NUESTRA ALEGRÍA NO SE BASA EN ILUSIONES PASAJERAS SINO EN EL AMOR DEL PADRE: ÁNGELUS DEL 18/01/2026

Desde la ventana del Palacio Apostólico, ante los fieles romanos y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro este 18 de enero para la oración del Ángelus, el Papa León XIV basó su reflexión en el pasaje del Evangelio de Juan de la liturgia del día que habla de Juan el Bautista, el cual reconoce en Jesús al Cordero de Dios, al Mesías. “Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos” dijo el Santo Padre en su alocución, cuyo texto completo compartimos a continuación, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1, 29-34) nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías: «Este es el Cordero de Dios – dice –, el que quita el pecado del mundo» (v. 29). Y añade: «He venido a bautizar con agua, para que él fuera manifestado a Israel» (v. 31).

Juan reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se hace a un lado, cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

El Bautista es un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén (cf. Jn 1, 19). Habría sido fácil para él explotar esta fama, en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y da espacio a Su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar el camino del Señor (Mc 1, 3; cf. Is 40, 3), y cuando el Señor viene, con alegría y humildad reconoce su presencia y se retira de la escena.

¡Qué importante es para nosotros, hoy, su testimonio! De hecho, a la aprobación, al consenso, a la visibilidad, se le da a menudo una importancia excesiva, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes, que aprisionan. En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos.

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y tomar sobre sí nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos ante sus ojos.

Muy queridos todos, no nos dejemos encontrar distraídos ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando posiblemente cada día un momento especial, en el cual detenernos en silencio a orar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “hacer desierto”, para encontrar al Señor y estar con Él.

Que nos ayude en esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.

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