SÓLO EL AMOR SALVA: HOMILÍA DE LEÓN XIV DE LA MISA EN SANTA MARÍA DEL LAGO (29/08/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra celebrar con ustedes la Fiesta de la Virgen del Lago, como ya lo hicieron en el pasado algunos de mis predecesores: San Pablo VI, que deseó y apoyó la construcción de esta iglesia dedicada a María y la consagró, y San Juan Pablo II, quien aquí quiso recordar su memoria y renovar su mensaje.
La Liturgia de la Palabra nos ofrece textos que se armonizan bien con esta cita tradicional.
En la primera lectura, el profeta Jeremías nos habla de su necesidad irresistible de corresponder al llamado que ha recibido: «Me sedujiste, Señor – dice –, y yo me dejé seducir […]. En mi corazón había como un fuego ardiente […]; me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jer 20, 7.9). Dios le reveló haberlo conocido y elegido desde el seno materno (cf. ibid. 1, 5), y amar a su pueblo con amor eterno (cf. ibid. 31, 3); le habló de su plan de salvación y él ya no pudo callar. Siente un impulso incontenible por llevar a todos su mensaje, aunque sabe que esto implicará tener que decir y hacer cosas que a muchos no les gustarán, encontrar sufrimientos e incomprensiones, hasta convertirse en «objeto de burla todos los días» (v. 7). Pero el amor lo impulsa a actuar por el bien de su pueblo, sin compromisos, hasta el final.
Es lo que nos enseña también Jesús en el Evangelio. Hace poco quitó el hambre a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces (cf. Mt 14, 15-21), y después a cuatro mil, con siete panes y pocos pescaditos (cf. Mt 15, 32-38). Ahora, más allá del éxito alcanzado con esos gestos, explica a los discípulos el sentido mesiánico de lo que ha realizado: les revela que tendrá que «ir a Jerusalén y sufrir mucho por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y los escribas, morir y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21).
Jesús explica cómo, después de los muchos milagros realizados, manifestará definitivamente su gloria: sacrificando libremente su vida (cf. Jn 10, 17-18) y ofreciéndose a sí mismo en la cruz como pan partido. Y precisa que lo mismo tendrá que hacer quien quiera que desee continuar su misión: «si alguien quiere venir detrás de mí – nos dice –, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (v. 24).
Jesús revela, así, que sólo el amor salva. El amor que Dios nos mostró haciéndose hombre, muriendo y resucitando por nosotros y, en respuesta, ese con el cual también nosotros nos ofrecemos humildemente a Él y a los hermanos: en la constancia fiel de la caridad de cada día como en los gestos más extraordinarios, hasta el martirio, a veces, como ocurre desgraciadamente también hoy a muchos cristianos, en varias partes del mundo.
San Agustín decía que «la alegría del que cosecha […] demuestra la intención del sembrador» (Sermón 330, 2), y nosotros deseamos hacer nuestros sus sentimientos: con la ayuda de Dios, queremos esparcir en todos lados del mundo las semillas de su caridad infinita, sin cansarnos, sin medida, para que hoy y siempre alguien pueda alegrarse recogiendo sus frutos.
Por desgracia no todos comprenden la belleza, la bondad y la concreción de este sueño del Creador, más aún, muchos piensan que es una utopía. Poner la otra mejilla (cf. Mt 5, 39) – dicen – es de perdedores, dar ante el rechazo es de ingenuos, perdonar sin límites (cf. Mt 18, 21-22) es de débiles. No hay que asombrarse. Incluso para Pedro fue difícil aceptar esta forma nueva y distinta de razonar (cf. Mt 16, 22). Pero Jesús permanece categórico: sólo el camino del amor es el camino de la vida.
No nos engañemos. El odio y la violencia no traen nada bueno, sino solamente destrucción y muerte, siempre, incluso cuando son respuesta a injusticias sufridas. Lo vemos todos los días, desde lo pequeño de nuestra vida doméstica hasta la gran escena del mundo. Todo confirma lo que Jesús nos enseñó: «el que quiera salvar su propia vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16, 25).
Queridos hermanos y hermanas, necesitamos tanto vida, esperanza, serenidad, paz, en nosotros mismos, en nuestras ciudades, entre los pueblos y naciones. Por eso, cualquiera que sea la herida, cualquiera que sea la ofensa, no permitamos al mal que desfigure nuestra humanidad y nos corrompa en el corazón. No nos conformemos a la mentalidad del mundo (cf. Rom 12, 2). Sigamos amando, entregando, perdonando, ofreciéndonos «como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (v. 1), para preservar y hacer crecer, en nosotros y en los demás, la dignidad infinita de la imagen divina que llevamos en el alma. Y no nos desanimemos si es difícil: nuestra fuerza está en el Señor, y con su ayuda todo es posible (cf. Fil 4, 13).
Nos lo recuerda también el rito de la procesión sobre el lago, que haremos dentro de poco. Éste evoca otro milagro de Jesús, ocurrido un poco antes de los hechos que hemos escuchado, cuando el Maestro, sobre el Lago de Tiberíades, reunió a los discípulos asustados caminando sobre las aguas y los condujo a la orilla calmando la tempestad (cf. Mt 8, 23-27). Precisamente cuando estaban más asustados, a merced de los vientos contrarios, los exhortó a tener fe, a orar, para encontrar de nuevo la paz y, junto a Él, seguir navegando hacia la meta deseada.
Con esta fe, esta tarde, participamos en la Eucaristía. Sobre el Altar nos entregamos a nosotros mismos, junto con el pan y el vino. Y el Señor une nuestras ofrendas a la suya, las consagra y nos las entrega de nuevo, transformadas en su Cuerpo y su Sangre, para que las compartamos, como alimento para el camino. Después, como los discípulos, dejaremos juntos la orilla, llevando con nosotros la imagen de María, nuestro modelo y guía, para llevar a lo largo de la ribera del lago, la bendición que hemos recibido.
Son gestos sencillos, con los cuales renovamos nuestra confianza en Dios y nuestra devoción filial a su Santísima Madre. Y son mucho más evocadores porque se hacen posibles – como le gustaba recordar a San Pablo VI – por el cuidado con el cual la pequeña comunidad que vive aquí, custodia durante todo el año este lugar de paz, para que en los momentos solemnes aquí pueda reunirse todo el pueblo de Dios, precisamente como María, que acogió en su seno y en la casa de Nazaret al Hijo de Dios hecho hombre, para que a todos pudiera llegar su salvación.
Así, este lugar de devoción mariana se convierte también en un signo de cómo la Iglesia se esfuerza, día tras día, por hacer de todos nosotros un solo cuerpo, en la oración, en los sentimientos, en los propósitos, en el desarrollo ordenado y unánime de nuestro estar juntos, y un símbolo del amor con el cual el Señor, por medio de su Santísima Madre, quiso acercarse a nosotros como uno de nosotros, hasta confundirse con la gran multitud de nuestra humanidad (cf. Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, 15 de agosto 1977).
Abracémonos, entonces, esta tarde, a Jesús y a María, al Hijo y a la Madre, para ser, unidos, no sólo en el lago, sino en todas las noches del mundo, un reflejo tranquilizador de la presencia de Dios y un eco irresistible de su amor que invita a amar.

Comentarios