DIOS NO NOS ESPERA EN LOS LUGARES PRESTIGIOSOS, SINO EN LAS REALIDADES HUMILDES: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (06/01/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio (cf. Mt 2, 1-12) nos ha descrito la grandísima alegría de los Magos al ver nuevamente la estrella (cf. v. 10), pero también la perturbación experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v. 3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y perturbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo. Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9). Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia el Profeta: «¡Levántate, revístete de luz, porque viene tu luz, la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).
Sorprende el hecho de que esté perturbada precisamente Jerusalén, ciudad testigo de tantos nuevos comienzos. En su interior, precisamente el que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos. Es más, la ciudad está asustada por el que llega a ella desde lejos, movido por la esperanza, hasta el punto de advertir una amenaza en lo que debería, por el contrario, darle mucha alegría. Esta reacción nos interpela también a nosotros, como Iglesia.
La Puerta Santa de esta Basílica, que, en último lugar, hoy ha sido cerrada, ha visto el flujo de innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 25). ¿Quiénes eran y qué los movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al fin del Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad? Sí, los Magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro, en muchos aspectos excluyente y peligroso, sienten la exigencia de ir, de buscar.
Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio compromete a la Iglesia a no temer dicho dinamismo, sino a apreciarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede perturbar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro: en cambio está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los Magos adoraron. Lugares santos como las Catedrales, las Basílicas, los Santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.
Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone de nuevo en camino?
En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que siente fuera de su control. Intenta aprovechar el deseo de los Magos y trata de inclinar su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir, está dispuesto a todo; el miedo, de hecho, nos hace ciegos. La alegría del Evangelio, en cambio, libera: nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos.
Los Magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde está Aquel que ha nacido?» (Mt 2, 2). Qué importante es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, advierta que el Mesías apenas ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad en la que ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida. El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente: tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está determinado a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia. No hace ruido, pero su Reino brota ya por todos lados en el mundo.
¡Cuántas epifanías se nos entregan o están por ser entregadas! Deben, sin embargo, sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre listos para transformarse en agresión. «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos se lo apropian» (Mt 11, 12). Esta misteriosa expresión de Jesús, reportada en el Evangelio de Mateo, no puede más que hacernos pensar en tantos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar lo Nuevo que Dios tiene reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado, frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía distorsionada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar, de recomenzar. Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?
El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con Él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los Magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los “lugares” prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la última entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2, 6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan escuchar que se les diga: “No eres ciertamente la última”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se hace encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no logran dominarlos, ni los poderes del mundo pueden bloquearlos. De aquí viene la alegría grandísima de los Magos que dejan a sus espaldas el palacio y el templo y salen hacia Belén: ¡y entonces vuelven a ver la estrella!
Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos seguirá sorprendiendo. Si no reducimos a monumentos nuestras iglesias, si son casas nuestras comunidades, si resistimos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una magnífica humanidad, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que, por amor, se hizo carne.

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