ANTE LA PUREZA INCORRUPTA DE MARÍA, ABANDONAR EL HEDONISMO QUE APRISIONA: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA (15/08/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Con gran alegría también este año celebro con ustedes la Solemnidad de la Asunción.
El Magisterio de la Iglesia nos enseña que «María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celestial en alma y cuerpo» (Pío XII, Const. apost. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950) y nos indica, en este Misterio, el cumplimiento de la plenitud de gracia que Dios le dio en su Concepción Inmaculada (cf. ibid.).
Por eso, muchas obras de arte la representan, al final de su vida terrena, como una joven bellísima que se eleva físicamente desde la tierra hacia la bóveda celeste. Éstas se inspiran en la escena descrita en el pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado en la primera lectura: «Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies» (Ap 12, 1), para significar que en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad.
Esta imagen, aparentemente, contrasta con la experiencia de lo que produce en nosotros el paso de los años. Con la edad, de hecho, nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado; la piel no se vuelve más fresca, sino que muestra los signos de la vejez; el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco. Entonces, ¿qué tenemos en común con la joven maravillosa que encontramos pintada en los retablos de nuestros altares?
Para comprenderlo debemos mantener unidos los dos signos que hemos mencionado: el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. Es la pureza del alma, de hecho, la que en María – como en nosotros – por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo.
La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar impresos también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin (cf. 1 Cor 13, 8).
Nos invita, así, a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en pesados condicionamientos, haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no cuenta realmente ni dura para siempre. En la experiencia común, se pueden encontrar personas con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, sin embargo capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor; como se pueden observar otras, quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en lo íntimo. Y es fácil entender dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación.
Si queremos de verdad descubrir y cultivar la belleza divina de la que estamos rodeados y para la que hemos sido hechos, y difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y los instrumentos de trabajo. Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo.
El amor es el adorno más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece, lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida.
San Pablo VI, al meditar sobre el misterio de la Asunción de la Virgen, decía que para comprender su significado «debemos convertir en superlativos y absolutos los términos que usamos en el lenguaje terrenal […], para imaginarnos, a pequeña escala, lo eterno» (Homilía, 15 agosto 1969). Y a propósito de este encuentro, en la Madre de Dios, entre lo infinito y lo finito, el Papa Francisco escribía: «María es la que sabe transformar una gruta para animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).
El milagro que María, la muchacha de Nazaret, vivió en su corazón inocente, y que la llevó a la gloria del Cielo, es el encuentro de extremos, como Ella misma da testimonio en las palabras inspiradas del Magníficat, que hemos escuchado en el Evangelio (cf. Lc 1, 46-55). En este cántico, a través de las expresiones humildes de su fe, la Madre del cielo nos habla de modo sencillo de misterios grandiosos: Dios que en Ella se hace hombre para salvar a los hombres, el Eterno que en Ella se manifiesta en el tiempo para abrirnos también a nosotros el camino de la eternidad, mostrándonos al mismo tiempo, en su condición de “humilde sierva”, la “pequeña dimensión” en la que, como decía San Pablo VI, también nosotros podemos encontrar al Señor.
La sublimidad del Misterio que celebramos, entonces, no debemos buscarla lejos. Podemos encontrarla allí donde hay verdadera caridad: en los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos; en los rostros de abuelos y abuelas que, a pesar de los achaques de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos; o incluso en el compromiso de jóvenes que se esfuerzan por crecer limpios y honestos, listos también para ir contra corriente respecto a “lo que todos hacen”; finalmente, en la obra de tantos hombres y mujeres que cotidianamente, con fe y dedicación, contribuyen a llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo.
Muy queridos todos, el rostro bellísimo de la Virgen Asunta es único, supera toda posible representación y, sin embargo, al mismo tiempo nos es conocido: es el de las personas que están a nuestro lado, incluso en este momento, de los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda cotidiana de nuestra vida. Por eso, en la mujer del Apocalipsis la comunidad de los creyentes se ve a sí misma, y el Concilio Vaticano II describe a María como «la imagen y el principio de la Iglesia, […] signo de esperanza cierta y de consuelo» (Const. dogm. Lumen gentium, 68). En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos también nosotros, llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria.
San Agustín, hablando de la resurrección de Cristo, invitaba a los cristianos de su tiempo a hacer de ella la brújula y el punto de referencia de su existencia. Decía: «Cristo resucitó para ya no morir […]. ¡Cambia de ruta, sigue la luz!; Comienza a levantarte desde el mismo sitio del que Él resucitó» (Enarratio in Psalmos 126, 7).
Hagamos nuestra su invitación. Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de ruta, si es necesario. Hagámoslo, en particular, hoy, mirando a María, a quien Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y a quien nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino al Cielo.

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