EN UN MUNDO HERIDO POR CONFLICTOS RESPONDAMOS CON SOLIDARIDAD: PALABRAS DE LEÓN XIV EN EL ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD ECLESIAL EN SAN MARINO (22/08/2026)

En su encuentro de este 22 de agosto, con sacerdotes, consagrados y comunidades eclesiales en la Basílica de San Marino, el Papa León XIV recomendó el perdón, la comunión y la solidaridad como antídotos contra la violencia, el aislamiento y el miedo al otro. Alentó a los religiosos a fortalecer el “pacto educativo” con las familias y pidió a los jóvenes que “mantengan abierta la ventana al infinito” y que no tengan miedo de tomar “decisiones exigentes”. Reproducimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Estoy feliz encontrarme con ustedes en esta Basílica – también con ustedes, que están afuera –, en esta Basílica dedicada al santo diácono Marino, su patrono. Saludo a Su Excelencia, su Obispo, aquí en la agradezco por las palabras que me dirigió, a los sacerdotes, los consagrados y consagradas, a los representantes de la vida eclesial de la Diócesis y a todos los presentes. Quisiera que viviéramos juntos este momento como un alto en nuestro camino común sobre las huellas de Cristo.

La diócesis de San Marino-Montefeltro es heredera de una rica historia de fe y valentía: la de los Santos Marino y León que, ya hace 18 siglos, con el anuncio cristiano «llevaron al contexto de esta realidad […] perspectivas y valores nuevos, determinando el nacimiento de una cultura y una civilización centrada en la persona humana, imagen de Dios» (Benedicto XVI, homilía, San Marino, 19 de junio 2011). Laicos y canteros –sólo en un segundo momento llamados, en distinto grado, al ministerio ordenado –, supieron traducir el mensaje del Evangelio en un modelo comunitario y político nuevo, fuertemente caracterizado por los principios cristianos de libertad, respeto recíproco y comunión, un modelo vivo hasta hoy. Y es hermoso constatar como su comunidad diocesana y la civil buscan llevar adelante el trabajo de los fundadores con el mismo entusiasmo y la misma fidelidad. Por este motivo, quisiera detenerme reflexionar con ustedes sobre algunos aspectos de su itinerario de Iglesia que considero importantes.

Me dirijo ante todo a los jóvenes, partiendo nuevamente de lo que les dijo el Papa Benedicto XVI, en su visita aquí hace 15 años: «No se detengan en las respuestas parciales, inmediatas […] más fáciles en el momento y más cómodas, que pueden dar algún momento de felicidad, de excitación, de ebriedad, pero que no nos llevan a la verdadera alegría de vivir» (Encuentro con los jóvenes, 19 de junio 2011); y después agregaba: «Su corazón es una ventana abierta al infinito». Así es, muy queridos jóvenes: ¡mantengan abierta esa ventana! Sigan con la mirada del alma los senderos trazados en ustedes por deseos grandes de belleza, de bondad y vida que llevan en el corazón. Se observan atentamente sus caminos y escuchan su voz, los llevarán a lo alto, al encuentro con Dios, allá donde Él los busca y los espera; y con su ayuda sus sueños tendrán la fuerza para coincidir en la historia y mejorarla.

He aquí entonces la segunda invitación que les dirijo: ¡abracen con entusiasmo su misión en el mundo! Háganlo, ante todo, buscando a entender cuál es la llamada para ustedes, única para cada uno, y apreciar su grandeza (cf. Ef 1, 18). Y después gástense en ella, invirtiendo sin reservas toda la riqueza de dones que Dios les ha concedido. No tengan miedo de tomar decisiones exigentes, como el matrimonio, la consagración, el ministerio ordenado, la vida profesional, el compromiso social y político; prepárense de la mejor forma posible para las responsabilidades que les esperan. Déjense involucrar en iniciativas y proyectos de caridad y justicia. Así contribuirán también ustedes a dar “un testimonio de paz que habla al mundo”, como dice el lema de mi visita.

Quisiera expresar, al respecto, un sentido agradecimiento también a los sacerdotes, a los catequistas y a todos los educadores que, con distintos itinerarios y propuestas, se ocupan en el crecimiento humano y cristiano de los jóvenes. El suyo, muy queridos todos, es un trabajo oculto pero muy importante, es un servicio humilde y valioso, porque viene en ayuda de los padres, primero responsables de la educación en la fe de los hijos. La familia, de hecho, es el primer lugar de formación en la fe, el vientre natural en el cual el Evangelio desde la infancia se aprende y se respira cotidianamente. Por eso, una pastoral sabia tendrá cuidado en alimentar una fuerte sinergia formativa entre familias y comunidades eclesiales, un pacto educativo, de manera que los padres se sientan involucrados, redescubran ellos mismos la fe de manera nueva y tenga la alegría de transmitir a sus hijos los valores cristianos de los cuales son depositarios.

En cuanto a los contenidos, los caminos de crecimiento, especialmente en la iniciación cristiana, comuniquen ante todo la belleza y el gusto por la vida bautismal y sacramental, para que nazca y se fortalezcan en las comunidades caminos de santidad, y madure en todos la conciencia de su propia dignidad profética, sacerdotal y real. Siguiendo a la escuela del Concilio Vaticano II, que se cuide con atención la liturgia y se forme a los fieles para vivirla de forma coral, como acción común de un único cuerpo vivo (cf. Const. Sacrosanctum Concilium, 26), en la cual cada miembro toma fuerza de la mesa del Señor, para llevar su luz a las calles del mundo.

Nosotros creemos que el evangelio es camino de libertad para los hombres y mujeres de todos los tiempos, y que en Jesucristo y en su Palabra encuentran sentido y respuesta definitiva las alegrías, las heridas y preguntas más profundas de la humanidad. Por ello, estamos convencidos de que el don más grande que podemos hacer a los hermanos y hermanas que el señor pone en nuestro camino es el de ayudarlos a encontrarse con Él, el Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros, y en Él encontrar salvación. Bajo esta luz ejercemos la caridad en todas sus formas, sin descanso, teniendo, sin embargo, siempre en el corazón y muy presente el bien último e integral de las personas a quienes ofrecemos nuestro apoyo.

Vivimos en un mundo herido por muchos conflictos, en el cual con preocupación se ve aumentar la violencia, la cerrazón, el miedo al otro. Ante estas derivaciones inquietantes, muestra respuesta no puede ser más que la de caminar con aún mayor convicción por el camino del Evangelio. Su inspiración está en la base de una sociedad «construida sobre el respeto a la libertad propia y la de los demás y, sobre todo, sobre el respeto a la Sagrada Voluntad de Dios» (S. Juan Pablo II, Homilía, San Marino, 29 de agosto 1982), que enseña y ordena atención a los más débiles, perdón, comunión, solidaridad.

Al respecto, deseo subrayar la importancia y el valor profético de algunas experiencias de apoyo mutuo y de cercanía con la cual, en las zonas más al interior de este territorio, las pequeñas comunidades enfrentan los problemas vinculados a la falta de población y la carencia de servicios, manteniendo vivo el sentido de familia y de comunión. Estas realidades, aparentemente pequeñas y marginales, son como pequeñas llamas a las cuales hay que acudir para encender y animar nuevamente en todos el fuego de valores sólidos, antiguos y siempre actuales. Dichas experiencias testimonio del calor de esa magnifica humanitas a la que es necesario tender, para vencer el individualismo de cierta cultura metropolitana y consumista, como también de otras formas de provincialismo desconfiado y que divide, y dar nuevamente oxígeno a nuestras esperanzas de fraternidad y paz.

Queridos hermanos y hermanas, la última palabra es la que considero más importante: comunión. Demos, en nuestras comunidades, testimonio de unidad: entre las parroquias y, en su interior, entre pastores y fieles, entre los distintos carismas y ministerios. También esto es parte del patrimonio de evangelio vivido que los Santos Marino y León nos dejaron, y de la misión que debemos continuar haciendo crecer con constancia y dedicación, lo que ellos comenzaron. Que, por su intercesión, el Señor los bendiga y los sostenga siempre en su camino

Les agradezco de corazón por su recibimiento. Lo llevo conmigo en mi oración y estoy seguro de qué también ustedes seguirán orando por el Papa. Gracias.

Palabras del Santo Padre León XIV a los jóvenes reunidos en la Plaza a la salida de la Basílica

Buenos días. Saludos a todos. Entonces, ya escucharon un poco, durante el discurso… puedo repetir las mismas palabras comenzando con: abran la puerta de su corazón, escuchen siempre a Jesucristo, y no tengan miedo, nunca, de escuchar lo que Jesús quiere decirle a cada uno de ustedes.

Sí, puedo decir una cosa muy importante para ustedes los jóvenes: reconozcan en ustedes mismos el valor de la vida. El valor de tu vida, el tuyo, que ha sido creado por Dios, amado por Dios: tu vida tiene mucho valor, para nosotros, para la Iglesia, para tu familia, para todo el mundo. Crean en lo que Dios creó, porque todos son hijos e hijas de Dios y Dios los aman. Y vivir con este sentido de amor en su corazón les dará todo aquello que necesitan, durante toda la vida. Sean generosos, estén siempre abiertos al servicio a los demás, busca en formar auténticas amistades: en la amistad podemos formar comunidad.

Aquí en San Marino tienen un lema muy hermoso. Una sola palabra: Libertas”. Lo han escuchado seguramente muchas veces. La auténtica libertad la encontramos sólo en Jesucristo, la encontramos en la verdad: Jesús que vino, y vino para darnos vida, y vino para ayudarnos a reconocer la verdad en un mundo muchas veces lleno de mentira, lleno de engaños. Sin embargo, si tienen a Jesucristo en sus corazones, si tiene la verdad y la libertad para seguir a Jesús, no hace falta tener miedo de nada más. Porque Jesús camina con ustedes y Jesús nos llama a todos, nos convoca a caminar todos juntos.

Gracias, gracias a todos ustedes. Y seamos realmente una sola comunidad, siempre unidos. Gracias.

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