CONSTRUYAN LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR: PALABRAS DE LEÓN XIV A LOS JÓVENES EN EL ENCUENTRO FRANCISCANO (06/08/2026)

En un ambiente de fiesta, oración y fraternidad, más de 2,000 jóvenes procedentes de toda Europa acogieron este jueves 6 de agosto al Papa León XIV en Asís, durante la jornada conclusiva del “GO! Franciscan Youth Meeting”. Este encuentro se celebró en el marco de la visita pastoral del Pontífice con motivo del 800º aniversario de la muerte de San Francisco. Al responder a las preguntas de tres jóvenes, el Santo Padre invitó a las nuevas generaciones a convertirse en «artífices de paz». Compartimos a continuación las preguntas realizadas por los jóvenes y las respuestas que dio el Papa, traducidas del italiano:

Pregunta de Karolina (Zagreb)

Santo Padre:

Me llamo Karolina, vengo de Croacia, de la parroquia y Basílica de San Antonio de Padua, en Zagreb. Crecimos en parroquias franciscanas, acompañados por los frailes, aprendiendo de San Francisco que el Evangelio se anuncia ante todo con la vida, a través de la alegría, la sencillez, la fraternidad y la cercanía a cada persona. Gracias a esta experiencia, hemos descubierto una fe viva, que no se queda encerrada en las iglesias, sino que se convierte en servicio, acogida y esperanza para los demás. Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo que cambia rápidamente, en el que muchos jóvenes tienen dificultades para encontrar puntos de referencia, para construir relaciones auténticas y para abrir el corazón a Dios. Nosotros también deseamos ser testigos creíbles del Evangelio en los lugares donde vivimos, estudiamos y trabajamos, llevando la luz de Cristo con el estilo sencillo y fraterno de San Francisco.

Santo Padre, ¿qué consejo nos daría a nosotros, los jóvenes que crecimos en la espiritualidad franciscana, para que podamos seguir siendo auténticos discípulos de Cristo y llevar esperanza a nuestros contemporáneos, sin perder la alegría del Evangelio, la sencillez del corazón y esa cercanía a las personas que hace creíble todo testimonio cristiano?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Karolina, por esta pregunta. Y, ante todo, ¡buenos días a todos ustedes! Un saludo también a los jóvenes que ya están dentro de la Basílica que nos acompañan también, creo, en las pantallas. ¡Estoy realmente contento de estar aquí con ustedes! Entonces, Karolina, gracias por esta pregunta. Creo que muchos, al escucharla, han sentido que ya contenía una parte de la respuesta, porque has dado un testimonio del estilo de sencillez, fraternidad y cercanía que te ha convencido y te ha permitido madurar en la fe, perteneciendo a una comunidad, pero abierta a todos. Esto ha sucedido en una región de Europa que, hace tan solo treinta años, vivió la guerra y la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo. En realidad, la presencia de los franciscanos había inspirado durante siglos el diálogo y había ayudado a la convivencia pacífica entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Hoy, ser fieles a esta tradición de cercanía significa ir a contracorriente, trabajando por la purificación de la memoria y cultivando la reconciliación.

A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en constructores de paz dentro de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque ensancha la mente y el corazón más allá de fronteras artificiales, es decir, más allá de miedos inducidos por la mala información y los muros del prejuicio. Sustraerse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De San Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos. No es fácil, pero da mucha alegría.

Intenten ahora imaginar, por un momento, el lugar en el que nos encontramos, pero hace ocho siglos. Aquí, en campo abierto, se habían reunido con Francisco cientos de jóvenes hermanos de toda Europa. Traten de verlos, tal y como relatan las Fuentes: «fila tras fila; aquí cuarenta, allá cien, más allá ochenta juntos, todos a una ocupados en razonar de Dios; en oración, en lágrimas, en ejercicios de caridad; y estaban con tanto silencio y tanta modestia, que allí no se oía un ruido» (Fuentes Franciscanas, 1848). Ese silencio es lo contrario de la guerra, con su violencia, gritos y crueldad. Las esteras de aquellos frailes, como hoy los sacos de dormir de ustedes, hablan de paz. Esta es la Iglesia: una asamblea de hermanos y hermanas, a la que todos están invitados. Queridos jóvenes, ¡qué hermoso es estar juntos para “razonar sobre Dios” y así, en su luz, de la vida misma, en su belleza, en su misterio, en su seriedad! Den testimonio de este estilo en todas partes, especialmente en un tiempo en el que la tecnología desacostumbra a estar juntos, entre personas de carne y hueso.

San Francisco intuyó que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, anima el encuentro e invita al intercambio de dones. Él intuyó, así, que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Cor 8, 9): el Evangelio es su vida, su camino, su inquebrantable confianza en el Padre. Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros (cf. Mt 18, 20) y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera (cf. Jn 20, 20). Esta alegría evangeliza, más que las palabras, y no se puede esconder. Gracias.

Pregunta de Giovanni (Boloña)

Santo Padre:

Me llamo Giovanni, tengo 27 años y vengo de Boloña. Nosotros los jóvenes vivimos inmersos en un mundo en el que reina la cultura de lo provisional y en el que nos asustan las decisiones definitivas sobre la vida. A pesar de ello, Dios, de una manera única y amorosa, continuamente nos habla y nos llama a seguirlo, con una promesa de vida y de alegría, revelándonos gradualmente nuestra vocación.

Esta es mi pregunta: ¿Cómo podemos decirle un “sí” pleno, valiente, evitando “poner la mano en el arado y luego mirar atrás”, dando un peso excesivo a los cansancios y a las renuncias del camino? ¿Qué le ha ayudado a usted en su camino vocacional?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Giovanni, por esta pregunta, diría, valiente, llena del deseo por lo que no pasa. Somos llevados hoy a hablar negativamente de lo provisional. Una vez, en cambio, era la Iglesia la que educaba con insistencia en el sentido de lo provisional: pasa este mundo, el tiempo corre, las cosas terrenales son cambiantes. Sólo Dios permanece, Dios es eterno. Debemos, entonces, preguntarnos qué ha cambiado, para no estar entre aquellos que añoran el pasado y, así, no afrontan el presente y no se asumen responsabilidades para el futuro.

Está desapareciendo, casi en todo el mundo, la estabilidad de las sociedades tradicionales; aquella por la cual, generaciones enteras podían ver sólo cambios mínimos a lo largo de una vida. En su interior, todo estaba muy regulado y predeterminado. Entonces, el testimonio de la Iglesia invitaba a no acomodarse en un destino ya escrito, a discernir el valor de cada gesto individual en relación con la eternidad. Hoy, en cambio, con una lectura a veces confusa de la libertad, nos ilusionamos pensando que la vida nunca se resuelve de una vez por todas, porque el contexto en el que vivimos cambia rápidamente y nosotros también cambiamos mucho. Con ello, sin embargo, aumentan también el miedo y la posibilidad de perderse. En este contexto, el valor de tomar una decisión definitiva es quizás el acto más revolucionario.

Decidir para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo más grande. Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un camino que Dios recorre con nosotros, y este es el verdadero sentido de toda vocación. La Biblia nos inspira a vivir así: como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia recibiendo como un don del Señor, la dirección y el sentido, para amar según sus designios (cf. 1 Cor 13 y 1 Jn 4). La fe, la confianza, la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento. De este modo, en la fe desenmascaramos la ilusión de que los problemas se resuelven huyendo, o traicionando, o intentando dar unos pocos pasos por caminos siempre diferentes, sin ir nunca muy lejos. Se pueden, de hecho, multiplicar experiencias, contactos, consumos, permaneciendo, sin embargo, siempre en el mismo punto. El costo humano es alto y el vacío interior es profundo. No es raro que se llegue a usar a las personas y a ser usados por ellas. El “para siempre”, entonces, es una gracia a la que Dios mismo nos ayuda a responder con nuestra fidelidad, para una plenitud de vida (cf. Jn 10, 10).

Desde la adolescencia es importante, por ello, aprender a conocerse a sí mismo, decidirse a ponerse en juego – es decir, a responder al Señor que llama – sin dejar de hacerlo en la edad adulta, en las decisiones ya tomadas y ante aquellas aún por tomar. Es una aventura en la que nadie debe sentirse solo y que, como la fe, durará hasta el último instante. En mi experiencia, puedo decir que el Señor nunca me ha dejado solo: siempre me ha acompañado, regalándome incluso personas con las cuales caminar. Así, en la vocación a ser sacerdote, miembro de la comunidad agustina y misionero, he encontrado como una luz que me ha guiado hasta hoy, hasta cuando tuve que decir “sí” también a una llamada muy especial: la de ser Papa.

En la adhesión al proyecto único que Dios manifiesta para cada uno de nosotros, la llamada fundamental, escrita en cada corazón, es una llamada a la comunión y no se escucha una sola vez, sino cada día. El pecado contamina la claridad sobre este punto introduciendo, en los vínculos fundamentales, desconfianza, rivalidad y sospecha. Gracias a Dios, en cambio, toda vocación es también un camino de redención y curación. La invitación de Jesús, que nos llama a seguirle, ilumina nuestra dignidad y nos hace honrar la de los demás, sintiendo confianza y dando confianza: esta dinámica es tan liberadora que merece toda nuestra pasión. Gracias.

Pregunta de Luigi (Paternò, Sicilia)

Santo Padre:

Soy Luigi, tengo 22 años y soy de Paternò, un pueblecito de Sicilia. Me hago portavoz de la Juventud Franciscana de Sicilia, un grupo de jóvenes que siguen el carisma franciscano. Quisiera dirigirle una pregunta sobre un aspecto de San Francisco que me llama mucho la atención. «El Hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor Papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana» (Regla bulada I, 2). A pesar de vivir en una época en la que la Iglesia estaba marcada por contradicciones y dificultades internas, no elige el camino de la herejía; no ataca o juzga a la Iglesia de aquel tiempo, sino que prefiere obedecer al Papa. La suya es una elección libre y revolucionaria, en pleno estilo «menor», que tiene como único objetivo el de vencer la miseria del juicio con la compasión y la reparación que sólo el Amor puede dar.

Hoy, muchos jóvenes dicen que “creen, pero no en la Iglesia” y, desde nuestras comunidades, observamos a veces una Iglesia con sus contradicciones y sus crisis internas; entonces me pregunto: ¿cómo hacemos para permanecer en este Amor reparador? ¿Por qué resulta difícil el día de hoy ver a la Iglesia como una Madre que, incluso con sus heridas, siempre está dispuesta a acogernos y a amarnos?

Respuesta del Santo Padre

Gracias, Luigi. La tuya es una pregunta actual, que nos lleva al corazón de la experiencia de San Francisco. Enfrentarla significa compartir un deseo: el deseo del Señor Jesús respecto a la Iglesia. Francisco lo escuchó mientras contemplaba al Crucificado. Nosotros deberíamos volver siempre a este deseo. Muchas personas en la historia, y también hoy, no han podido experimentar la Iglesia, como Jesucristo quiere que sea. Esto hace sufrir, deja heridas y decepciones, y para algunos puede convertirse incluso en un impedimento para creer.

En el Evangelio, Jesús alerta sobre este tipo de tropiezo, es decir, sobre el escándalo que sus discípulos pueden causar a los demás, especialmente a los pequeños y a los pobres. El deseo de Jesús, lo vemos en el grupo que desde el principio se crea a su alrededor, es reunir a un pueblo, en el que se supere aquello que en general divide a los seres humanos. Alrededor de Jesús se convierten en hermanos y hermanas, hombres y mujeres que, de otro modo, nunca se habrían encontrado o tratado. Cuando este milagro de la Iglesia sigue ocurriendo, gracias a Dios, sigue siendo sorprendente incluso hoy en nuestras ciudades, llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros. ¡Cuántas discriminaciones y desigualdades podrían acabar de inmediato, en cuanto nos reconozcamos como hermanos y hermanas!

Hay, además, otro aspecto de esta revolucionaria unidad. Jesús dice: «¡Que no sea así entre ustedes!» (Mc 10, 43), es decir, no debe ser como entre los grandes de la Tierra y los poderosos del mundo, que buscan visibilidad y se imponen sobre los demás. Por el contrario, Jesús nos dice: «El que quiera ser grande entre ustedes que se haga su servidor; y el que quiera ser el primero entre ustedes, que se haga esclavo de todos» (vv. 43-44). El deseo de Jesús para la Iglesia es claro: se trata de convertirse en su cuerpo y manifestar su vida, seguir su ejemplo y ejercer un tipo diferente de fuerza, que no humilla, sino que levanta.

La Palabra de Dios, los Sacramentos y la práctica del amor fraterno son caminos de transformación para realizar en nosotros la imagen de Cristo. Francisco los recorrió: no dominar, sino servir; no aferrar, sino recibir; no retener, sino restituir: es la vida de Dios la que repara la Iglesia y la hace un pueblo libre, un lugar de respiro y de salvación. «Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves, está toda en ruinas» (FF 1038): cada uno de nosotros tiene un papel en esta construcción siempre abierta. Tenemos diferentes responsabilidades y vocaciones, pero caminamos juntos, inspirándonos, ayudándonos y corrigiéndonos mutuamente. Es importante hacer nuestra parte. Entonces hablaremos de la Iglesia con el afecto con el que se habla de una Madre, porque reconoceremos que le pertenecemos. Será una forma sincera de amar a esas personas y a esa historia en la que Jesucristo viene a nosotros y permanece con nosotros. «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Humildemente, es este el Evangelio que anunciamos. Para compartir el deseo del Señor, entonces, no hace falta mostrarnos mejores de lo que somos. Es necesario reconocer y dejar actuar a Jesús Resucitado en nuestra vida, en la historia de todos nosotros. Gracias.

Concluyamos esta primera parte pidiendo la gracia de Dios, la bendición del Señor para cada uno y para todos nosotros. [Bendición]

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