CATEQUESIS DE LEÓN XIV: JESUCRISTO ES LA REVELACIÓN VIVA DEL PADRE (21/01/2026)

Durante su catequesis de este 21 de enero dedicada a la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, el Papa León XIV subrayó que la revelación de Dios no consiste en ideas abstractas, sino en un encuentro personal que alcanza su plenitud en Jesucristo. El Pontífice explicó que Dios se revela a la humanidad a través de un diálogo de alianza, en el que se dirige a las personas como a amigos. Esta revelación, señaló, no se limita a transmitir conceptos, sino que comparte una historia y llama a una relación viva de comunión y reciprocidad. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los documentos del Concilio Vaticano II.
I. Constitución dogmática Dei Verbum. 2. Jesucristo, revelador del Padre.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

Continuamos las catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la Divina Revelación. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el cual se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, entonces, de un conocimiento relacional, que no comunica sólo ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta relación se realiza en un encuentro histórico y personal en el cual Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda. Es esto lo que ocurrió en Jesucristo. Dice el Documento que la íntima verdad tanto de Dios como de la salvación del hombre resplandece para nosotros en Cristo, que es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de toda la revelación (cf. DV, 2).

Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el hijo enviado por Dios Padre «los hombres […] pueden presentarse al Padre en el Espíritu Santo y son hechos partícipes de la naturaleza divina» (ibid.). Llegamos, entonces, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos relata la oración de júbilo del Señor: «En ese momento Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, por qué has ocultado estas cosas a los sabios y a los doctos y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre, porque así lo has decidido en tu bondad. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”» (Lc 10, 21-22).

Gracias a Jesús conocemos a Dios como somos conocidos por Él (cf. Gal 4, 9; 1 Cor 13, 13). De hecho, en Cristo, dios se nos ha comunicado a sí mismo y, al mismo tiempo, nos han manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelándoles su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 4.6.8), dice Jesús; y agrega que «el Padre conoce nuestras necesidades» (cf. Mt 6, 32). Jesucristo es el lugar en el que reconocemos la verdad de Dios Padre mientras nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. Escribe San Pablo: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, […] para que recibiéramos la adopción como hijos. Y que ustedes son hijos lo prueba el hecho de que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal, 4, 4-6).

Finalmente, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los hombres, Jesús nos revela a Dios con su propia verdadera y total humanidad: «Por eso él – dice el Concilio –, viendo a quien se ve en el Padre (cf. Jn 14, 9), con toda su presencia y manifestación, con las palabras y las obras, con los signos y milagros, y sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad, completa, cumpliéndola, la revelación» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger toda su humanidad: la verdad de Dios no se revela plenamente donde se quita algo a lo humano, así como la totalidad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es el hombre total de Jesús el que nos relata la verdad del Padre (cf. Jn 1, 18).

Para salvarnos y convocarnos no están solamente la muerte y la resurrección de Jesús, sino su persona misma: el Señor que se encarna, nace, cura, enseña, sufre, muere, resurge y permanece entre nosotros. Por ello, para honrar la grandeza de la Encarnación, no es suficiente considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su forma propia de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y atravesarlo. Jesús mismo nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Miren a los pájaros del cielo – dice –: no siembran ni cosechan, no recogen sus granos; sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿Acaso no valen más que ellos?» (Mt 6, 26).

Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros – vuelve a escribir San Pablo –, ¿quién estará contra nosotros?» (Rom 8, 31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona con confianza en Él.

Comentarios

Entradas populares