EL CONSISTORIO, UNA PAUSA PARA DISCERNIR JUNTOS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL CONSISTORIO EXTRAORDINARIO (08/01/2026)
«Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios» (1 Jn 4, 7). La Liturgia nos propone esta exhortación mientras celebramos el Consistorio Extraordinario: momento de gracia en el que se expresa nuestro estar unidos al servicio de la Iglesia.
Como sabemos, la palabra Consistorio, Consistorium, “asamblea”, puede ser leída a la luz de la raíz del verbo consistere, es decir, “detenerse”. Y en efecto, todos nosotros nos hemos “detenido” para estar aquí; hemos suspendido durante cierto tiempo nuestras actividades y renunciado a compromisos incluso importantes, para reunirnos juntos para discernir lo que el Señor nos pide por el bien de su Pueblo. Esto es ya en sí mismo un gesto muy significativo, profético, particularmente en el contexto de la sociedad frenética en la que vivimos. Recuerda, de hecho, la importancia, en cada trayecto de la vida, de detenerse, para orar, escuchar, reflexionar y así volver a enfocar cada vez mejor la mirada en la meta, dirigiendo hacia ella todos los esfuerzos y recursos, para no correr el riesgo de correr a ciegas o dar golpes en el aire en vano, como advierte el apóstol Pablo (cf. 1 Cor 9, 26). No estamos aquí, de hecho, para promover “agendas” – personales o de grupo –, sino para confiar nuestros proyectos e inspiraciones al escrutinio de un discernimiento que nos supera «como el cielo supera a la tierra» (Is 55, 9) y que puede venir sólo del Señor.
Por eso es importante que ahora, en la Eucaristía, pongamos todos nuestros deseos y pensamientos sobre el Altar, junto con el don de nuestra vida, ofreciéndolo al Padre en unión con el Sacrificio de Cristo, para recobrarlo purificado, iluminado, fundido y transformado, por la gracia, en un único Pan. Sólo así, de hecho, sabremos realmente escuchar su voz, acogiéndola en el don que somos los unos para los otros: motivo por el cual nos hemos reunido.
Nuestro Colegio, aunque rico en muchas capacidades y dotes notables, no está, de hecho, llamado a ser, en primer lugar, un equipo de expertos, sino una comunidad de fe, en la que los dones que cada uno aporta, ofrecidos al Señor y por Él restituidos, produzcan, según su Providencia, el máximo fruto.
Después de todo, el amor de Dios del que somos discípulos y apóstoles es Amor “trinitario”, “relacional”, fuente de aquella espiritualidad de comunión de la que la Esposa de Cristo vive y quiere ser casa y escuela (cf. Carta ap. Novo millennio ineunte, 43). San Juan Pablo II, deseando su crecimiento al comienzo del tercer milenio, la definía como una «mirada del corazón llevado hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz debe ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado» (ibid.).
Nuestro “detenernos”, entonces, es, ante todo, un gran acto de amor – a Dios, a la Iglesia y a los hombres y mujeres de todo el mundo –, con el cual dejarnos moldear por el Espíritu: ante todo en la oración y en el silencio, pero después también en mirarnos a la cara, en escucharnos mutuamente y en hacernos voz, a través del compartir, de todos aquellos que el Señor ha confiado a nuestro cuidado como Pastores, en las más diversas partes del mundo. Un acto que hay que vivir con corazón humilde y generoso, en la consciencia de que es por gracia que estamos aquí, y que no hay nada, de lo que traemos, que no hayamos recibido, como don y talento que no se debe desperdiciar, sino emplear con prudencia y valentía (cf. Mt 25, 14-30).
San León Magno enseñaba que «es algo grande y muy valioso ante los ojos del Señor cuando todo el pueblo de Cristo se aplica en conjunto a los mismos deberes, y todos los grados y todos los órdenes, […] colaboran con un mismo espíritu […]. Entonces – decía – se alimenta a los hambrientos, se viste a los desnudos, se visita a los enfermos, y nadie busca sus propios intereses, sino los de los demás» (Sermones, 88, 4). Este es el espíritu con el que queremos trabajar juntos: el de quienes desean que, en el Cuerpo místico de Cristo, cada miembro coopere ordenadamente para el bien de todos (cf. Ef 4, 11-13), desempeñando con dignidad y en plenitud su ministerio bajo la guía del Espíritu, feliz de ofrecer y ver madurar los frutos de su trabajo, así como de recibir y ver crecer los de la obra de los demás (cf. S. León Magno, Sermones, 88, 5).
Desde hace dos milenios, la Iglesia encarna este misterio en su poliédrica belleza (cf. Francisco, Carta enc. Fratelli tutti, 280). Esta misma asamblea es testimonio de ello, en la variedad de procedencias y edades y en la unidad de gracia y fe que nos reúne y hermana.
Ciertamente, también nosotros, ante la “gran multitud” de una humanidad hambrienta de bien y de paz, en un mundo en el que saciedad y hambre, abundancia y miseria, lucha por la supervivencia y desesperado vacío existencial siguen dividiendo e hiriendo a las personas, a las naciones y a las comunidades, ante las palabras del Maestro: «Denles ustedes de comer» (Mc 6, 37), podemos sentirnos como los discípulos: inadecuados y sin medios. Jesús, sin embargo, vuelve a repetirnos: «¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver» (Mc 6, 38), y esto lo podemos hacer juntos. No siempre, de hecho, conseguiremos encontrar soluciones inmediatas a los problemas que debemos afrontar. Siempre, sin embargo, en cualquier lugar y circunstancia, podremos ayudarnos mutuamente – y en particular ayudar al Papa – a encontrar los “cinco panes y los dos peces” que la Providencia nunca deja que falten ahí donde sus hijos piden ayuda; y para acogerlos, entregarlos, recibirlos y distribuirlos, enriquecidos con la bendición de Dios y con la fe y el amor de todos, para que a nadie le falte lo necesario (cf. Mc 6, 42).
Muy queridos todos, lo que ofrecen a la Iglesia con su servicio, a todos los niveles, es algo grande y extremadamente personal y profundo, único para cada uno y valioso para todos; y la responsabilidad que comparten con el Sucesor de Pedro es grave y onerosa.
Por ello les agradezco de corazón, y quisiera concluir encomendando nuestros trabajos y nuestra misión al Señor con las palabras de San Agustín: «Muchas gracias concedes a nuestras oraciones; incluso las que hemos recibido antes de orar son un don tuyo, y también reconocerlas después de haberlas recibido es un don tuyo […]. Acuérdate, Señor, de que somos polvo y que con polvo creaste al hombre» (Confesiones, 10, 31, 45). Por eso te decimos: «Da lo que mandas y manda lo que quieras» (ibid.).

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