino en la atracción que nace de la caridad de Cristo, e invitó a los Cardenales a un camino colegial marcado por la escucha y la comunión. Compartimos a continuación el texto completo de su discurso, traducido del italiano:

Muy queridos hermanos:

Me alegra mucho acogerlos y darles la bienvenida. ¡Gracias por su presencia! Que el Espíritu Santo, al que hemos invocado, nos guíe en estos dos días de reflexión y diálogo.

Considero muy significativo el hecho de que nos hayamos reunido en Consistorio al día siguiente de la Solemnidad de la Epifanía del Señor, y me gustaría introducir nuestros trabajos con una inspiración que proviene precisamente de este misterio.

En la Liturgia ha resonado el llamado siempre conmovedor del profeta Isaías: «¡Levántate, revístete de luz, porque viene tu luz, la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque, he aquí, que las tinieblas recubren la tierra, una densa niebla envuelve a las naciones; pero sobre ti resplandece el Señor, su gloria aparece sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes, al esplendor de tu aurora» (Is 60, 1-3).

Estas palabras hacen pensar en el inicio de la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. Leo íntegramente el primer párrafo: «Cristo es la luz de los pueblos: este santo Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea entonces ardientemente, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15), iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece en el rostro de la Iglesia. Y ya que la Iglesia es, en Cristo, de alguna forma el sacramento, o sea el signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, continuando el tema de los anteriores Concilios, intenta con mayor claridad ilustrar a sus fieles y al mundo entero su propia naturaleza y su misión universal. Las actuales condiciones del mundo hacen más urgente este deber de la Iglesia, para que todos los hombres, hoy más estrechamente unidos por varios vínculos sociales técnicos y culturales, puedan también conseguir la plena unidad en Cristo» (Lumen gentium, 1).

Podemos decir que el Espíritu Santo, a siglos de distancia, inspiró la misma visión al profeta y a los Padres conciliares: la visión de la luz del Señor que ilumina la ciudad santa – primero Jerusalén, después la Iglesia – y, reflejándose en ella, permite a todos los pueblos caminar en medio de las tinieblas del mundo. Lo que Isaías anunciaba “en figura”, el Concilio lo reconoce en la realidad plenamente revelada de Cristo, luz de las naciones.

Los pontificados de San Pablo VI y el de San Juan Pablo II los podríamos interpretar globalmente en esta perspectiva conciliar, que contempla el misterio de la Iglesia totalmente inscrito en el de Cristo y así comprende la misión evangelizadora como irradiación de la inagotable energía liberada por el Acontecimiento central de la historia de la salvación.

Los Papas Benedicto XVI y Francisco resumieron después esta visión en una sola palabra: atracción. El Papa Benedicto lo hizo en la Homilía de Apertura de la Conferencia de Aparecida, en 2007, cuando dijo: «La Iglesia no hace proselitismo. Ésta se desarrolla mucho más por “atracción”: como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza toda su obra conformándose espiritual y concretamente con la caridad de su Señor». El Papa Francisco se mostró totalmente de acuerdo con este enfoque y lo repitió varias veces en diferentes contextos.

Hoy, con alegría, la retomo y la comparto con ustedes. Y los invito a ustedes y a mí a prestar mucha atención a lo que el Papa Benedicto señalaba como la “fuerza” que preside este movimiento de atracción: esa fuerza es la Charis, es el Ágape, es el Amor de Dios que se encarnó en Jesucristo y que en el Espíritu Santo es entregado a la Iglesia y santifica todas sus acciones. En efecto, no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo, y si un cristiano o una comunidad eclesial atrae es porque a través de ese “canal” llega la savia vital de la Caridad que brota del Corazón del Salvador. Es significativo que el Papa Francisco, que inició con Evangelii gaudium «sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual», haya concluido con Dilexit nos «sobre el amor humano y divino del Corazón de Cristo».

San Pablo escribe: «Caritas Christi urget nos» (2 Cor 5,14). El verbo sunechei dice que el amor de Cristo nos impulsa puesto que nos posee, nos envuelve, nos cautiva. He aquí la fuerza que atrae a todos hacia Cristo, como Él mismo profetizó: «Yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). En la medida en que nos amamos unos a otros como Cristo nos ha amado, somos suyos, somos su comunidad y Él puede seguir atrayendo a través de nosotros. De hecho, sólo el amor es creíble, sólo el amor es digno de fe. [1]

La unidad atrae, la división dispersa. Me parece que esto se refleja también en la física, tanto en el micro como en el macrocosmos. Por lo tanto, para ser Iglesia verdaderamente misionera, es decir, capaz de dar testimonio de la fuerza atractiva de la caridad de Cristo, debemos ante todo poner en práctica su mandamiento, el único que nos dio, después de haber lavado los pies de sus discípulos: «Así como yo los he amado, así ámense también ustedes los unos a los otros». Y añade: «En esto todos sabrán que son mis discípulos: si tienen amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35). Comenta San Agustín: «Para esto nos amó, para que también nosotros nos amemos mutuamente. Al amarnos él nos dio la ayuda para que con el mutuo amor nos abracemos entre nosotros y, unidos los miembros por un vínculo tan suave, seamos cuerpo de tan importante Cabeza» (Homilía 65 sobre el Evangelio de Juan,2).

Muy queridos hermanos, quisiera partir de aquí, de esta palabra del Señor, para nuestro primer Consistorio y, sobre todo, para el camino colegial que, con la gracia de Dios, estamos llamados a realizar. Somos un grupo muy variado, enriquecido por múltiples procedencias, culturas, tradiciones eclesiales y sociales, trayectorias formativas y académicas, experiencias pastorales y, naturalmente, caracteres y rasgos personales. Estamos llamados, ante todo, a conocernos y a dialogar para poder trabajar juntos al servicio de la Iglesia. Espero que podamos crecer en la comunión para ofrecer un modelo de colegialidad.

Hoy, en cierto sentido, continuamos el memorable encuentro que junto con muchos de ustedes pude tener inmediatamente después del Cónclave, con «un momento de comunión y fraternidad, de reflexión y de intercambio, destinado a apoyar y aconsejar al Papa en la grave responsabilidad del gobierno de la Iglesia universal» (Carta de convocatoria del Consistorio extraordinario, 12 diciembre 2025).

En estos días tendremos la oportunidad de experimentar ya una reflexión comunitaria sobre cuatro temas: Evangelii gaudium, es decir, la misión de la Iglesia en el mundo de hoy; Praedicate Evangelium, es decir, el servicio de la Santa Sede, especialmente a las Iglesias particulares; Sínodo y sinodalidad, instrumento y estilo de colaboración; Liturgia, fuente y culmen de vida cristiana. Por razones de tiempo y para favorecer una verdadera profundización, sólo dos de ellos serán objeto de un tratamiento específico.

Los 21 grupos contribuirán a la decisión que tomemos, pero, dado que para mí es más fácil pedir consejo a quienes trabajan en la Curia y viven en Roma, los grupos que presentarán sus informes serán los 9 procedentes de las Iglesias locales.

Estoy aquí para escuchar. Como aprendimos durante las dos Asambleas del Sínodo de los Obispos de 2023 y 2024, la dinámica sinodal implica por excelencia la escucha. Cada momento de este tipo es una oportunidad para profundizar en nuestro aprecio compartido por la sinodalidad. «El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» (Francisco, Discurso en el 50º aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015).

Este día y medio nuestro que pasaremos juntos será una prefiguración de nuestro camino futuro. No debemos llegar a un texto, sino mantener una conversación que me ayude en mi servicio para la misión de toda la Iglesia.

Mañana trataremos los dos temas elegidos, con la siguiente pregunta guía:

Mirando el camino de los próximos uno o dos años, ¿qué atenciones y prioridades podrían orientar la acción del Santo Padre y de la Curia sobre esta cuestión?

Escuchar la mente, el corazón y el espíritu de cada uno; escucharse unos a otros; expresar sólo el punto principal y de manera muy breve, para que todos puedan hablar: ésta será nuestra forma de proceder. Los antiguos sabios romanos decían: Non multa sed multum! Y en el futuro, este estilo de escuchar recíproca, buscando la guía del Espíritu Santo y caminando juntos, seguirá siendo de gran ayuda para el ministerio petrino que se me ha confiado. También de la forma en que aprendamos a trabajar juntos, con fraternidad y sincera amistad, puede comenzar algo nuevo, que pone en juego el presente y el futuro.

Muy queridos todos, desde ahora doy gracias a Dios por su presencia y sus contribuciones. Que nos asista siempre la Virgen María, Madre de la Iglesia.


[1] cf. H.U. von Balthasar, Sólo el amor es digno de fe, Salamanca 2004.

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