LA GUERRA VUELVE A ESTAR DE MODA: DISCURSO DE LEÓN XIV AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE (09/01/2026)

Por la mañana de este 9 de enero, en el Aula de las Bendiciones, en el Vaticano, el Papa León XIV recibió al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, encabezado por George Poulides, Embajador de Chipre y Decano del Cuerpo Diplomático. Ante unos 420 diplomáticos, el Santo Padre denunció la diplomacia de la fuerza, que está sustituyendo a la diplomacia del diálogo. “La guerra vuelve a estar de moda y un fervor bélico está extendiéndose. Se ha roto el principio establecido después de la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras de los demás”, dijo el Pontífice en su largo discurso cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Excelentísimos señores, distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático, señoras y señores:

Agradezco ante todo a Su Excelencia el Embajador George Poulides, Decano del Cuerpo Diplomático, por las amables y deferentes palabras que me ha dirigido, en nombre de todos ustedes y les doy la bienvenida a este encuentro para intercambiarnos los saludos al inicio del Año Nuevo.

Se trata de una ocasión tradicional para la vida del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pero que constituye una novedad para mí, que hace pocos meses fui llamado a pastorear el rebaño de Cristo. Estoy, por ello, contento de recibirlos esta mañana y estoy agradecido por su numerosa participación, que este año se ve enriquecida por la presencia de los nuevos Jefes de Misión residentes de Kazajistán, Burundi y Bielorrusia. Agradezco a las respectivas autoridades gubernamentales por la decisión de abrir representaciones diplomáticas ante la Santa Sede en Roma, signo tangible de las buenas y fructíferas relaciones bilaterales. A través de todos ustedes, queridos Embajadores, deseo hacer llegar mis mejores deseos a sus países y compartir una mirada sobre nuestro tiempo, tan perturbado por un creciente número de tensiones y conflictos.

El año que acaba de terminar ha sido rico de acontecimientos, empezando por aquellos que han afectado directamente a la vida de la Iglesia, que ha vivido un intenso Jubileo y ha visto el regreso a la casa del Padre de mi venerado predecesor, el Papa Francisco. El mundo entero se reunió alrededor de su féretro el día de las exequias, advirtiendo la pérdida de un padre, que guió al Pueblo de Dios con profunda caridad pastoral.

Hace pocos días cerramos la última Puerta Santa, la de la Basílica de San Pedro, que precisamente el Papa Francisco había abierto en la noche de Navidad de 2024. Durante el Año Santo, millones de peregrinos acudieron a Roma para realizar su peregrinación jubilar. Cada uno vino cargado con su propia vivencia, de preguntas y alegrías, como también de dolores y heridas, para atravesar las Puertas Santas, símbolo de Cristo mismo, nuestro médico celestial, el cual, al venir en la carne, tomó sobre sí nuestra humanidad para hacernos partícipes de su vida divina, como contemplamos en el misterio de la Navidad celebrado hace poco. Confío en que, en este paso, muchas personas hayan podido profundizar o redescubrir su relación con el Señor Jesús, encontrando consuelo y renovada esperanza para afrontar los desafíos de la vida.

En este punto, deseo expresar particular gratitud a los romanos, que con gran paciencia y sentido de hospitalidad, se han hecho cargo de los numerosos peregrinos y turistas llegados a la Urbe desde todas partes del mundo. Un especial agradecimiento deseo dirigirlo al Gobierno italiano, a la Administración Capitolina y a las fuerzas del orden, que han trabajado con celo y precisión para que Roma fuera capaz de acoger a todos los visitantes y que los eventos jubilares, y los que siguieron a la muerte del Papa Francisco, pudieran desarrollarse con serenidad y seguridad.

La Santa Sede e Italia comparten no sólo la cercanía geográfica, sino sobre todo la larga historia, de fe y cultura, que une a la Iglesia con esta hermosa península y su pueblo. De ello son signo también las excelentes relaciones bilaterales, selladas este año con la entrada en vigor de las modificaciones al Acuerdo sobre la asistencia espiritual a las Fuerzas Armadas, que permitirá una mayor eficacia en el acompañamiento espiritual a las mujeres y los hombres que prestan su servicio en las Fuerzas Armadas en Italia y en las numerosas misiones en el extranjero, como también la firma del Acuerdo para una planta agro-voltaica en Santa María di Galeria, que permitirá el suministro de energía eléctrica a la Ciudad del Vaticano a través del recurso a fuentes renovables, confirmando así el compromiso común en favor de la creación. Agradezco también las visitas que he recibido de los altos funcionarios del Estado al comienzo de mi pontificado y la exquisita hospitalidad que me brindó en el Palacio del Quirinal el señor Presidente de la República, a quien deseo hacer llegar mi cordial y agradecido saludo.

Durante el año, aceptando la invitación que le habían hecho al Papa Francisco, tuve la alegría de visitar Turquía y el Líbano. Agradezco a las autoridades de ambos países su acogida. En İznik, en Turquía, pude conmemorar, junto con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla y representantes de otras confesiones cristianas, los 1700 años del Concilio de Nicea, primer concilio ecuménico. Fue una importante ocasión para renovar el compromiso en el camino hacia la plena unidad visible de todos los cristianos. En el Líbano, encontré a un pueblo que, a pesar de las dificultades, está lleno de fe y entusiasmo y percibí la esperanza que viene de los jóvenes, que aspiran a construir una sociedad más justa y cohesionada, fortaleciendo el entrelazamiento entre culturas y credos religiosos, que hace al país de los cedros, único en el mundo.

Queridos Embajadores:

Inspirado por los trágicos acontecimientos del saqueo de Roma en el año 410 d. C., san Agustín escribió una de las obras más poderosas de su producción teológica, filosófica y literaria: la De Civitate Dei, La ciudad de Dios. Como observó el Papa Benedicto XVI, se trata de una «obra imponente y decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia». [1] que se basa en una “narrativa” – diríamos en términos contemporáneos – que se estaba difundiendo: «los paganos, aún numerosos en ese tiempo, y también no pocos cristianos piensan que el Dios de la nueva religión y los propios Apóstoles habían mostrado que no eran capaces de proteger la ciudad. En los tiempos de las divinidades paganas, Roma era caput mundi, la gran capital, y nadie podía imaginar que caería en manos de los enemigos. Ahora, con el Dios de los cristianos, esta gran ciudad ya no parecía segura». [2]

Ciertamente, nuestros tiempos están muy lejos de aquellos acontecimientos. No se trata sólo de una cuestión de distancia temporal, sino también de una sensibilidad cultural diferente y de un desarrollo de las categorías del pensamiento. Sin embargo, no se puede pasar por alto el hecho de que precisamente nuestra sensibilidad cultural se ha nutrido de esa obra que, como todos los clásicos, habla a los hombres de todos los tiempos.

Agustín lee los acontecimientos y la realidad histórica misma según el modelo de las dos ciudades: la ciudad de Dios, que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei), al que está unido el amor al prójimo, especialmente a los pobres; y la ciudad terrenal, que es un lugar de morada temporal en el que los seres humanos viven hasta su muerte. En nuestros días, ésta incluye a todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado nacional y las organizaciones internacionales. Para Agustín, esta ciudad estaba encarnada por el Imperio Romano. La ciudad terrenal se centra en el amor orgullo a sí mismo (amor sui), en el ansia de poder y gloria mundanos que llevan a la destrucción. No se trata, sin embargo, de una lectura de la historia que pretende contraponer al más allá con el presente, la Iglesia con el Estado, ni una dialéctica sobre el papel de la religión en la sociedad civil.

En la perspectiva agustiniana, las dos ciudades coexisten hasta el fin de los tiempos y poseen tanto una dimensión externa como una interna, ya no se miden sólo con las actitudes externas con que se han construido en la historia, sino también con las actitudes internas de cada ser humano ante los hechos de la vida y los acontecimientos históricos. En dicha perspectiva, cada uno de nosotros es protagonista y, por lo tanto, responsable de la historia. De manera particular, Agustín pone en relieve que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrenal con el corazón y la mente dirigidos a la ciudad celestial, su verdadera patria. Sin embargo, el cristiano, al vivir en la ciudad terrenal, no es ajeno al mundo político y busca aplicar la ética cristiana, inspirada por las Escrituras, al gobierno civil.

La Ciudad de Dios no propone un programa político, pero ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales de la vida social y política, como la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica entre los pueblos. Agustín advierte también de los graves peligros para la vida política derivados de falsas representaciones de la historia, del excesivo nacionalismo y la distorsión del ideal del estadista.

Si bien el contexto en el que vivimos hoy es diferente al del siglo V, algunas analogías siguen siendo muy actuales. Como entonces, estamos en una época de profundos movimientos migratorios; como entonces, estamos en un tiempo de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales; como entonces, estamos, según la conocida expresión del Papa Francisco, no en una época de cambio sino en un cambio de época. [3]

En nuestro tiempo, preocupa de manera particular, en el plano internacional, la debilidad del multilateralismo. A una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes, se le va sustituyendo por una diplomacia de la fuerza, de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y un fervor bélico está extendiéndose. Se ha roto el principio, establecido después de la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras de los demás. Ya no se busca la paz como don y bien deseable en sí mismo «en la búsqueda de un orden deseado por Dios, que implica una justicia más perfecta entre los hombres» [4] sino que se busca mediante las armas, como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el estado de derecho, que está en la base de toda pacífica convivencia civil.

Por otro lado, como señala San Agustín, «no existe quien no quiera tener la paz. Incluso los que quieren la guerra no desean otra cosa que vencer, desean entonces alcanzar una paz gloriosa. La victoria, de hecho, no es otra cosa sino la sumisión de aquellos que oponen resistencia y cuando esto ocurre, habrá paz. […] Incluso los que buscan que se rompa la paz, en la que viven, no odian la paz, sino que se transmita a su libre poder. Entonces, no desean que no haya paz, sino que sea la que ellos quieren». [5]

Es precisamente esta actitud la que condujo a la humanidad al drama de la Segunda Guerra Mundial, de cuyas cenizas nacieron después las Naciones Unidas, cuyo 80º aniversario se celebró hace poco. Éstas fueron deseadas por la determinación de 51 naciones como eje de la cooperación multilateral para prevenir futuras catástrofes mundiales, para salvaguardar la paz, defender los derechos humanos fundamentales y promover un desarrollo sostenible.

Quisiera recordar particularmente la importancia del derecho humanitario internacional, cuyo respeto no puede depender de las circunstancias ni de intereses militares y estratégicos. El derecho humanitario, además de garantizar, durante los estragos de la guerra, un mínimo de humanidad, es un compromiso que los Estados han contraído. éste debe siempre prevalecer sobre las ambiciones de los beligerantes, con el fin de mitigar los efectos devastadores de la guerra, también en una óptica de reconstrucción. No se puede callar que la destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho humanitario internacional. La Santa Sede reitera con firmeza su condena de cualquier forma de involucrar a los civiles en operaciones militares y desea que la comunidad internacional recuerde que la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la sacralidad de la vida siempre cuenta más que cualquier mero interés nacional.

En esta perspectiva, las Naciones Unidas han mediado en conflictos, promovido el desarrollo y ayudado a los Estados en la protección de derechos humanos y libertades fundamentales. En un mundo atravesado por desafíos complejos, como las tensiones geopolíticas, las desigualdades y las crisis climáticas, la Organización debe desempeñar un papel clave para favorecer el diálogo y la ayuda humanitaria, contribuyendo a construir un futuro más justo. Se vuelven, por tanto, necesarios esfuerzos para garantizar que las Naciones Unidas no sólo reflejen la situación del mundo actual y no del período de la posguerra, sino también para que estén más orientadas y eficientes en la búsqueda, no de ideologías, sino de políticas dirigidas a la unidad de la familia de los pueblos.

El objetivo del multilateralismo es, entonces, ofrecer un lugar para que las personas puedan encontrarse y hablar, siguiendo el modelo del antiguo foro romano o de la plaza medieval. Sin embargo, para dialogar, es necesario que haya un acuerdo sobre las palabras y los conceptos que éstas representan. Redescubrir el significado de las palabras es quizás uno de los principales desafíos de nuestro tiempo. Cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, y la realidad misma se vuelve objeto de opinión y, en última instancia, incomunicable, nos volvemos como esos dos, de los que habla San Agustín, que se ven obligadas a permanecer juntos sin que ninguno de ellas conozca el idioma de la otra. Él observa que «los mudos animales, aún de especies diferentes, se entienden más fácilmente entre sí, aunque estos dos sean hombres. De hecho, ya que por la diversidad del idioma no pueden manifestarse uno al otro sus pensamientos, una gran afinidad de naturaleza de nada les sirve para establecer relaciones, hasta el punto de que un hombre está más a gusto con su perro que con un extranjero». [6]

En nuestros días el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que éstas representan son cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio privilegiado por la naturaleza humana para conocerse y encontrarse, sino, en los pliegues de la ambigüedad semántica, se convierte cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los adversarios. Necesitamos que las palabras vuelvan a expresar de forma inequívoca realidades ciertas. Sólo así puede retomarse el diálogo auténtico y sin malentendidos. Esto debe ocurrir en nuestros hogares y plazas, en la política, en los medios de comunicación y en las redes sociales, y en el contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este último pueda recuperar la fuerza necesaria para desempeñar su papel de encuentro y mediación, necesario para prevenir los conflictos, y para que nadie sea tentado a imponerse a los demás con la lógica de la fuerza, sea ésta verbal, física o militar.

También debe señalarse que la paradoja de este debilitamiento de la palabra a menudo es reivindicado en nombre de la propia libertad de expresión. Sin embargo, viéndolo bien, es realmente lo contrario: la libertad de palabra y expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y por el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Duele, en cambio, constatar cómo, especialmente en Occidente, se van reduciendo cada vez más los espacios para la auténtica libertad de expresión mientras va desarrollándose un lenguaje nuevo, de sabor orwelliano, que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, termina por excluir a quienes no se adecuan a las ideologías que lo animan.

De esta derivación se obtienen, desafortunadamente, otras consecuencias que terminan por comprimir los derechos fundamentales de la persona, empezando por la libertad de conciencia. En dicho contexto, la objeción de conciencia permite al individuo rechazar obligaciones de naturaleza legal o profesional que entran en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados en su esfera personal: puede tratarse del rechazo al servicio militar en nombre de la no violencia, o negarse a prácticas como el aborto o la eutanasia por parte de médicos y trabajadores de la salud. La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo. En este particular momento de la historia, la libertad de conciencia parece ser objeto de una creciente discusión por parte los Estados, incluso por aquellos que se declaran fundados en la democracia y los derechos humanos. Dicha libertad establece, en cambio, un equilibrio entre el interés colectivo y la dignidad individual, subrayando que una sociedad auténticamente libre no impone uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo derivas autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social.

De manera similar, corre el riesgo de verse restringida la libertad religiosa, que – como recordaba Benedicto XVI – es el primero de los derechos humanos porque expresa la realidad más fundamental de la persona. [7] Los datos más recientes afirman que las violaciones de la libertad religiosa están en aumento y que el 64% de la población mundial sufre violaciones graves de este derecho.

Al solicitar el pleno respeto de la libertad religiosa y el culto para los cristianos, la Santa Sede lo pide también para todas las demás comunidades religiosas. Con ocasión del 60º aniversario de la promulgación de la Declaración Nostra Aetate, uno de los frutos del Concilio Ecuménico Vaticano II, que concluyó el 8 de diciembre de 1965, tuve la oportunidad de reiterar el rechazo categórico de toda forma de antisemitismo, que lamentablemente sigue sembrando odio y muerte, y la importancia de cultivar el diálogo judeocristiano, profundizando en la comunes raíces bíblicas.

En la misma ocasión conmemorativa, el encuentro con los representantes de otras religiones me permitió renovar el aprecio por los camino realizado en las últimas décadas en el camino del diálogo interreligioso, porque en toda búsqueda religiosa sincera, hay «un reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación». [8] En dicho sentido, pido a las comunidades de los Estados que garanticen plena libertad de religión y culto a cada uno de sus ciudadanos.

No se puede, sin embargo, pasar por alto que la persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más difundidas actualmente, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo, los cuales sufren niveles elevados o extremos de discriminación, violencia y opresión debido a su fe. El fenómeno afecta aproximadamente a uno de cada siete cristianos a nivel global y en 2025 se agravó debido a los conflictos en curso, a los regímenes autoritarios y al extremismo religioso. Todos estos datos demuestran, lamentablemente, cómo la libertad religiosa es considerada en muchos contextos más como un “privilegio” o una concesión, que como un derecho humano fundamental.

En este punto, deseo dirigir un pensamiento particular a las numerosas víctimas de la violencia marcada también por motivos religiosos en Bangladesh, en la región del Sahel y en Nigeria, así como a las del grave atentado terrorista de junio pasado contra la parroquia de San Elías de Damasco, sin olvidar a las víctimas de la violencia yihadista en Cabo Delgado en Mozambique.

No hay que olvidar una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está difundiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América, donde a veces se ve limitada la posibilidad de anunciar las verdades evangélicas por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos o los refugiados y los migrantes, o promueven la familia.

En el ámbito de sus relaciones y acciones internacionales, la Santa Sede asume constantemente una posición en defensa de la dignidad inalienable de cada persona. No se puede entonces pasar por alto, por ejemplo, que cada migrante es una persona y que, como tal, posee derechos inalienables, que deben respetarse en todos los contextos. No todos los migrantes, además, se desplazan por elección, sino que muchos se ven obligados a huir debido a la violencia, persecuciones, conflictos e incluso los efectos del cambio climático, como en diversas partes de África y Asia. En este año, en el que además se celebra el 75º aniversario de la Organización Mundial para las Migraciones, renuevo el deseo de la Santa Sede de que las acciones que los Estados emprenden contra la ilegalidad y el tráfico de seres humanos, no se conviertan en el pretexto para socavar la dignidad de los migrantes y los refugiados.

Las mismas consideraciones valen para los detenidos, los cuales nunca pueden ser reducidos a los crímenes que han cometido. En esta ocasión, deseo expresar mi más vivo reconocimiento a los gobiernos que han respondido positivamente al llamado de mi venerable predecesor a favor de gestos de clemencia durante el Año jubilar, expresando el deseo para que el espíritu del Jubileo inspire de manera permanente y estructural la administración de la justicia, de modo que las penas sean proporcionales a los delitos cometidos, se garanticen condiciones dignas a los reclusos, sobre todo, se trabaje para abolir la pena de muerte, medida que destruye toda esperanza de perdón y renovación. [9] No podemos además olvidar el sufrimiento de tantos detenidos por motivos políticos en muchos Estados.

Por otra parte, desde la perspectiva cristiana, el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, quien, «al llamarlo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor». [10] Dicha vocación se manifiesta de manera privilegiada y única dentro de la familia. Es en este contexto donde se aprende a amar y se desarrolla la capacidad de ponerse al servicio de la vida, contribuyendo así al desarrollo de la sociedad y a la misión de la Iglesia.

A pesar de su centralidad, la institución familiar se encuentra hoy ante dos desafíos cruciales. Por un lado, se asiste a una tendencia preocupante en el sistema internacional a descuidar y subestimar su fundamental papel social, lo que conduce a su progresiva marginación institucional. Por el otro, no se puede esconder la creciente y dolorosa realidad de familias frágiles, disgregadas y que sufren, afectadas por dificultades internas y fenómenos inquietantes, incluida la violencia doméstica.

La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera eminente en la unión exclusiva e indisoluble entre la mujer y el hombre, impone un imperativo ético fundamental: colocar a las familias en las condiciones para que puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están viviendo un dramático descenso de la tasa de natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable que se desarrolla dentro de un proyecto de relación basado en la entrega mutua y el servicio.

Es a la luz de esta visión profunda de la vida como don que hay que apreciar y de la familia como su custodia responsable, que se impone el rechazo categórico de prácticas que niegan o instrumentalizan el origen de la vida y su desarrollo. Entre ellas, se encuentra el aborto, que interrumpe una vida que nace y niega acoger el don de la vida. En dicho sentido, la Santa Sede expresa profunda preocupación respecto a proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado “derecho al aborto seguro” y considera deplorable que recursos públicos sean destinados para suprimir la vida, en lugar de ser invertidos en apoyar a las madres y las familias. El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida.

De manera similar, existe la maternidad subrogada que, transformando la gestación en un servicio negociable, viola la dignidad tanto del niño reducido a un “producto”, como de la madre, instrumentalizando su cuerpo y el proceso de gestación y alterando el proyecto relacional original de la familia.

Consideraciones similares pueden extenderse a los enfermos y a las personas ancianas y solas, que a veces tienen dificultades para encontrar una razón para seguir viviendo. Es tarea también de la sociedad civil y los Estados responder de manera concreta a las situaciones de fragilidad, ofreciendo soluciones al sufrimiento humano, como los cuidados paliativos, y promoviendo políticas de auténtica solidaridad, en lugar de fomentar formas de ilusoria compasión como la eutanasia.

Una reflexión análoga puede referirse a muchos jóvenes obligados a enfrentar numerosas dificultades, entre las cuales está la adicción a las drogas. Se necesita un esfuerzo conjunto de todos para erradicar esta plaga de la humanidad y el narcotráfico que la alimenta, con el fin de evitar que millones de jóvenes en todo el mundo terminen como víctimas del consumo de drogas. Junto con dicho esfuerzo, no deben faltar adecuadas políticas de recuperación de las adicciones y mayores inversiones en la promoción humana, la educación y la creación de oportunidades de trabajo.

A la luz de tales desafíos, es necesario reiterar con fuerza que la protección del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano. Una sociedad es sana y desarrollada sólo cuando protege la sacralidad de la vida humana y se esfuerza activamente por promoverla.

Las consideraciones que he presentado inducen a pensar que, en el contexto actual, se está verificando un auténtico “cortocircuito” de los derechos humanos. El derecho a la libertad de expresión, a la libertad de conciencia, a la libertad religiosa e incluso a la vida, sufren limitaciones en nombre de otros así llamados nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos pierde vigor, dejando espacio a la fuerza y la opresión. Esto ocurre cuando cada derecho se vuelve autorreferencial y, sobre todo, cuando pierde su conexión con la realidad de las cosas, su naturaleza y la verdad.

Señores Embajadores:

Si San Agustín pone en evidencia la coexistencia de la ciudad celestial y de la terrenal hasta el fin de los siglos, nuestro tiempo parece más bien inclinado a negar “derecho de ciudadanía” a la ciudad de Dios. Parece que sólo existe la ciudad terrenal, encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras. Buscar sólo bienes inmanentes socava esa “tranquilidad del orden”, [11] lo que para Agustín constituye la esencia misma de la paz, que concierne tanto a la sociedad y a las naciones como a la misma alma humana, y es esencial para cualquier convivencia civil. Si falta un fundamento trascendente y objetivo, prevalece sólo el amor a sí mismo, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal. [12] Sin embargo, como señala Agustín, «es grande la insensatez del orgullo en estos individuos que ponen en la vida presente el fin del bien y que piensan hacerse felices por sí mismos». [13]

El orgullo ofusca la realidad misma y la empatía hacia el prójimo. No es casualidad que en el origen de todos los conflictos esté siempre una raíz de orgullo. Como recordé en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, «se pierde entonces el realismo, cediendo a una representación del mundo parcial y distorsionada, bajo el signo de las tinieblas y del miedo», [14] abriendo así el camino a la lógica de la confrontación, precursora de toda guerra.

Lo vemos en muchos contextos, empezando de la continuación de la guerra en Ucrania, con la carga de sufrimiento infligido a la población civil. Ante dicha dramática situación, la Santa Sede reafirma con decisión la urgencia de un cese al fuego inmediato y de un diálogo motivado por la búsqueda sincera de caminos capaces de conducir a la paz. A la comunidad internacional dirijo un vehemente llamado para que no disminuya el compromiso de buscar soluciones justas y duraderas que protejan a los más frágiles y devuelvan la esperanza a las poblaciones afectadas, renovando la plena disponibilidad de la Santa Sede para acompañar cualquier iniciativa que favorezca la paz y la concordia.

Del mismo modo, lo vemos en Tierra Santa, donde, a pesar de la tregua anunciada en octubre, la población civil sigue padeciendo una grave crisis humanitaria, que agrega más sufrimiento al ya experimentado. La Santa Sede mira con articular atención cualquier iniciativa diplomática que busque garantizar a los palestinos de la Franja de Gaza un futuro de paz y justicia duradera en su propia tierra, así como a todo el pueblo palestino y a todo el pueblo israelí. En particular, la solución de dos Estados sigue siendo la perspectiva institucional que satisface las legítimas aspiraciones de ambos pueblos, pero se revela, lamentablemente, el aumento de la violencia en Cisjordania, perpetrada contra la población civil palestina, que tiene el derecho a vivir en paz en su propia tierra.

Viva preocupación despierta también el aumento de las tensiones en el Mar Caribe y a lo largo de las costas americanas del Pacífico. Deseo renovar un vehemente llamado para que se busquen soluciones políticas pacíficas a la situación actual, considerando importante el bien común de los pueblos y no la defensa de intereses partidistas.

Esto es válido en particular para Venezuela, tras los recientes acontecimientos. Renuevo, al respecto, el llamado para que se respete la voluntad del pueblo venezolano y a esforzarse por la protección de los derechos humanos y civiles de cada uno y por la edificación de un futuro de estabilidad y concordia, encontrando inspiración en el ejemplo de dos de sus hijos, a quienes tuve la alegría de canonizar en octubre pasado, José Gregorio Hernández y Sor Carmen Rendiles, para construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país desde hace muchos años.

Otras crisis inundan el panorama mundial. Me refiero, ante todo, a la dramática situación en Haití, marcada por todo tipo de violencia, desde la trata de seres humanos hasta el exilio forzoso y los secuestros. Al respecto, expreso mi deseo de que, con el necesario y concreto apoyo de la comunidad internacional, el país pueda cuanto antes dar los pasos necesarios para restablecer el orden democrático, poner fin a la violencia y alcanzar la reconciliación y la paz.

No podemos olvidar la situación que afecta desde hace décadas a la región africana de los Grandes Lagos, asolada por una violencia que se ha cobrado numerosas víctimas. Animo a las partes implicadas a que busquen una solución definitiva, justa y duradera, que ponga fin a un conflicto que ha durado ya demasiado tiempo. Del mismo modo, pienso en la situación en Sudán, transformado en un extenso campo de batalla, así como en la continua inestabilidad política en Sudán del Sur, el país más joven de la familia de naciones, surgido a continuación del referéndum celebrado hace quince años.

No podemos dejar de mencionar también la intensificación de señales de tensión en Asia Oriental, expresando el deseo de que todas las partes implicadas adopten un enfoque pacífico y de diálogo ante las cuestiones controvertidas que son fuente de potenciales conflictos.

Un pensamiento particular dirijo a la grave crisis humanitaria y de seguridad que aflige a Myanmar, agravada aún más por el devastador terremoto de marzo pasado. Con renovada intensidad, dirijo mi llamado para que se elijan con valentía los caminos de la paz y del diálogo inclusivo, garantizando a todos un acceso justo y oportuno a la ayuda humanitaria. Los caminos democráticos, para ser auténticos, deben acompañarse de la voluntad política de perseguir el bien común, fortalecer la cohesión social y promover el desarrollo integral de cada persona.

En muchos de estos escenarios, notamos, como señala el propio Agustín, que al centro siempre está la idea de que la paz es posible sólo con la fuerza y bajo el efecto de la disuasión. Por otra parte, la guerra se conforma con destruir, la paz, en cambio, requiere un esfuerzo continuo y paciente de construcción y una contínua vigilancia. Dicho esfuerzo interpela a todos, empezando por los países que poseen arsenales nucleares. En particular, pienso en el importante seguimiento que hay que dar al Tratado New START, que expira el próximo mes de febrero. El peligro es que se sueña, en cambio, en la carrera por producir armas nuevas cada vez más sofisticadas, incluido mediante el uso de la inteligencia artificial. Esta última es un instrumento que necesita una gestión adecuada y ética, así como marcos normativos centrados en la protección de la libertad y la responsabilidad humana.

Queridos Embajadores:

A pesar del cuadro dramático que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien arduo, pero posible. Ésta, como recuerda Agustín, «es el fin de nuestro bien» [15] porque es el fin precisamente de la ciudad de Dios, a la que aspiramos, incluso inconscientemente, y de la que podemos saborear un anticipo en la ciudad terrenal. En el tiempo de nuestra peregrinación en esta tierra, ésta exige humildad y valentía. La humildad de la verdad y la valentía del perdón. En la vida cristiana éstas son representadas reflejadas por la Navidad, en la cual la Verdad, el Verbo eterno de Dios, se hace humilde carne, y por la Pascua, en la cual el Justo condenado perdona a sus perseguidores, dándoles su vida de Resucitado.

Y viéndolo bien, no faltan tampoco en nuestro tiempo signos de valiente esperanza, que deben ser constantemente apoyados. Pienso, por ejemplo, en los Acuerdos de Dayton, que hace treinta años pusieron fin a la sangrienta guerra en Bosnia y Herzegovina y que, a pesar de las dificultades y tensiones, han abierto la posibilidad de un futuro más próspero y armonioso. Pienso también en la Declaración conjunta de paz entre Armenia y Azerbaiyán, firmada en agosto pasado, que se espera pueda allanar el camino para una paz justa y duradera en el Cáucaso meridional, resolviendo los problemas aún abiertos a satisfacción de ambas partes. Análogamente pienso en el esfuerzo realizado en estos años por las autoridades vietnamitas para mejorar las relaciones con la Santa Sede y las condiciones en las que trabaja la Iglesia en el país. Son todas semillas de paz, que necesitan ser cultivadas.

El próximo mes de octubre, se cumplirá el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, un hombre de paz y diálogo, universalmente reconocido incluso por quienes no pertenecen a la Iglesia católica. Su vida es luminosa porque estaba animada por la valentía de la verdad y la conciencia de que un mundo pacífico se edifica a partir de un corazón humilde, dirigido hacia la ciudad celestial. Un corazón humilde y constructor de paz es lo que deseo para cada uno de nosotros y para cada uno de los habitantes de nuestros países al comienzo de este nuevo año.

Gracias.


[1] Benedicto XVI, Catequesis (20 febrero 2008): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 22 febrero 2008, 12.

[2] ibid.

[3] cf. Francisco, Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia italiana (10 noviembre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 13 noviembre 2015, 8-10.

[4] San Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 76: AAS 59 (1967), 294-295.

[5] San Agustín, De Civ. Dei, XIX, 12.1.

[6] San Agustín, De Civ. Dei, XIX, 7.

[7] Benedicto XVI, Discurso con ocasión de la presentación de saludos al Cuerpo Diplomático (9 enero 2012): AAS 104 (2012), 97.

[8] Catequesis (29 octubre 2025).

[9] cf. Francisco, Bula Spes non confundit (9 mayo 2024), 10: AAS 116 (2024), 654-655.

[10] San Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 11: AAS 74 (1982), 91.

[11] cf. San Agustín, De Civ. Dei, XIX, 13.

[12] ibid., XIV, 28.

[13] ibid., XIX, 4.4.

[14] Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz (8 diciembre 2025).

[15] San Agustín, De Civ. Dei, XIX, 11.

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